Harrow la Novena (Tetralogía de la Tumba Sellada 2)

Tamsyn Muir

Fragmento

Dramatis personae

DRAMATIS PERSONAE

El Emperador de las Nueve Casas

«A. L.», su guardiana

Augustine el Primero

Alfred Quinque, su caballero

PRIMER SANTO EN SERVIR AL REY IMPERECEDERO

Mercymorn la Primera

Cristabel Oct, su caballera

SEGUNDA SANTA EN SERVIR AL REY IMPERECEDERO

ORTUS el Primero

Pyrrha Dve, su caballera

TERCER SANTO EN SERVIR AL REY IMPERECEDERO

Cassiopeia la Primera

Nigella Shodash, su caballera

CUARTA SANTA EN SERVIR AL REY IMPERECEDERO

Cyrus el Primero

Valancy Trinit, su caballera

QUINTO SANTO EN SERVIR AL REY IMPERECEDERO

Ulysses el Primero

Titania Tetra, su caballera

SEXTO SANTO EN SERVIR AL REY IMPERECEDERO

Cytherea la Primera

Loveday Heptane, su caballera

SÉPTIMA SANTA EN SERVIR AL REY IMPERECEDERO

Anastasia la Primera

Samael Novenary, su caballero

Ianthe la Primera

Naberius Tern, su caballero

OCTAVA SANTA EN SERVIR AL REY IMPERECEDERO

Harrowhark la Primera

NOVENA SANTA EN SERVIR AL REY IMPERECEDERO

Uno es el Emperador, que llegó antes que nada.

Uno, sus lictores, que acudieron a su llamada.

Uno son sus Santos, elegidos en el pasado.

Uno, sus Manos y las espadas que han empuñado.

Dos es disciplina, ajena a los aprietos.

Tres, el brillo de una joya o de un gesto.

Cuatro es lealtad, también contiendas.

Cinco, con los difuntos acervo y deudas.

Seis es verdad y no consuelo en mentiras.

Siete, belleza que brota y expira.

Ocho es redención, a toda costa.

Nueve, la tumba y lo perdido otrora.

Prólogo

    PRÓLOGO


    LA VÍSPERA DEL ASESINATO DEL EMPERADOR

SUMIDA DESDE HACÍA MUCHO TIEMPO en la oscuridad total, tu habitación no tenía nada capaz de distraerte del estruendoso golpeteo de cuerpos y más cuerpos que se abalanzaban contra la gran cantidad de ellos que ya cubrían el casco. Pum. Pum. Pum. No veías nada. Las ventanas estaban cerradas, pero sentías esa inquietante vibración, oías el crujido de la quitina contra el metal, de los desgarrones catastróficos en el acero causados por una zarpa fungosa.

Hacía mucho frío. Una leve capa de escarcha te cubría las mejillas, el pelo, las pestañas. Tu aliento se convertía en volutas húmedas de un humo grisáceo en la penumbra asfixiante. A veces gritabas un poco, algo que ya no te daba vergüenza. Eras capaz de comprender la reacción de tu cuerpo a la proximidad. Los gritos eran, con diferencia, lo mínimo que podía ocurrir.

La voz de Dios sonó muy calmada a través de los sistemas de comunicación:

—Quedan diez minutos para que entren. Nos queda media hora de aire acondicionado... y después esto se convertirá en un horno. Las puertas se cerrarán hasta que se iguale la presión. Conservad vuestra temperatura. Harrow, intentaré que las tuyas se mantengan cerradas todo el tiempo que resulte posible.

Te tambaleaste hasta ponerte en pie mientras te agarrabas la túnica inmaculada con ambas manos y te abriste paso hasta el intercomunicador. Intentaste encontrar palabras irrefutables e intelectuales, pero te limitaste a espetar:

—Sé cuidar de mí misma.

—Harrowhark, te necesitamos en el Río, y mientras estás en él tu nigromancia no funciona.

—Soy una lictora, Señor —te oíste decir—. Soy vuestra santa. Soy vuestros dedos y vuestros ademanes. Si lo que buscabais era una Mano que necesitase una puerta tras la que ocultarse, incluso en una situación como esta, tal vez os haya juzgado mal.

Lo oíste exhalar en el lejano sanctasanctórum que se encontraba en las profundidades del Mitreo. Te lo imaginaste sentado en una silla rota y desgastada, solo, mientras se masajeaba la sien derecha con el pulgar con el que siempre se masajeaba la sien derecha. Después de una breve pausa, dijo:

—Harrow, por favor. No tengas tanta prisa por morir.

—No me subestiméis, Preceptor —replicaste—. Llevo toda la vida sobreviviendo.

Te abriste paso de nuevo hacia los anillos concéntricos de acetábulos y las capas de fémures ásperos que había por el suelo, te colocaste en el centro y respiraste. Hondo, a través de la nariz, y después soltaste el aire por la boca, tal y como te habían enseñado. La escarcha ya casi se había convertido en una fina condensación que te cubría la cara y la nuca, y notabas calor por debajo de la túnica. Te sentaste con las piernas cruzadas y las manos inmóviles sobre el regazo. La guarnición de lazo del estoque se te clavaba en la cadera, como un animal desesperado por comer, y en un arrebato de furia te planteaste incluso desatarte esa maldita cosa y lanzarla con todas tus fuerzas al otro extremo de la estancia. Pero lo cierto era que te preocupaba la escasísima distancia a la que a buen seguro conseguirías tirarlo. En el exterior, el casco se estremeció como si cientos de heraldos más se hub

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