La Era de Huesos

Samantha Shannon

Fragmento

cap-1

Me gusta pensar que al principio éramos más. No muchos, supongo. Pero sí más que ahora.

Somos la minoría que el mundo no acepta. No nos acepta fuera del ámbito de la fantasía, que está en la lista negra. Somos como los demás. A veces actuamos como los demás. En muchos aspectos, somos como otro cualquiera. Estamos por todas partes, en cualquier calle. Llevamos una vida que podríais considerar normal, siempre que no os fijarais demasiado.

No todos nosotros sabemos lo que somos. Algunos mueren sin llegar a saberlo. Algunos lo sabemos, y nunca nos descubren. Pero estamos aquí.

Creedme.

Desde los ocho años, había vivido en esa parte de Londres que se llamaba Islington. Iba a un colegio privado para chicas, y a los dieciséis me puse a trabajar. Eso fue en el año 2056. AS 127, según el calendario de Scion. Se esperaba de los jóvenes que empezaran a ganarse la vida donde pudieran, y normalmente era detrás de algún tipo de mostrador. Había mucha oferta de empleo en el sector servicios. Mi padre creía que yo llevaría una vida sencilla; que era inteligente pero poco ambiciosa, que me contentaría con cualquier trabajo que la vida me ofreciera.

Mi padre se equivocaba, como siempre.

Desde los dieciséis años había trabajado en el mundo del hampa de Scion Londres (SciLo, como lo llamábamos en las calles). Trataba con implacables bandas de videntes, todas dispuestas a derribarse unas a otras para sobrevivir. Esas bandas formaban parte de un sindicato que abarcaba la ciudadela entera, dirigido por el Subseñor. Empujados hacia los bordes de la sociedad, nos veíamos obligados a delinquir para prosperar. Y por eso nos odiaban aún más. Hacíamos reales las historias que contaban de nosotros.

Yo tenía mi sitio en aquel caos. Era una dama, la protegida de un mimetocapo. Mi jefe, Jaxon Hall, era el mimetocapo responsable del sector I-4. Éramos seis los que trabajábamos directamente para él. Nos llamábamos los Siete Sellos.

No podía contárselo a mi padre. Él creía que trabajaba de dependienta en un bar de oxígeno, un empleo mal pagado pero legal. Era una mentira fácil. Si hubiera tratado de explicarle por qué me pasaba el día con delincuentes, no lo habría entendido. Mi padre no sabía que yo me parecía más a ellos que a él.

Tenía diecinueve años el día que mi vida cambió. Por entonces mi nombre ya sonaba en las calles. Tras una semana especialmente dura en el mercado negro, tenía previsto pasar el fin de semana con mi padre. Jax no entendía por qué necesitaba un poco de tiempo libre (para él, no había nada digno de nosotros fuera del sindicato), pero él no tenía una familia, y yo sí. O no tenía una familia viva. Y a pesar de que mi padre y yo nunca habíamos estado muy unidos, sentía que no debíamos perder el contacto. Una cena de vez en cuando, alguna que otra llamada de teléfono, un regalo por Novembertide. El único problema era su lista interminable de preguntas. ¿Dónde trabajaba? ¿Quiénes eran mis amigos? ¿Dónde vivía? Yo no podía contestar. La verdad era peligrosa. Si se hubiera enterado de a qué me dedicaba, es posible que él mismo me hubiera mandado a la colina de la Torre. Quizá debería haberle contado la verdad. Quizá eso lo habría matado. Fuera como fuese, no me arrepentía de haber entrado en el sindicato. Mi trabajo era deshonesto, pero estaba bien pagado. Y como siempre decía Jax, era mejor ser un forajido que un fiambre.

Ese día llovía. El último día que fui a trabajar.

Un equipo de soporte vital mantenía mis constantes. Parecía muerta, y en cierto modo lo estaba: mi espíritu se había separado parcialmente de mi cuerpo. Era un delito por el que habrían podido condenarme a la horca.

He dicho que trabajaba en el sindicato. Dejadme que lo aclare: era una especie de hacker mental. Más que leer otras mentes, era una especie de radar de mentes, en sintonía con lo que pasaba en el éter. Percibía los matices de los onirosajes, y la presencia de espíritus solitarios. Cosas que estaban fuera de mí. Cosas que los videntes normales no podían percibir.

Jax me utilizaba como herramienta de vigilancia. Mi trabajo consistía en seguir la pista de cualquier actividad etérea en su sección. A menudo me hacía vigilar a otros videntes, para averiguar si ocultaban algo. Al principio, solo me pedía que observara a personas que estaban en la misma habitación (personas a las que yo podía ver, oír y tocar), pero pronto se dio cuenta de que yo podía ir más allá. Podía percibir cosas que sucedían en otro sitio: un vidente que pasaba por la calle, una reunión de espíritus en Covent Garden. Mientras tuviera soporte vital, podía captar el éter en un radio de dos kilómetros alrededor de Seven Dials. Así que si Jaxon necesitaba que alguien cotilleara lo que estaba pasando en el I-4, podías apostar cualquier cosa a que me llamaría a mí. Decía que yo tenía potencial para ir aún más lejos, pero Nick no quería que lo intentara. No sabíamos qué consecuencias podría acarrearme.

Toda forma de clarividencia estaba prohibida, por supuesto, pero aquella con la que se podía ganar dinero era directamente pecado. Tenían un término especial para designarlo: mimetodelincuencia. Comunicación con el mundo de los espíritus, con la intención expresa de obtener beneficios económicos. El sindicato se basaba en la mimetodelincuencia.

La clarividencia pagada en efectivo estaba muy extendida entre quienes no lograban entrar en ninguna banda. Nosotros lo llamábamos limosnear; Scion lo llamaba traición. El método oficial de ejecución de quienes cometían esos delitos era la asfixia por nitrógeno, comercializada bajo la marca NiteKind. Todavía recuerdo los titulares: «Castigo sin dolor: el último milagro de Scion». Decían que era como quedarse dormido, como tomarse una pastilla. Todavía había ejecuciones públicas en la horca, y algún que otro caso de tortura por alta traición.

Yo cometía alta traición por el simple hecho de respirar.

Pero volvamos a ese día. Jaxon me había conectado al equipo de soporte vital y me había enviado a hacer un reconocimiento del sector. Yo llevaba tiempo cercando una mente que rondaba por allí, un visitante frecuente del sector 4. Había hecho todo lo posible para ver sus recuerdos, pero siempre había sucedido algo que me lo había impedido. Aquel onirosaje no se parecía a nada que yo hubiera visto hasta aquel momento. Incluso Jax estaba perplejo. Por las diferentes capas de mecanismos de defensa, habría jurado que su dueño tenía miles de años de edad, pero no podía ser eso. Era algo diferente.

Jax era muy desconfiado. Lo que correspondía en esos casos era que si un nuevo clarividente llegaba a su sector se anunciara a él en un plazo de cuarenta y ocho horas. Jax decía que debía de haber otra banda implicada, pero ninguna de las del I-4 tenía experiencia suficiente para obstaculizar mis reconocimientos. Ninguna sabía lo que yo podía hacer. No era Didion Waite, que dirigía la segunda banda más grande de la zona. No eran los limosneros muertos de hambre que frecuentaban Dials. No eran los mimetocapos territoriales especializados en hurto etéreo. Aquello era otra cosa.

Cientos de mentes pasaban a mi lado lanzando destellos plateados en la oscuridad. Iban deprisa por las calles, como sus dueños. Yo no reconocía a esas personas. No pod

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