A Todo Vapor (Mundodisco 40)

Terry Pratchett

Fragmento

cap

 

Es difícil entender la nada, pero el multiverso está lleno de ella. La nada viaja a todas partes, siempre por delante del algo, y en la gran nube del desconocimiento la nada anhela convertirse en algo, liberarse, moverse, sentir, cambiar, danzar y experimentar; en pocas palabras, ser algo.

Y entonces se le presentó una oportunidad mientras vagaba por el éter. La nada, por supuesto, sabía lo que era el algo, pero ese algo era diferente, muy diferente, y así la nada se coló con sigilo en el algo, descendió flotando y aspirando a todo y, por suerte, aterrizó en el lomo de una tortuga, una muy grande, y se apresuró a convertirse en algo más rápidamente si cabe. Era elemental y no podía haber nada mejor, ¡y de repente el elemental estaba preso! El señuelo había funcionado.

Cualquiera que haya visto deslizarse alguna vez el río Ankh sobre su lecho de porquería variada comprenderá por qué el abastecimiento de pescado de los habitantes de Ankh-Morpork depende hasta tal punto de las flotas pesqueras de Quirm. Para prevenir trastornos gástricos espantosos en la ciudadanía, los pescaderos de Ankh-Morpork deben asegurarse de que sus proveedores obtengan sus capturas lejos, muy lejos de la ciudad.

Para Bowden Jeffries, vendedor de marisco selecto, los más de trescientos kilómetros que se extendían entre el puerto pesquero de Quirm y los clientes de Ankh-Morpork suponían una distancia lamentable en invierno, otoño y primavera y un auténtico calvario en verano, porque la carretera, por llamarla de alguna manera, se convertía en un horno lineal a lo largo de todo su recorrido hasta la Gran Ciudad. Quien compartía viaje alguna vez con una tonelada de pulpos recalentados no lo olvidaba jamás; el olor duraba días y seguía a la víctima a todas partes, casi hasta el dormitorio. Era imposible sacarlo de la ropa.

La clientela era exigente, y la élite de Ankh-Morpork y, a decir verdad, todo el mundo, quería pescado, aunque fuese el punto más cálido de la temporada. Incluso habiendo construido una fresquera con sus propias manos y una segunda por encargo a medio camino del trayecto, le daban unas ganas tremendas de echarse a llorar.

Y eso estaba diciendo a su primo, Alivio Jeffries, horticultor, que contempló su cerveza y respondió:

—Siempre lo mismo. Nadie quiere ayudar al pequeño empresario. ¿Tú sabes lo poco que tardan las fresas en convertirse en bolitas pochas cuando hace calor? Yo te lo digo: nada. Te despistas un segundo y adiós, justo cuando todo el mundo quiere fresas. Y si no, pregúntales a los que tratan con berros si cuesta mucho traerlos hasta la ciudad antes de que los condenados se queden mustios perdidos. ¡Tendríamos que presentar una petición al gobierno!

—No —replicó su primo—. Ya me he cansado de eso. ¡Escribamos a los periódicos! Así se consiguen las cosas. Todo el mundo se queja de la fruta, la verdura y el marisco. Hay que hacerle entender a Vetinari lo mal que lo pasamos los empresarios modestos. Si no, ¿para qué pagamos nuestros impuestos de vez en cuando?

Dick Simnel tenía diez años cuando, allá en la herrería familiar de Cerro de las Ovejas, su padre desapareció sin más en una nube de fragmentos de horno y metal volador, todo envuelto en un vapor rosado. No hallaron ni rastro de él en aquella espantosa neblina húmeda y abrasadora, pero aquel mismo día el pequeño Dick Simnel juró a lo que quedara de su padre en aquella nube hirviente que pondría el vapor a su servicio.

Su madre tenía otros planes. Era comadrona y, como decía siempre a sus vecinos: «En todas partes nacen bebés. Nunca me quedaré sin clientes». Así, en contra de los deseos de su hijo, Elsie Simnel decidió alejarlo de lo que ella había pasado a considerar un lugar maldito. Recogió los bártulos y juntos regresaron al hogar de su familia, cerca de Sto Lat, donde la gente no desaparecía inexplicablemente en nubes calientes y rosadas.

Al poco de llegar, a su hijo le sucedió algo importante. Un día, mientras esperaba a que su madre regresara de un parto difícil, Dick topó con un edificio de aspecto interesante, que resultó ser una biblioteca. Al principio le pareció que estaba llena de chorradas, que si reyes, que si poetas, que si amantes, que si batallas… pero en un libro crucial encontró algo llamado matemáticas y el mundo de los números.

Y fue por eso que, un buen día, diez años más tarde, se armó con todo el valor de su ser y dijo:

—Madre, ¿sabes el año pasado, cuando te dije que me iba de excursión a las montañas de Uberwald con mis amigos? Pues bueno, fue una especie de… así como… una especie de mentira, pero pequeña, cosa de nada. —Dick se ruborizó—. Verás, encontré las llaves del viejo cobertizo de papá y, en fin, volví a Cerro de las Ovejas para hacer unos experimentos y… —Miró a su madre con nerviosismo—. Creo que sé lo que hizo mal.

Dick iba preparado para objeciones férreas, pero no contaba con las lágrimas y mucho menos con tantas, de modo que, mientras intentaba consolarla, añadió:

—Madre, tú y el tío Flavius me disteis una educación, me habéis dado el saber de los números, incluida la aritmética y las cosas raras que inventaron los filósofos de Efebia, donde hasta los camellos saben hacer logaritmos con las pezuñas. Papá no sabía nada de todo eso. Tenía buenas ideas, pero le fallaba la… tec-no-logía.

En ese momento, Dick permitió que hablara su madre, quien dijo:

—Sé que a nuestro Dick no hay quien le pare; eres igualito de cabezón que tu padre. ¿Es eso lo que has estado haciendo en el granero? ¿«Tesnología»? —Lo miró con aire acusador y luego suspiró—. Ya veo que no puedo mandarte lo que tienes que hacer, pero dime tú: ¿cómo van a impedir tus «gorgoritmos» que acabes como tu pobre padre?

La mujer arrancó de nuevo a llorar. Dick se sacó de la chaqueta algo que parecía una varita pequeña, como si estuviera diseñada para un mago en miniatura, y dijo:

—¡Esto me mantendrá a salvo, madre! ¡Poseo el saber de la regla de cálculo! ¡Puedo dar órdenes al seno, y lo mismo al coseno, y averiguar la tangente de las cuaderáticas! Vamos, madre, deja de preocuparte y acompáñame al granero. ¡Tienes que verla!

La señora Simnel, a regañadientes, dejó que su hijo la arrastrara hasta el granero abierto y grande que el joven había equipado como el viejo taller de Cerro de las Ovejas, con la esperanza infundada de que su hijo hubiera encontrado novia por accidente. Dentro del granero contempló resignada un gran círculo de metal que cubría la mayor parte del suelo. Sobre esa superficie, algo metálico giraba sin parar, con un zumbido como el de una ardilla enjaulada, a la vez que desprendía un olor muy parecido al del alcanfor.

—Aquí la tienes, madre. ¿Verdad que es la pera? —dijo Dick con voz alegre—. ¡Yo la llamo Traviesa de Hierro!

—Pero ¿qué es, hijo?

Dick sonrió de oreja a oreja y respondió:

—Es lo que llaman pro-to-ti-po, madre. Para ser ingeniero hace falta tener un pro-to-ti-po.

Su madre sonrió con desgana, pero Dick era imparable. De su boca manaba un torrente de palabras.

—La cuestión, madre, es que antes de intentar nada hay que tener una mínima idea de lo que quiere hacerse. En la biblioteca encontré un libro que iba d

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