Un legado impuro (Un legado impuro 1)

Cristina Pujadas

Fragmento

Prólogo

Prólogo

La joven, poco más que una niña, empezó a correr por el pasillo hasta llegar a la enorme escalera de mármol. Ascendió a una velocidad que podría resultar inquietante para alguien que no fuera como ella. Una Marcada.

Saltó los escalones, de cinco en cinco, sin demasiada dificultad. Ni un jadeo. Llegaba tarde.

Owen tenía la culpa, para variar, pero no pretendía delatarle. Apretó los labios mientras recorría los últimos metros hasta la solemne puerta de madera noble que debía cruzar o, siendo más precisa, debería haber cruzado hacía tres minutos y catorce segundos. Se quedó quieta en el pasillo, al otro lado de aquella estructura añeja, lo justo para arreglarse la ropa y asegurarse de que no hubiera algún pliegue en su camisa de seda. Nada que pudiera evidenciar lo que había estado haciendo.

Cogió el pomo y cruzó la puerta tras elevar el mentón con un gesto que mostraba dignidad, tal y como le habían enseñado. Dentro la esperaba su querida institutriz, Abigail, y su ni tan agradable ni tan benévola tía, Mao MacAlister. Cruzó su mirada con la de esta última y fingió indiferencia mientras se dirigía a su pupitre y, finalmente, tomó asiento como si fuera una reina. Algo que, algún día, sería.

—Llegas tarde —le reprendió su institutriz. Su voz era gélida, pero se debía más a la presencia de su tía que al hecho de que sus retrasos no fueran algo relativamente habitual.

—Necesitaba refrescarme —contestó la joven sin mostrar emoción alguna. Era una Marcada, después de todo.

—Tus necesidades deberían ser secundarias —recriminó la vieja. Sí, esa, la que había hecho colocar un sofá en el aula para observar cómo avanzaba en sus estudios y regocijarse por sus errores. La que siempre parecía estar espiándola, esperando que cometiera un error. Uno solo.

Quizá debería sentirse privilegiada de que la más anciana de las mujeres de la familia se hubiera tomado tan a pecho su educación, y aunque sabía que también había estado pendiente de sus primos, su obsesión con ella era asfixiante. Lo entendía. De verdad. No cada día nacía un Marcado y ella, además, había nacido con esa marca que impedía que su vida le perteneciera. Un honor, sí, pero también una gran responsabilidad que pesaba sobre sus hombros desde que tenía memoria.

—Lamento disgustarla, tía —se disculpó, aunque su mirada era desafiante y contradecía, sutilmente, sus propias palabras. Tenía un espíritu rebelde, y pese a que lo había ido templando con el paso de los años, seguía vivo en ella.

—Espero que tus progresos puedan compensar esa falta de respeto por tus obligaciones, Princesa —remarcó la anciana, cuya astuta mirada parecía ser capaz de leer a través de los ojos, prácticamente negros, de la joven.

—Estoy segura de que lo hará, mi señora Mao —afirmó la institutriz mientras miraba a la anciana y después centraba la atención en su pupila.

Abigail empezó a interrogarla sobre la historia del reino de los Marcados. Nombres. Años. Detalles de un pasado que era ya muy lejano. La joven se aplicó, contestando a cada una de las preguntas sin titubear a la vez que observaba de reojo cómo su tía hacía un pequeño gesto de aprobación con la cabeza. Algo poco habitual en ella.

Aquella mujer entrada en años, cuya marca se limitaba a un fragmento en el mentón y la mejilla, no era su tía en realidad. De hecho, era la tía de su padre, hija de Cedric MacAlister, un antepasado que fue Consejero Militar del mismísimo Rey, igual que lo fue, tiempo atrás, el abuelo de este, Samos MacAlister. La joven conocía al dedillo todo su linaje porque era, sin lugar a duda, digno de ser conocido. Y respetado. Un linaje que pasaría a la historia de los Marcados gracias a ella.

Notó una punzada en el bajo vientre. No era la primera que sentía aquella semana, pero esta vez su intensidad le obligó a apretar los labios. No protestó. No se quejó. Pese a ser joven, tenía ese punto de orgullo heredado de su padre y del resto de los MacAlister.

—Jade.

—El alzamiento de los Todellinen se inició con el ascenso a la corona de Todellin, el primer gran monarca —se apresuró a añadir la joven pese al dolor—. Fueron siglos de paz tras el terror y las pérdidas que sufrió nuestra raza cuando la Grieta se abrió.

—La Grieta —susurró Mao MacAlister, la anciana Marcada, como si hubiera estado sumida en sus propios pensamientos y aquella palabra, una que no muchos tenían el valor de pronunciar en voz alta, le hubiera obligado a volver a la realidad: un aula con una institutriz y una joven Marcada de apenas trece años. Sangre de su sangre.

—Lamento si os hemos incomodado —se disculpó la institutriz—. Considero que Jade debe ser consciente de la historia y de cómo nos fue contada. Toda ella.

—Una raza única —murmuró la anciana—. ¿Qué sabes de ella?

—Dicen las leyendas que antes de la Grieta, antes de que los demonios y los dioses caminaran libremente por nuestra tierra, habitaba una raza única en Ar-Umi —empezó Jade—. Cuando la Grieta se abrió y el inframundo decidió colonizar el mundo que conocemos, los Antiguos dioses se apiadaron de nosotros y descendieron para luchar al lado de los mortales.

—Continúa —le pidió la anciana mientras sus ojos brillaban recordando historias de su infancia. Ella había cumplido su cuarto siglo, pero todo aquello había sucedido hacía ya varios milenios y las historias, con el tiempo, habían ido perdiendo fuerza y protagonismo.

—Tenemos el honor de ser descendientes de uno de esos dioses antiguos —añadió Jade—. De su unión con un mortal nació nuestra raza.

—Y eso nos convierte en una raza superior —afirmó la institutriz—. Halbgotts. Descendientes directos de los dioses, no como esos animales...

—Doppels —intervino la anciana chasqueando la lengua, evidenciando su repulsión por aquella raza vecina con la que compartían el continente.

—Mitad hombres y mitad animales —empezó Jade.

—No —negó la institutriz—. Son ambas cosas al mismo tiempo.

—Un regalo, absurdo, de algún Antiguo dios —sentenció la anciana.

—Exactamente —convino la institutriz—. Así fue como nuestros antepasados lucharon junto a los Antiguos, consiguieron sellar la Grieta y evolucionaron hasta convertirse en lo que ahora se conoce en Ar-Umi como los Marcados.

—Descendientes de los Antiguos dioses, Halbgotts —susurró Jade, ligeramente emocionada.

—Como los Centinelas y los Serafines —reflexionó la anciana.

Jade hizo un gesto afirmativo sin mostrar emoción alguna en su rostro. Pese a que fingía una frialdad que no siempre sentía, quizá por su juventud, le apasionaban las historias de su pueblo y de su tierra. Conocía todos los relatos y las leyendas de la Gran Guerra. Una que nada tenía que ver con las habituales contiendas entre razas, sobre dónde se encontraba el límite de una frontera imaginaria o quién conseguía los mejores tratados comerciales.

La Gran Guerra. Una pesadilla que acechaba

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