El pistolero (La Torre Oscura 1)

Stephen King

Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

A la mayoría de lo que los autores escriben sobre su propio trabajo les sobra paja y tonterías.[1] Por eso nunca te has encontrado con un libro titulado Las cien grandes introducciones de la civilización occidental o Los mejores prólogos de los norteamericanos. Esta es una opinión personal, por supuesto, pero después de haber escrito al menos cincuenta introducciones y prólogos —por no mencionar un libro entero dedicado al oficio de la ficción—, pienso que tengo derecho a formularla. Y creo que puedes tomarme en serio cuando digo que esta podría ser una de esas raras ocasiones en que realmente tengo algo que vale la pena decir.

Hace unos años generé cierto furor entre mis lectores al publicar una versión revisada y extendida de mi novela Apocalipsis. Me sentía justificadamente nervioso por ese libro puesto que esta siempre fue la novela preferida de mis lectores (hasta el extremo de que para los fans de Apocalipsis más apasionados yo podría haber muerto en 1980 sin que el mundo se viera demasiado afectado).

Si hay una historia que rivaliza con Apocalipsis en la imaginación de los lectores de King, probablemente sea el cuento de Roland Deschain y su búsqueda de la Torre Oscura. Y ahora —¡maldita sea!— he vuelto a hacer lo mismo.

Excepto que no lo he hecho, realmente no, y quiero que lo sepas. También quiero que entiendas qué he hecho, y por qué. Puede no ser importante para ti, pero es muy importante para mí, y por eso este prólogo está exento (eso espero) de la Regla de las Gilipolleces de King.

Primero, ten en cuenta que el manuscrito de Apocalipsis no había sufrido sus profundos recortes por razones editoriales, sino financieras. (También existieron limitaciones de encuadernación, pero no quiero meterme con esa parte.) Las secciones que agregué a finales de los años ochenta fueron revisadas de un manuscrito preexistente. También revisé el trabajo en conjunto, principalmente por la epidemia de sida que floreció (si esa es la palabra) entre la primera entrega de Apocalipsis y la publicación de la versión revisada, ocho o nueve años después. El resultado fue un volumen aproximadamente cien mil palabras más extenso que el original.

En el caso de El pistolero, el volumen original era breve, y el material agregado en esta versión no suma más de treinta y cinco páginas, o aproximadamente nueve mil palabras. Si ya has leído El pistolero, encontrarás aquí solo dos o tres escenas totalmente nuevas. Claro que los puristas de La Torre Oscura (de los que existe una cantidad sorprendente; basta con verificarlo en la web) querrán leer el libro de nuevo, y la mayoría de ellos estarán inclinados a hacerlo con una mezcla de curiosidad e irritación. Simpatizo con ellos, pero debo agregar que me interesan mucho más los lectores que nunca conocieron a Roland y su ka-tet.[2]

A pesar de sus fervientes seguidores, la historia de la Torre es mucho menos conocida por mis lectores que Apocalipsis. A veces, cuando hago lecturas en público, pido a los presentes que levanten las manos quienes leyeron una o más de mis novelas. Puesto que se han molestado en llegar —a veces con el inconveniente adicional de contratar una canguro e incurrir en el gasto adicional de echarle combustible al viejo sedán—, no es ninguna sorpresa que la mayoría de ellos levanten sus manos. Entonces les pido que mantengan las manos alzadas los que leyeron una o más historias de La Torre Oscura. Cuando hago eso, por lo menos la mitad de las manos de la sala invariablemente bajan. La conclusión es bastante clara: aunque he dedicado una inmoderada cantidad de tiempo escribiendo estos libros durante los treinta y tres años que median entre 1970 y 2003, son comparativamente pocas las personas que los han leído. Pero quienes lo hicieron son ahora entusiastas de esas historias, y yo estoy también entusiasmado, y tanto, que de ningún modo podría dejar que Roland acabara en el exilio, que es el triste destino de todos los personajes fallidos (piensa en los peregrinos de Chaucer de camino a Canterbury, o los personajes que pueblan la última e incompleta novela de Charles Dickens, El misterio de Edwin Drood).

Creo haber asumido desde siempre (en alguna parte trasera de mi mente, porque no recuerdo haberlo pensado conscientemente) que habría tiempo de sobra para terminar la historia, que incluso quizá Dios me enviaría un telegrama cantado a la hora designada: «Vamos, vamos, corre, corre / Ponte a trabajar, Stephen / Termina La Torre». Y en cierto modo sucedió algo parecido, aunque no fue un telegrama cantado sino un encuentro cercano con una camioneta Plymouth. Si el vehículo que me atropelló ese día hubiese sido un poco más grande, o me hubiese golpeado solo un poco más fuerte, habría estado en uno de esos casos en los que, por favor, no envíen flores, la familia King agradece sus condolencias. Y la búsqueda de Roland habría permanecido inacabada para siempre, al menos por mí.

En cualquier caso, en el año 2001 —época en que había vuelto a sentir que era yo mismo— decidí que había llegado el momento de terminar la historia de Roland. Hice a un lado todo lo demás y me puse a trabajar en los tres libros finales. Como siempre, no lo hice tanto para los lectores que lo exigían como para mí mismo.

Aunque las revisiones de los últimos dos volúmenes todavía siguen pendientes mientras escribo estas palabras, en el invierno de 2003, los propios libros quedaron terminados el verano pasado. Y en el lapso entre el trabajo editorial del volumen cinco (Lobos del Calla) y el volumen seis (Canción de Susannah), decidí que había llegado el momento de volver al principio y comenzar las revisiones globales definitivas. ¿Por qué? Porque estos siete volúmenes nunca fueron historias independientes, sino las secciones de una única y extensa novela llamada La Torre Oscura, y el principio estaba desincronizado con el final.

Mi enfoque de las revisiones no ha cambiado mucho a lo largo de los años. Sé que hay escritores que las realizan a medida que van avanzando, pero mi método de ataque ha sido siempre el de zambullirme tan rápido como he podido, manteniendo mi cuchilla narrativa lo más afilada posible con el uso constante, e intentando poner en fuga al enemigo más insidioso del novelista, que es la duda. Al volver atrás se me ocurren demasiadas preguntas: ¿Qué tan creíbles son mis personajes? ¿Cuán interesante es mi historia? ¿Qué tan buena es, realmente? ¿Le interesará a alguien? ¿Me interesa a mí?

Cuando el primer borrador de una novela está terminado, lo guardo para que madure. Algún tiempo después —seis meses, un año, dos años, en realidad no importa— vuelvo a él con un ojo más frío (pero aún enamorado), y comienzo la tarea de revisión. Y aunque cada libro de la serie de la Torre fue revisado como una entidad separada, lo cierto es que nunca analicé el trabajo en conjunto hasta no terminar e

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