El Talismán

Stephen King
Peter Straub

Fragmento

1. El hotel y los jardines del Alhambra

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El hotel y los jardines

del Alhambra

1

El 15 de septiembre de 1981 un muchacho llamado Jack Sawyer se hallaba donde convergen el agua y la tierra, con las manos en los bolsillos de los pantalones vaqueros, contemplando el sereno Atlántico. Tenía doce años y era alto para su edad. La brisa marina despeinaba sus cabellos castaños, probablemente demasiado largos, de la frente noble y despejada. Permanecía allí, pletórico de las emociones vagas y dolorosas que había experimentado durante los tres últimos meses, desde que su madre cerrara su casa de Rodeo Drive, en Los Ángeles, y —en medio de un remolino de muebles, cheques y agentes inmobiliarios— alquilara un apartamento en Central Park West. De aquel apartamento habían huido a este tranquilo lugar turístico de la minúscula costa de New Hampshire. El orden y la regularidad habían desaparecido del mundo de Jack. Su vida parecía tan cambiante e incontrolada como las grandes olas que tenía ante él. Su madre le hacía viajar por el mundo, llevándole de un sitio a otro; pero ¿por qué viajaba ella?

Su madre huía, huía.

Jack se volvió y contempló la playa desierta, primero a la izquierda y luego a la derecha. A la izquierda estaba el Divertimundo Arcadia, un parque de atracciones que funcionaba con gran estruendo desde el Día del Soldado hasta el Día del Trabajo. Ahora estaba vacío y silencioso, como un corazón entre dos latidos. La montaña rusa era un andamiaje que se recortaba contra aquel cielo nublado y uniforme y los soportes verticales y en ángulo como pinceladas hechas con carboncillos. Allí abajo estaba su nuevo amigo, Speedy Parker, pero el muchacho no podía pensar ahora en Speedy Parker. A la derecha estaba el hotel Jardines de la Alhambra, y hacia allí se dirigieron inevitablemente sus pensamientos. El día de su llegada Jack había creído ver por un momento un arco iris sobre el tejado a la holandesa, con buhardilla. Una especie de signo, una promesa de cosas mejores. Pero no había ningún arco iris. Una veleta giraba de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, atrapada por un viento de costado. Se apeó del coche de alquiler, haciendo caso omiso del deseo implícito de su madre de que se ocupara del equipaje, y miró hacia arriba. Sobre el gallo giratorio de latón de la veleta solo había un cielo plomizo.

—Abre el maletero y saca el equipaje, hijito —le llamó su madre—. Esta actriz vieja y destartalada quiere registrarse e ir a la caza de una copa.

—Un martini elemental —contestó Jack.

—«No eres tan vieja», tenías que decir. —Ella se apeó del asiento con grandes dificultades.

—No eres tan vieja.

Le dedicó una sonrisa radiante —un vestigio de la antigua desenfadada Lily Cavanaugh (Sawyer), reina durante dos décadas de las películas de la clase B— y se enderezó.

—Todo irá bien, Jacky —dijo—. Todo irá bien aquí. Es un buen lugar.

Una gaviota voló sobre el tejado del hotel y por un segundo Jack tuvo la inquietante sensación de que la veleta había levantado el vuelo.

—Nos abstendremos de contestar al teléfono por un rato, ¿eh?

—Claro —contestó Jack.

Ella quería esconderse de tío Morgan, no deseaba más disputas con el socio de su difunto marido, quería arrastrarse hasta la cama con un martini elemental y taparse la cabeza con la manta…

«Mamá, ¿qué te pasa?»

Había demasiada muerte, el mundo estaba medio hecho de muerte. La gaviota gritó en lo alto.

—Adelante, chico, adelante —dijo su madre—. Entremos en el bello y querido lugar.

Entonces Jack pensó: Por lo menos, siempre está tío Tommy para ayudar en caso de que las cosas se pongan realmente peliagudas.

Pero tío Tommy ya había muerto; solo que la noticia aún estaba en el otro extremo de un montón de hilos telefónicos.

2

El Alhambra se adentraba en el agua. Era un gran caserón victoriano sobre gigantescos bloques de granito que parecían confundirse casi sin fisuras con el promontorio bajo; un cuello de granito que se proyectaba en los escasos kilómetros de litoral de New Hampshire. Los jardines que había eran apenas visibles desde el lugar donde se encontraba Jack en la playa: un trozo de seto verde oscuro, esto era todo. El gallo de latón se recortaba contra el cielo, dividiéndolo en oeste y noroeste. Una placa anunciaba en el vestíbulo que aquí, en 1838, se había celebrado la Conferencia Metodista del Norte, la primera de las grandes reuniones abolicionistas de Nueva Inglaterra. Daniel Webster había hablado largo y tendido, con ardor e inspiración. Según la placa, dijo: «A partir de este día, sabed que la esclavitud, como institución americana, ha empezado a debilitarse y pronto morirá en todos nuestros estados y territorios».

3

Así llegaron aquel día de la semana anterior que había puesto fin a la agitación de sus meses en Nueva York. En Playa de Arcadia no había abogados de Morgan Sloat que saltaran de coches blandiendo papeles que debían firmarse, que debían archivarse, señora Sawyer. En Playa de Arcadia los teléfonos no llamaban desde las doce del mediodía hasta las tres de la mañana (tío Morgan parecía olvidar que los residentes de Central Park West no vivían a la hora de California). De hecho, los teléfonos de Playa de Arcadia no llamaban nunca.

Mientras cruzaban la pequeña localidad turística —su madre conducía con la concentración del miope, con los ojos entornados—, Jack solo vio a una persona en las calles, un viejo loco que empujaba por la acera un carrito de la compra vacío. Sobre sus cabezas pendía aquel cielo plomizo y gris, incómodo. En total contraste con Nueva York, aquí solo había el constante sonido del viento, que silbaba por las calles desiertas, demasiado anchas por la falta de tráfico. Aquí se veían tiendas vacías con letreros en los escaparates que rezaban: ABIERTO SOLO LOS FINES DE SEMANA o, aún peor, ¡NOS VEREMOS EN JUNIO! Había cien plazas de aparcamiento vacías en la calle del Alhambra y mesas vacías en el Salón de Té y Mermelada Arcadia, contiguo al hotel.

Y viejos locos y desaliñados empujando carritos de la compra por las calles desiertas.

—Pasé las tres semanas más felices de mi vida en este pintoresco lugar —le dijo Lily al pasar de largo junto al viejo (que se volvió a mirarlos con temor y suspicacia, murmurando algo que Jack no logró entender) y tomando la curva de la avenida que cruzaba los jardines delanteros del hotel.

Porque tal era la razón de que hubieran llenado maletas, maletines y bolsas de plástico con todas las cosas sin las que no podían vivir, cerrado con llave la puerta del apartamento (sin hacer caso del estridente grito del teléfono, que parecía penetrar por la cerradura y perseguirlos hasta el vestíbulo); tal era la razón de que hubieran llenado el

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