Canción de Susannah (La Torre Oscura 6)

Stephen King

Fragmento

UNO

—¿Cuánto tiempo durará la magia?

Al principio, nadie respondió la pregunta de Roland y por eso volvió a hacerla, esta vez dirigiendo la mirada al otro lado del comedor de la rectoría, donde Henchick de los mannis estaba sentado con Cantab, quien había contraído matrimonio con una de las muchas nietas de Henchick. Los dos hombres estaban cogidos de la mano, como era costumbre entre los mannis. El hombre de más edad había perdido a una nieta ese día, aunque si lloraba su pérdida, las emociones no afloraban en su rostro pétreo y sereno.

Junto a Roland, sin coger la mano de nadie, callado y espantosamente pálido, se encontraba sentado Eddie Dean. A su lado, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, estaba Jake Chambers. Se había puesto a Acho en el regazo, un gesto que Roland no había visto antes y que no habría creído que el bilibrambo permitiera. Tanto Eddie como Jake estaban salpicados de sangre. La de la camisa de Jake pertenecía a su amigo Benny Slightman. La de la camisa de Eddie era de Margaret Eisenhart, otrora Margaret Sendarroja, la nieta perdida del anciano patriarca. Tanto Eddie como Jake parecían tan cansados como se sentía Roland, aunque este último estaba seguro de que esa noche no habría descanso para ellos. Desde la distancia, desde el pueblo, llegaban el rumor de los fuegos de artificio, los cantos y las celebraciones.

Allí no había nada que celebrar. Benny y Margaret estaban muertos, y Susannah había desaparecido.

—Henchick, decidme, os lo ruego: ¿cuánto durará la magia?

El anciano se mesó la barba de forma distraída.

—Pistolero, Roland, no sabría deciros. La magia de la puerta de esa cueva está fuera de mi alcance. Como vos sabréis.

—Decidme lo que opináis. Basándoos en lo que sí sabéis.

Eddie levantó las manos. Estaban sucias, tenía sangre bajo las uñas y le temblaban.

—Decid, Henchick —sugirió Eddie, hablando con una voz acallada y extraviada que Roland jamás había oído—. Hablad, os lo ruego.

Rosalita, la mujer para todo al servicio del padre Callahan, entró con una bandeja. Llevaba unas tazas y jarra con café humeante. Al menos ella había encontrado tiempo para cambiarse los tejanos y la camisa ensangrentados y polvorientos y ponerse un vestido de andar por casa, aunque todavía tenía la mirada horrorizada. Los ojos se le salían del rostro como animalillos asomando por sus madrigueras. Sirvió el café y pasó las tazas sin mediar palabra. Ella tampoco se había limpiado toda la sangre, Roland se dio cuenta cuando tomó una de las tazas. Tenía una mancha en el dorso de la mano derecha. ¿Era sangre de Margaret o de Benny? Roland no lo sabía; ni le importaba mucho. Los lobos habían sido derrotados. Podían o no volver a Calla Bryn Sturgis; eso era asunto del ka. Ellos se tenían que encargar de Susannah Dean, quien había desaparecido en el momento posterior a la batalla, llevando la Trece Negra consigo.

Henchick dijo:

—¿Preguntáis por el kaven?

—Sea, padre —admitió Roland—. Por la persistencia de la magia.

El padre Callahan cogió una taza de café con un gesto de asentimiento y una sonrisa distraída, pero sin una palabra de agradecimiento. Había hablado poco desde que habían regresado de la cueva. En el regazo tenía un libro titulado El misterio de Salem’s Lot, escrito por un hombre del que nunca había oído hablar. Se suponía que era una obra de ficción, pero él, Donald Callahan, aparecía en el libro. Había vivido en el pueblo del que se hablaba en sus páginas, había participado en los acontecimientos que narraba. Había mirado la contracubierta y la solapa trasera en busca de la foto del autor con la extraña certeza de que contemplaría una versión de su rostro devolviéndole la mirada (seguramente con el aspecto que tenía en 1975, cuando esos acontecimientos habían tenido lugar), pero no había foto alguna, tan solo una nota sobre el autor que contaba muy poca cosa. Vivía en el estado de Maine. Estaba casado. Había escrito un libro con anterioridad, con muy buenas críticas a juzgar por las citas que aparecían en la contracubierta.

—Cuanto mayor es la magia, más persiste —respondió Cantab y a continuación miró a Henchick con gesto interrogante.

—Sea —admitió Henchick—. La magia y la atracción son la misma cosa, y se despliegan desde atrás —hizo una pausa—, desde el pasado, a vos os consta.

—Esta puerta se abrió en muchos lugares y en muchas épocas en el mundo del que provienen mis amigos —comentó Roland—. Yo la abriría otra vez, pero solo en los dos últimos mundos. Los dos más recientes. ¿Eso puede hacerse?

Esperaron a que Henchick y Cantab lo pensaran. Los mannis eran grandes viajeros. Si había alguien que supiera si se podía hacer, si había alguien que supiera hacer lo que Roland quería, lo que todos ellos querían, eran esos tipos.

Cantab se inclinó con gesto reverente en dirección al anciano, el dinh del Calla Sendarroja. Le susurró algo. Henchick escuchó con el rostro impertérrito, hizo girar la cabeza de Cantab con una mano avejentada y llena de nudos, y le susurró la respuesta.

Eddie se movió y Roland tuvo la sensación de que estaba a punto de dejarse llevar, tal vez de empezar a gritar. Posó una mano de contención sobre el hombro de Eddie y el muchacho se calmó. Al menos por el momento.

La consulta susurrada continuó durante al menos cinco minutos mientras los demás esperaban. A Roland le resultaba difícil soportar el rumor de la celebración en la lontananza; sabe Dios cómo estarían haciendo sentirse a Eddie.

Al final, Henchick le dio una palmadita a Cantab en la mejilla y se volvió en dirección a Roland.

—Creemos que se puede hacer —anunció.

—Gracias a Dios —musitó Eddie. A continuación dijo en voz más alta—: ¡Gracias a Dios! Vámonos de aquí. Podemos reunirnos con ustedes en el Camino del Este…

Los dos barbudos sacudieron la cabeza, Henchick con una suerte de profunda pena, Cantab con ojos casi horrorizados.

—No iremos a la Cueva de las Voces en la oscuridad —advirtió Henchick.

—¡Tenemos que ir! —soltó Eddie—. ¡No lo entiende! No se trata simplemente de cuánto tiempo durará o dejará de durar la magia, se trata del tiempo en el otro lado. Allí transcurre más deprisa, y en cuanto se acabe, ¡se acabó! Por Dios santo, Susannah podría estar teniendo al bebé ahora mismo, y si es una especie de caníbal…

—Escuchadme, joven amigo —lo interrumpió Henchick—, y escuchadme bien, os lo ruego. El día está próximo a su fin.

Eso era cierto. Jamás en toda su experiencia, Roland había vivido un día que se le escapase con tanta rapidez entre los dedos. Se había producido la batalla contra los lobos a primera hora, poco después del alba; luego habían empezado las celebraciones en el camino por la

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