La cruz ardiente (Saga Outlander 5)

Diana Gabaldon

Fragmento

9788415631231-5

1

Dichosa la novia sobre la que brilla el sol

Monte Helicon

Colonia Real de Carolina del Norte

Finales de octubre de 1770

Desperté con el repiqueteo de la lluvia contra la lona; aún sentía en los labios el beso de mi primer marido. Parpadeé, desorientada, y me llevé por instinto la mano a la boca. ¿Para conservar la sensación o para ocultarla?, me pregunté mientras lo hacía.

Jamie, a mi lado, se agitó murmurando en sueños; su movimiento arrancó una nueva oleada de aroma a las ramas de cedro sobre las que descansaba la colcha. Quizá lo había perturbado el paso del espíritu. Hice un gesto ceñudo dirigido al aire frente a nuestra tienda.

«Vete, Frank», pensé con severidad.

Fuera todavía estaba oscuro, pero la bruma que se elevaba de la tierra húmeda era de un color gris perlado; faltaba muy poco para que llegara el alba. Nada se movía, dentro ni fuera, aunque percibí claramente una diversión irónica posada sobre mi piel como el más leve de los roces.

«¿No debería ir a su boda?»

No habría sabido decir si las palabras se habían formado por sí solas en mi pensamiento o si eran, ellas y el beso, mero producto de mi subconsciente. Me había dormido con la mente aún colmada por los preparativos del enlace. No era de extrañar que hubiera soñado con bodas. Y con noches de boda.

Alisé la muselina arrugada de mi camisa, con molesta conciencia de que la tenía recogida en torno a la cintura y de que no era sólo el sueño lo que arrebolaba mi piel. No recordaba nada concreto del sueño que me había despertado, sólo una confusa maraña de imágenes y sensaciones. Me dije que tal vez fuera lo mejor.

Me di la vuelta sobre las ramas crujientes, y me apreté contra Jamie. Estaba tibio y desprendía un agradable olor a humo de leña y a whisky, con un leve dejo de virilidad dormida, como la nota grave de un acorde prolongado. Me desperecé muy lentamente, arqueando la espalda para tocarle la cadera con la pelvis. Si estaba muy dormido o desganado, el gesto sería lo bastante leve como para pasar desapercibido. Si no...

No. Sonrió apenas, con los ojos aún cerrados, y una de sus grandes manos se deslizó muy despacio por mi espalda, hasta posarse en mi trasero con un apretón firme.

—¿Humm? —dijo—. Hummm.

Luego, con un suspiro, volvió a relajarse en el sueño, sin soltarme.

Me acurruqué contra él, reconfortada. La inmediatez física de Jamie de sobra bastaba para borrar el recuerdo de los sueños persistentes. Y Frank (si es que era Frank) tenía razón hasta cierto punto. Estoy segura de que, de haber sido posible, Bree habría querido que sus dos padres estuvieran en su boda.

Ya estaba completamente despierta, pero demasiado cómoda para moverme. Fuera llovía; era una lluvia tenue, y el aire, frío y húmedo, hacía más atractivo el cálido nido de edredones que la distante perspectiva del café caliente. Sobre todo porque, para obtenerlo, habría que bajar al arroyo en busca de agua, encender la fogata —¡Dios!, la leña estaría húmeda, aunque el fuego no se hubiera apagado por completo—, moler los granos en un mortero de piedra y luego prepararlo, con las hojas mojadas volando en torno a mis tobillos y las gotas que cayeran de las ramas deslizándoseme por el cuello.

Me estremecí sólo de pensarlo, me cubrí el hombro desnudo con el edredón y reanudé la lista mental de los preparativos con la que me había quedado dormida.

Comida, bebida... Por suerte no necesitaba preocuparme de eso. Yocasta, la tía de Jamie, se encargaría de los arreglos; mejor dicho, lo haría Ulises, su mayordomo negro. En cuanto a los invitados a la boda... en esto no habría dificultades. Como nos encontrábamos dentro de la comunidad de escoceses de las Highlands más importante en las colonias, ya contábamos con la comida y la bebida; y no haría falta mandar las invitaciones.

Al menos Bree estrenaría vestido; eso también era regalo de Yocasta. Sería de lana de color azul oscuro; la seda era demasiado cara y muy poco práctica para quienes vivíamos en los bosques. No se parecía en nada al satén blanco y al azahar con el que yo me había imaginado que se casaría algún día, claro que a nadie se le hubiera ocurrido en el año 1960 una boda como ésta.

Me pregunté qué habría opinado Frank del marido de Brianna. Probablemente le habría gustado. Al igual que él, Roger era historiador (o al menos lo había sido). Estaba dotado de inteligencia y sentido del humor; era un músico de talento y un hombre dulce, totalmente dedicado a Brianna y al pequeño Jemmy.

«Algo admirable, por cierto —pensé en dirección a la bruma—, dadas las circunstancias.»

«Lo admites, ¿verdad?» Las palabras se formaron en mi oído interno, como si él las hubiera pronunciado: irónicas, burlándose a la vez de él y de mí.

Jamie frunció el ceño y crispó los dedos contra mi nalga mientras emitía pequeños bufidos en sueños.

«Tú sabes que sí —dije en silencio—. Siempre lo admití y lo sabes, así que no me fastidies, ¿quieres?»

Di firmemente la espalda al aire exterior y apoyé la cabeza en el hombro de Jamie, buscando refugio en el contacto con la tela suave y arrugada de su camisa.

En realidad, me daba la impresión de que Jamie no veía tanto mérito como yo (o como Frank, quizá) en el hecho de que Roger hubiera aceptado a Jemmy como hijo propio. Para Jamie era, simplemente, un deber; ningún hombre honorable podía actuar de otra manera. Y parecía dudar de que Roger fuese capaz de mantener y proteger a una familia en los páramos de Carolina. Aunque era alto, hábil y fornido, para él los asuntos «de capa y espada» eran letras de canciones; para Jamie, herramientas de su oficio.

Súbitamente noté presión de la mano apoyada en mi trasero, y me sobresalté.

—Sassenach —dijo Jamie, soñoliento—, te estás retorciendo como un renacuajo en el puño de un crío. ¿Necesitas levantarte e ir a la letrina?

—Ah, estás despierto. —Me sentí algo tonta al decirlo.

—Ahora sí. —Retiró la mano y se desperezó con un gruñido. Los pies descalzos asomaron por el otro extremo del edredón, con los largos dedos bien separados.

—Lo siento. No quería despertarte.

—No te preocupes —me tranquilizó. Luego carraspeó y, parpadeando, se pasó una mano por las ondas rojizas del pelo suelto—. Estaba soñando algo diabólico. Me sucede siempre que paso frío mientras duermo. —Levantó la cabeza y se miró los pies mientras movía los dedos con gesto de fastidio—. ¿Por qué no me acosté con los calcetines puestos?

—¿En serio? ¿Con qué soñabas? —pregunté, con una pequeña punzada de inquietud. Ojalá no hubiera estado soñando lo mismo que yo.

—Con caballos —respondió para mi alivio.

Me eché a reír.

—¿Tan diabólico puede haber sido un sueño con caballos?

—¡Dios!, ha sido terrible. —Se frotó los ojos con ambos puños. Luego sacudió la cabeza, como si tratara de quitarse el sueño de la mente—. Tenía que ver con los reyes irlandeses. ¿Recuerdas lo que contaba MacKenzie anoche, junto a la fogata?

—Los reyes ir... ¡Ah, sí! —El recuerdo me hizo reír otra vez.

Roger, arrebolado por el triunfo de su reciente compromiso, había ob

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