Viajera (Saga Outlander 3)

Diana Gabaldon

Fragmento

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Prólogo

Cuando era pequeña nunca quería pisar charcos. No porque temiera mojarme los calcetines o pisar gusanos ahogados; era, en general, una criatura sucia, con una bienaventurada indiferencia hacia cualquier tipo de mugre.

Era porque no creía que aquel espejo liso fuera sólo una fina película de agua sobre la tierra sólida. Estaba persuadida de que era una puerta hacia algún espacio insondable. A veces, al ver las diminutas olas provocadas por mi proximidad, pensaba que el charco era profundísimo, un mar sin fondo en el que se ocultaban la perezosa espiral del tentáculo y el brillo de la escama, con la amenaza de enormes cuerpos y dientes agudos a la deriva, silentes, en las remotas profundidades.

Y, entonces, bajando la vista al reflejo, veía mi propia cara redonda y mi pelo rizado en una extensión azul sin contornos, y pensaba en cambio que el charco era la entrada a otro cielo. Si lo pisaba, caería de inmediato y seguiría cayendo, más y más, en el espacio azul.

Sólo había un momento en que osaba caminar a través de un charco: era en el crepúsculo, cuando asomaban las estrellas vespertinas. Si al mirar en el agua veía allí un alfilerazo luminoso, entonces podía chapotear sin miedo, pues si caía en el charco y en el espacio podría aferrarme a esa estrella, al pasar, y estaría segura.

Aún ahora, cuando veo un charco en mi camino, mi mente se detiene a medias (aunque mis pies no lo hagan) y luego sigue adelante, dejando tras de sí sólo el eco del pensamiento: «¿Y si esta vez cayeras?»

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PRIMERA PARTE

La batalla y los amores de los hombres

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1

El festín de los cuervos

Muchos jefes montañeses lucharon,

muchos hombres valientes cayeron,

la muerte misma se pagó muy cara,

todo por el rey y la ley de Escocia.

«Will Ye No Come Back Again?»

16 de abril de 1746

Estaba muerto. Sin embargo, la nariz le palpitaba dolorosamente, cosa que le resultó extraña, dadas las circunstancias. Aunque depositaba una considerable confianza en el entendimiento y la merced de su Creador, albergaba ese residuo de culpa esencial por la que todos tememos la posibilidad del infierno. Aun así, por lo que había oído hablar sobre el averno, le parecía improbable que los tormentos reservados para sus infortunados habitantes pudieran restringirse a un dolor de nariz.

Por otra parte, aquello no podía ser el Cielo. Para empezar, él no lo merecía. Tampoco tenía pinta de serlo. Y, en tercer lugar, dudaba que una fractura de nariz estuviera incluida entre las recompensas para los bendecidos, y no para los condenados.

Si bien se había imaginado siempre el Purgatorio como un sitio gris, las vagas luces rojizas que lo ocultaban todo le parecían adecuadas. Se le estaba despejando un poco la mente y volvía, con lentitud, su facultad de raciocinio. Bastante fastidiado, se dijo que alguien debería atenderlo y decirle exactamente cuál era su sentencia hasta que hubiera sufrido lo suficiente para purificarse y entrar, por fin, en el Reino de Dios. Lo que no tenía claro era si estaba esperando un demonio o un ángel. No tenía ni idea de cuáles eran los requisitos del Purgatorio; los curas que le dieron clases de pequeño no abordaban ese tema.

Mientras esperaba, comenzó a hacer inventario de cualquier otro tormento que se le exigiera soportar. Tenía numerosos cortes, chichones y cardenales aquí y allá; estaba casi seguro de haberse fracturado otra vez el dedo anular derecho; era difícil protegerlo por el modo en que sobresalía, con la articulación anquilosada. Pero nada de eso era tan malo. ¿Qué más?

Claire. El nombre le apuñaló el corazón con el dolor más atroz que su cuerpo hubiera soportado hasta entonces.

De haber seguido teniendo cuerpo, estaba convencido de que esto habría duplicado la agonía. Cuando la envió de vuelta al círculo de piedras ya sabía que se sentiría así. La angustia existencial era el sentimiento habitual en el Purgatorio, y él ya suponía que el dolor por la separación sería su mayor castigo, suficiente —pensó—, para expiar todo lo que había hecho: incluyendo el asesinato y la traición.

Ignoraba si a la gente del Purgatorio se le permitía rezar, pero igualmente lo intentó. «Señor —oró—, que ella esté a salvo. Ella y la criatura.» Estaba seguro de que Claire habría llegado al círculo; con sólo dos meses de embarazo, aún era ligera de piernas... y terca como ninguna otra mujer que conociese. Pero si había logrado efectuar la peligrosa transición al lugar del que había venido (deslizándose precariamente por los misteriosos estratos que yacían entre el entonces y el ahora, indefensa en el abrazo de la roca), no lo sabría jamás; el mero hecho de pensarlo bastó para hacerle olvidar hasta el palpitar de la nariz.

Al reanudar su interrumpido inventario de males físicos, lo afligió más de lo habitual descubrir que parecía faltarle la pierna izquierda. La sensación se cortaba en la cadera, con una serie de aguijonazos que le hacían cosquillas en la articulación. Suponía que la recuperaría a su debido tiempo, ya fuera cuando llegara al Cielo o, por lo menos, el día del Juicio Final. A fin de cuentas su cuñado Ian se las arreglaba muy bien con la estaca de madera que reemplazaba su pierna perdida.

Con todo, aquello hirió su vanidad. Ah, ahí estaba la cosa: un castigo destinado a curarlo del pecado de vanidad. Apretó mentalmente las mandíbulas, decidido a aceptar lo que viniera con fortaleza y con tanta humildad como fuese posible. Aun así no pudo evitar alargar una mano exploratoria (o lo que fuera que estaba usando como mano) para ver dónde terminaba ahora el miembro.

La mano chocó con algo duro; los dedos se enredaron en pelo húmedo y enmarañado. Se incorporó de golpe y, con algún esfuerzo, rompió la capa de sangre seca que le sellaba los párpados. La memoria volvió en un torrente, haciéndole gruñir en voz alta. Se había equivocado. Estaba en el infierno, sí. Pero, por desgracia, James Fraser no estaba muerto, después de todo.

Tenía el cuerpo de un hombre cruzado sobre el suyo. El peso muerto le aplastaba la pierna izquierda, lo que explicaba la ausencia de sensibilidad. La cabeza, pesada como una bala de cañón, descansaba boca abajo sobre su abdomen; el pelo apelmazado caía, oscuro, sobre el lienzo mojado de su camisa. Dio un tirón brusco, presa del pánico; la cabeza rodó de costado hasta su regazo y un ojo entreabierto miró cegado hacia arriba, tras los protectores mechones de pelo.

Era Jonathan Randall; su fina chaqueta roja de capitán estaba tan oscurecida por la humedad que parecía casi negra. Jamie hizo un torpe esfuerzo por apartar el cadáver, pero se

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