Maestros de la felicidad

Rafael Narbona
Rafael Narbona

Fragmento

De qué va este libro

DE QUÉ VA ESTE LIBRO

Concebí este libro como una larga pieza dramática dividida en seis actos, pero enseguida entendí que necesitaba varios interludios para fluir con la agilidad deseada. Aunque relata la historia de la filosofía, una novela fascinante con infinidad de personajes, no es una obra académica. Por eso ha prescindido de las notas a pie de página, limitándose a incluir al final una bibliografía «sentimental». Imagino que este proceder indignará a los que identifican el saber con la solemnidad y la grandilocuencia, pero este libro no está hecho para ellos. Estas páginas pretenden acercar la filosofía a los que buscan argumentos para celebrar la vida y afrontar con inteligencia las experiencias más dolorosas e ingratas. Entre los filósofos, hay auténticos maestros de la felicidad, pensadores que nos invitan a contemplar el mundo con optimismo y a juzgar al ser humano con indulgencia. Mi propósito es que sus ideas lleguen a todos los que se han cansado de escuchar que la vida es una porquería y nuestra especie, un error de la evolución.

He utilizado como telón de fondo mi experiencia como profesor de filosofía de enseñanza media, evocando las historias de algunos de mis alumnos, cuyos nombres he alterado por respeto a su intimidad. También he salpicado el texto con episodios de mi peripecia biográfica, que incluye una larga travesía por la depresión. A veces, llegué a pensar que mis vivencias carecían de interés y que alguno podría objetar que me tomaba a mí mismo demasiado en serio, pero mis dudas se resolvieron al reparar en que el aprendizaje del ser humano prospera gracias al contraste con las experiencias ajenas. La vida de los otros es una excelente escuela.

Mi paso por el mundo no es una epopeya, pero tampoco ha constituido un trayecto completamente anodino. Mis sesenta años acumulan muchos infortunios (pérdidas, fracasos, problemas de salud), pero también felices encuentros. He logrado sortear todas las calamidades, he aprendido de mis equivocaciones y ahora soy una persona feliz y optimista. No puedo alardear de haber visto cosas que otros no podrían imaginar, pero sí he asistido al renacer de la vida en mi interior. Desahuciado por la medicina, que auguró una estancia a perpetuidad en el pozo de la depresión, logré desprenderme definitivamente de la tristeza reeducando mis emociones. Conté con la ayuda de grandes educadores: Boecio, Marco Aurelio, Séneca, Francisco de Asís, Spinoza, Henri Bergson, Bertrand Russell. Podría citar muchos más, pero no quiero ser innecesariamente prolijo. Solo añadiré otro nombre: Etty Hillesum, una joven judía holandesa que murió en Auschwitz. Al igual que Virgilio a Dante, me guio durante mi largo peregrinaje desde la oscuridad hasta la luz. Siempre abrigaré una gratitud infinita hacia su Diario, que se convirtió en un faro mientras luchaba contra las tempestades desatadas en mi mente por el sufrimiento psíquico.

Me gustaría que este ensayo ayudara a transmitir esperanza, sobre todo a los que se han acostumbrado a vivir en la desesperación y han olvidado que el mundo es un surtidor de prodigios. Esta obra es mi última clase, una lección que desearía ser luminosa, alegre y nada tediosa. No sé si lo he conseguido, pero confío en la paciencia y generosidad de los que decidan acompañarme en este viaje personal por la historia de la filosofía.

Prólogo

PRÓLOGO

Tal vez cada existencia tenga su propio sentido y se necesite una vida entera para encontrarlo.

ETTY HILLESUM, Diario

Etty Hillesum no es tan conocida como Anne Frank, quizás porque morir a los veintinueve años parece menos dramático que a los quince, pero lo cierto es que las dos ardieron en los crematorios del sistema de campos de concentración urdido por la Alemania nazi, una constelación de espanto que excede las peores fantasías de Dante. Anne Frank murió en Bergen-Belsen; Etty Hillesum, en Auschwitz. Las dos fueron deportadas desde los Países Bajos. Ambas nos dejaron unos diarios conmovedores que relataban sus penalidades y que evidenciaban la resistencia del espíritu humano a hundirse en la desesperación, el odio y el rencor, incluso cuando el viento de la historia se vuelve particularmente frío y áspero. El diario de Anne Frank vio la luz en 1947. El de Hillesum se demoró hasta 1981. Ninguna de las dos jóvenes pensó en el éxito, la fama, la gloria, todas esas quimeras que flotan en la mente de los escritores mientras trabajan en un manuscrito, dejándose llevar por pasiones pueriles. Hillesum y Frank recurrieron a la escritura para explorar sus almas y afrontar con dignidad y coraje la posibilidad nada remota de una muerte violenta y temprana. Hijas del «pueblo deicida», hostigado, segregado y diezmado durante siglos por la Europa cristiana, escribieron desde el filo del abismo, legándonos una lección de vida.

Anne Frank, escondida en la «casa de atrás», un recinto diminuto en el número 263 de la Prinsengrachtse, se negó a convertir su refugio en una «casa de melancolía». No quería pasarse todo el día llorando. Notaba un vacío muy grande oprimiendo a las ocho personas que se habían cobijado en una especie de madriguera habilitada en la antigua empresa de su padre, pero nunca perdió su capacidad de regocijarse con el pequeño campo de visión que podía observar desde su escondrijo: «Esta mañana, cuando estaba asomada a la ventana mirando hacia fuera, mirando en realidad fija y profundamente a Dios y a la naturaleza, me sentí dichosa, únicamente dichosa […]. Mientras uno siga teniendo esa dicha interior, esa dicha por la naturaleza, por la salud y por tantas otras cosas; mientras uno lleve eso dentro, siempre volverá a ser feliz». Por entonces, Anne ya no era una niña, sino una adolescente con un espíritu valiente y lúcido que oponía al odio de los nazis su pasión por la vida: «Creo que toda desgracia va acompañada de alguna cosa bella, y si te fijas en ella, descubres cada vez más alegría y encuentras un mayor equilibrio. Y el que es feliz hace feliz a los demás; el que tiene valor y fe nunca estará sumido en la desgracia». Anne Frank reivindica valores como el coraje, el amor a la naturaleza, el cuidado de los otros y la confianza en Dios. En el mundo actual, menos trágico que el suyo, esos valores despiertan escepticismo. Casi nadie se atreve a elogiar el coraje, la fe y el sacrificio. Alguien dirá que al menos sí hay una honda preocupación por la naturaleza. Es cierto. Hasta los Gobiernos intentan luchar contra el deterioro medioambiental, pero la conciencia ecológica no suele ir acompañada de esa mirada poética que apreciamos

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