Cronistas bohemios

Miguel Angel del Arco

Fragmento

libro-4

INTRODUCCIÓN

EL ESTADO DEL PERIODISMO EN LA ESPAÑA DE FIN DE SIGLO: LA PRENSA, LA BOHEMIA Y LA GENTE NUEVA

CRÓNICAS DEL 1900, LA EDAD DE ORO DEL PERIODISMO

A caballo entre el siglo XIX y el XX hallamos sorprendentes, frescas y magníficas crónicas, de la mano de unos periodistas brillantes, hoy completamente olvidados. Un viaje de prensa de Madrid a Lisboa narrado con humor y todo lujo de detalles, desde cómo era el tren o por dónde pasaba hasta qué ocurría en la frontera o cuál fue la actitud de los viajeros. El relato pormenorizado de una manifestación de neoconservadores, es decir, los cachorros del partido de Cánovas, por las calles de Madrid. Una descripción de las condiciones de los presos de las cárceles españolas contada desde dentro. Una panorámica de la situación de los mineros en Linares, narrada en nueve entregas, que abarcan desde la fotografía de sus miserables domicilios hasta las penosas condiciones de trabajo, escrito todo ello en la misma mina. El seguimiento in situ del caso Dreyfus, con los pormenores del juicio y la noticia de cómo se realizó la protesta, como un grito, de Émile Zola.

Los autores de estas crónicas son Antonio Palomero, Alejandro Sawa, Pedro Barrantes, Joaquín Dicenta y Luis Bonafoux, nombres que hoy no representan gran cosa. Sin embargo, estos textos tienen muy poco que envidiar, en calidad, en estilo, en atrevimiento y en novedoso enfoque a lo que muchos años después conoceríamos como nuevo periodismo. Se pueden leer, hoy mismo, con gusto y asombro. ¿Quiénes las escribieron entonces con tanto talento y original mirada? Pues unos grandes cronistas, unos pioneros, que ejercieron su oficio en la prehistoria del periodismo con prodigiosa maestría.

Eran reporteros que se dedicaban a tiempo completo a su oficio, fueron célebres y buscados por los diarios; fueron excelentes cronistas, eran entonces jóvenes, modernistas y bohemios.

Hoy son grandes desconocidos, como mucho aparecen de manera tangencial en alguna historia de la literatura, pero han quedado relegados al heterogéneo saco de los raros y olvidados, como los epígonos, los hermanos menores de la Generación del 98. Sin embargo, convivieron con ellos, fueron sus compañeros de viaje —y de los modernistas—, y en su tiempo también causaron admiración.

Todos aquellos literatos olvidados tienen en común el haber llevado una vida irregular, bohemia, irreverente, rebelde contra el canon artístico, seguramente como correspondía a su edad y al momento que les tocó vivir. Quizá eso hizo que no pasaran a la posteridad, ya que contaban con méritos suficientes para figurar en ella. Como veremos, se trata de una invisibilidad injusta, porque contribuyeron de manera decisiva a la llamada Edad de Oro del periodismo español, un tiempo, el cambio de siglo, entre 1898 y 1923, en el que coincidió la proliferación de cabeceras con la aparición de periodistas de gran talento literario que crearon escuela en cuanto a estilo y pensamiento, en la observación y narración de la realidad. Unos nombres que forman parte de la Edad de Plata de la cultura española, así como de esa edad dorada del periodismo, una profesión con definición aún imprecisa.

Acaso puedan explicarse estos sorprendentes olvidos si se conoce el estado del periodismo en 1900, sabiendo cómo eran las redacciones de entonces y qué periódicos se publicaban; quizá estando al tanto de la situación política en la España finisecular, la de la regencia de la reina María Cristina y del gobierno del turnismo, y tal vez entendiendo el ambiente cultural de aquellos años.

Posiblemente sea un descubrimiento constatar hoy día que en los inicios del periodismo ya había cronistas ejemplares. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que en aquellos años se produjo una gran ebullición social, política y cultural, y una atmósfera exaltada y pesimista que proporcionó abundantes noticias. El cambio de siglo, la decadencia moral en la que estaba sumido el país, la pérdida del imperio colonial, la existencia de numerosos periódicos, el malestar contra los políticos, el anticlericalismo, las polémicas entre los jóvenes y los viejos literatos, aquellas calles llenas de tabernas y cafés… todo ello contribuyó a una gran proliferación de historias, de leyendas, de injusticias avisadas, de personajes, de cronistas y de periodistas y reporteros de calidad que conformaron aquella Edad de Oro.

Estas condiciones sociales, políticas, económicas y culturales crearon un ambiente probablemente irrepetible en ese fin de siglo español en general y madrileño en particular. Unos gobiernos contestados que se iban turnando en el poder, con elecciones amañadas con estrategias caciquiles, ora los liberales, ora los conservadores; una sociedad deprimida, cafés atestados, tertulias animadas, una gran emigración hacia las ciudades que llenaba las calles y hacía que se expandiesen los barrios. Una corte de los milagros en la que cabían genios, menesterosos, hambrientos, modernos, aristócratas, pedigüeños y buscavidas, todos ellos habitaban la noche y contribuyeron a configurar una tribu de jóvenes sin fortuna, procedentes de las clases medias y populares, que recorrían las calles en busca de un futuro que se les presentaba poco amable.

Desde 1890 a 1910, las calles, los cafés, el Ateneo, los salones y las redacciones de los periódicos de Madrid estaban llenos de literatos o aspirantes a literatos, de jóvenes llegados de provincias con la quimera de hacerse un nombre en la capital. Discutían, criticaban la situación de España, soñaban con alcanzar la gloria, algunos pasaban por la universidad, visitaban a los autores consagrados o simplemente intentaban buscarse la vida.

Aquella larga crisis de fin de siglo juntó a estos numerosos periodistas, bohemios y artistas que vivían de noche y dormían de día si tenían dónde. Tanto deambular sin rumbo provocó una fiebre creadora que confluyó en una considerable cosecha de grandes figuras que forman parte hoy, con letras mayúsculas, de la historia de la literatura española. Pero también dio lugar a muchos talentos que no llegaron a nada y a nombres importantes entonces que se ha tragado el olvido. Porque en aquellos años todos aspiraban a ser alguien, y deambulaban y se movían en los mismos círculos. Lo singular fue que tanto figuras como olvidados anduvieron, juntos, por los arrabales del modernismo, del noventayochismo, de la bohemia, del anarquismo y del republicanismo: pertenecían a la llamada Gente Nueva, enfrentada con la Gente Vieja, apolillada y acoplada a los sillones y al sistema. Les dolía España y su atraso, y eran críticos con la política de la Restauración y los gobiernos turnistas.

Intentaban colocar un artículo o una crónica en los numerosos periódicos de la época, ya que se había empezado a pagar por las colaboraciones, y los que tenían cierta fama podían cobrar hasta quince o veinte pesetas por pieza. Los más vagaban porque tenían motivos para llevar una vida desastrada, provocadora, nocturna, precaria y rebelde. Muchos de ellos habían llegado de las provincias con la intención de triunfar en la capital, de manera que se movían, con cierto barullo, por aquel Madrid absurdo, brillante y hambriento que describió Valle-Inclán en Luces de bohemia.

Tanto los que alcanzaron la fama —aunque luego quedaran relegados al olvido—, como los que lograrían la gloria imperecedera, o los que merodeaban en su

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