Me llamo cuerpo que no está. Poesía completa

Cristina Rivera Garza

Fragmento

Título

PRÓLOGO

El diminuto mecanismo de las máquinas que sueñan

Por Sara Uribe

En los poemas de Cristina Rivera Garza hay sopas instantáneas, sillas de plástico color naranja, mandarinas desgajadas, batas de franela, lentejuelas, rímel y risas, una cajera cuando devuelve el cambio, papas fritas, té de menta o té de naranja o té de jazmín, Valium, dos cajas de Marlboro light, trescientas aspirinas, vasos de leche, flores de plástico, botes de basura, escritorios de metal, latas de sardinas, cables de teléfono, ambulancias, rocolas. También hay personajes como la Mujer Enorme, la Ex-durmiente, la Ex-Muerta, la Diabla, la Bestia, Los Sumergidos, los Desamparados y los Solos y los de Tres Corazones Bajo el Pecho. Además de algunas de las frases con las que suelen iniciar los cuentos infantiles —para sumergirnos en una suerte de ensoñación o enrarecimiento, propicios de la clase de historias que estamos a punto de leer—: Había una vez. O dos. Érase que se era. Érase que fue o que habría sido. La poesía de Cristina Rivera Garza es una carretera bífida: un camino que se bifurca entre la materialidad más tangible y rotunda y la posibilidad de lo contingente, de lo que podría o no suceder. Sus poemas son un lugar donde es viable que lo que es sea; pero, sobre todo, y como anhelaba Alejandra Pizarnik: que sea lo que no es.

Me llamo cuerpo que no está reúne los cinco volúmenes de poesía que Rivera Garza publicó en el Fondo de Cultura Económica, Bonobos Editores, Mantis Editores y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes durante una década, de 2005 a 2015. Se trata de una obra poética entreverada por las relaciones entre palabras, cuerpos, territorios y afectos y configurada a partir de precisos dispositivos de escritura y de lectura. De poemas que transforman a sus lectores en traductores-­detectives-cómplices y se expanden más allá de la página impresa. De una lírica sedimentaria, enmarcada en paisajes y atmósferas donde la enfermedad y el amor, la errancia y los (d)años, el tumulto y la vehemencia, la violencia y la muerte, el fin del mundo y los sonidos de otros mundos pasados y futuros se erigen expedientes de registros, residuos, espejos y espejismos en los que el lenguaje es siempre dientes y carne y emoción.

Ya sea desde un hospital, la Ciudad Más Grande del Mundo, el mar del Norte, el lugar de los hechos —callejones, zanjas, explanadas, páginas o bosques—, enormes paredes blancas —de un blanco que podría de ser de nubes, algodón o nieve—, bajo la lluvia o las olas del Pacífico, en Shanghái ca. 2034 o 2065, en un país por desaparecer o desaparecido los poemas de Rivera Garza nunca nos permiten salir ilesos. Provocan un extrañamiento propio de quienes toman distancia de lo cotidiano para repensarlo y reinventarlo. Conmocionan, principalmente, porque saben muy bien cómo trastocar los engranajes más hondos de nuestra percepción.

El diagnóstico médico y la definición enciclopédica, el sampleo y el remix, la redacción telegráfica y la nota roja, la bitácora y el archivo, las colindancias y las reescrituras, así como los vasos comunicantes e intertextualidades que tiende entre su obra poética y la narrativa son algunos de los formatos y estrategias de escritura frecuentes en los libros que integran este volumen. Esta celebrada y necesaria edición de su poesía completa hace posible trazar un recorrido lector por el devenir poé­tico de Rivera Garza. Detenernos a observar cuáles son sus obsesiones, sus continuas interrogaciones y búsquedas, sus derivas. Percatarnos del modo en que sus poemas —al igual que las personajas que bautiza como las Increíblemente pequeñas forajidas— a pesar de andar a salto de mata, errantes e insomnes, guardan un momento del viaje para reír y danzar y fumar en salones de baile finimundistas iluminados por luciérnagas.

MIRA CÓMO SE DESHACE EN EL AIRE EL VERBO DESHACER

¿Qué es lo que hace esta poesía desmarcada, muchas veces salvaja y a la intemperie cuando la leemos? Producir presente. Los poemas posautónomos y desapropiativos de Rivera Garza fabrican presente en tanto que reescriben cuerpos y territorios textuales del pasado, del hoy o del futuro; desestabilizan y cuestionan la propiedad mediante autorías plurales; y, particularmente, porque desvelan el trabajo comunal que antecede a la creación personal: muestran la deuda que toda escritura tiene con el lenguaje de les otres. Josefina Ludmer sostiene que las literaturas posautónomas son experimentales, resistentes y críticas de la institución “literatura” y Rivera Garza acota que en el experimento todo es potencia: no se miden los resultados sino el proceso. Por ello, en sus poemas, hechos de múltiples voces y procedimientos que maniobran con la materialidad de las palabras, lo que está en juego son las formas en que dichos mecanismos generan sentido cuando son activados por nuestra lectura.

A la poesía de Cristina Rivera Garza no le importa si es o no literatura: hay en ella posteos de blogs, tuits, telegramas, textos de Wikipedia, las palabras de Luz María Dávila para increpar y desbienvenir a un presidente, escrituras provenientes de artículos periodísticos, obras narrativas y canciones. No le interesa remarcar con precisión los bordes entre los géneros o entre realidad y ficción; de ahí que emerja cada tanto entre sus páginas la invitación a suspender las certezas y la credibilidad en las frágiles convenciones del mundo real que, según Ana Llurba, plantea la frase performática Érase una vez. No desea ser asociada con una visión romántica donde los poemas son actos de inspiración y genio individual, así que hace patente el truco del mago y nos deja ver la urdimbre, la hechura y las costuras de sus poemas. Desapropiada, su poesía deshace y rehace. Nos comparte la tarea de rearticular lo que entendemos como poético en el siglo xxi.

CUERPO DE TU CUERPO EN EL QUE ESTÁS ADENTRO

Los poemas corpóreos de Rivera Garza manifiestan lo que alguna vez escribió Jean-Luc Nancy, que un cuerpo empieza y termina contra otro cuerpo, de tal manera que originan lo que Amelia Gamoneda define como “cuerpo extraño”: una emanación del cuerpo propio y a la vez del cuerpo contiguo, yuxtapuesto al cuerpo que lo escribe. Estos cuerpos extraños establecen relaciones de porosidad: se irrigan entre sí.

En La más mía (1998), su primer libro de poemas, Rivera Garza desarrolla una poética autoficcional en la que aborda la hospitalización y el tratamiento quirúrgico de su madre a causa de un aneurisma: se trata de Hilda Garza Bermea, paciente femenino de 53 años la cual tiene un Dx de un aneurisma de la Arteria Carótida Interna en la región supracli­noidea. Dicha corporeidad ingresa al poema acompañada en todo momento. En primera instancia, aparece rodeada de cuerpos convulsionados, epilépticos, llenos de piquetes, tullidos y desahuciados.

En segundo lugar, y como si la enfermedad se propagara, el cuerpo extraño se expresa en la ramificación de la m

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