Escalofríos

R.L. Stine

Fragmento

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Introducción

¡Cuidado, lector! He escrito estas historias para hacerte sentir miedo.

Ya sabes. Ese cosquilleo que sientes en el pescuezo cuando empiezas a asustarte. La piel se te enfría y se te erizan los pelillos de ahí atrás. El corazón late y los dientes empiezan a castañetear.

Eso es lo que sientes cuando...

Crees que algo horrible te está mirando...

No sabes dónde estás ni cómo encontrar el camino de vuelta a casa...

Los terroríficos aullidos suben desde el sótano...

No puedes evitar convertirte en una criatura a la que no reconoces...

Te rodea la oscuridad y no encuentras la salida...

A todos nos gusta un buen susto cuando sabemos que no es verdad. Las historias de este libro no podrían ocurrirte a ti..., ¿verdad?

Las escribí para llevarte al mundo Escalofriante, que está justo al lado del mundo real... Un mundo de sombras y sustos, de giros insospechados y de sorpresas.

Espero que estas historias te lleven a un lugar en el que ese cosquilleo se convierte ¡en un grito!

R. L. STINE

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Bienvenido a la zona intermedia

¿Has sentido alguna vez que el tiempo se detiene? El día se te está haciendo eterno en el colegio. Y cada vez que miras el reloj parece que la aguja no se ha movido en absoluto. ¡Pues anda que no quedan horas por pasar...!

Recuerdo el dolor intenso en Nochebuena, cuando esperaba a la mañana, a que ya fuera lo bastante tarde como para abrir los regalos. Recuerdo mirar el reloj una y otra vez, pero apenas se movía.

He escrito montones de historias en las que el reloj retrocede. Pero esta será la primera que escribo sobre que el tiempo se para.

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—Gabe, prométeme que no vas a llegar tarde —dijo mi amigo Carver.

Le dio un golpe a mi palo de hockey con el suyo. Estábamos dándole al disco una y otra vez en el estanque Willmore. El agua del estanque se había helado y la superficie había quedado de lo más resbaladiza y suave. Era una tarde fría de diciembre y yo temblaba bajo tres capas de jerséis y una parka.

—Te lo prometo —le dije. Moví el palo de hockey con fuerza y el disco salió como una flecha. Carver se giró para cazarlo y le faltó poco para caerse.

Es mucho mejor patinador que yo. Está en los Bla­zers, el equipo de hockey del colegio.

Yo no estoy en ningún equipo. De hecho, no me gusta el deporte. Pero a Carver le gusta venir al hielo conmigo. Creo que eso le hace sentir como si fuera una superestrella.

—Eso es lo que dices siempre, y luego siempre llegas tarde —me contestó. Rodeó el disco y volvió a enviármelo—. Llegas tarde a todo, Gabe, y estoy cansado de esperarte.

—Creo que por Navidad me caerá uno de esos relojes inteligentes —dije—. Igual ayuda.

El disco se deslizó hasta la nieve que rodeaba el estanque, y los dos nos lanzamos a por él. El vaho de mi respiración me precedía. Por una vez, estaba haciendo un montón de ejercicio.

—¿Sabes una cosa? —dijo Carver—. Eso de cumplir años el día de Nochebuena es un mal asunto. Una de dos, o no se acuerda nadie o se hacen un lío. —Golpeó el disco para devolverlo al hielo.

—Pero te hacen una fiesta... —afirmé.

—Sí. No me lo puedo creer, ¡mis padres se han acordado de que quería una fiesta de cumpleaños! —me contestó Carver—. Es algo especial, ¿entiendes? Por favor, no vengas tarde.

Levanté la mano derecha enguantada:

—Juro que llegaré pronto. Confía en mí. Si llego tarde, me comeré este disco.

—Esa me la apunto —dijo Carver con una mueca—. ¿Lo quieres con kétchup o con mostaza?

Una vez en casa, me encontré a mi madre y a mi padre en el salón, viendo en Netflix un reality sobre un pulpo.

—Nunca me habría imaginado que un pulpo tuviera personalidad —dijo mi padre.

—Igual uno pequeñito nos iría bien para el acuario —dijo mamá.

—No creo que haya pulpos pequeñitos —respondió él.

Estaban tan interesados por los pulpos que ni siquiera repararon en que yo estaba plantado en la puerta.

—¿Podemos hablar? —pregunté.

Los dos se volvieron.

—Tendrías que ver este programa, Gabe —me dijo papá—. Aprenderías mucho sobre la vida submarina.

—Ya aprendo con Bob Esponja —le contesté.

Los dos se echaron a reír. Creen que soy muy gracioso.

Me adelanté hasta ponerme frente al televisor.

—Escuchad, tengo que hacerle un regalo a Carver —les dije.

Mamá me miró a través de las gafas.

—¿Un regalo de Navidad?

—No. Un regalo de cumpleaños. Mañana por la tarde es su fiesta de cumpleaños.

Los dos se pusieron a negar con la cabeza y a mirarme con expresión reprobatoria.

—¿Por qué siempre esperas hasta el último minuto, Gabe? —preguntó mi padre.

—¿Por qué vas siempre tarde, Gabe? —añadió mi madre. Miró hacia el gran reloj de péndulo que se alzaba en la esquina del salón—. Son más de las seis. Las tiendas estarán cerradas.

—Bueno, ¿y si vamos mañana justo después de desayunar? —pregunté—. Tengo que comprarle algo.

—Es de locos. ¿A quién se le ocurre montar una fiesta de cumpleaños el día de Nochebuena?

—La fecha no la escogió él —dije.

Los dos se rieron.

—Mañana por la mañana podemos ir de compras —dijo mamá—. ¿Ya sabes qué quieres regalarle?

—Pues la verdad es que no —dije—. Quizá una sudadera de hockey o algo. Le gusta mucho el hockey.

—Esa es una buena idea —dijo mamá—. Pero tendrías que haberlo pensado antes, así no tendríamos que salir a comprar justo en Nochebuena.

—Tienes razón —dije—. Tengo que empezar a planear las cosas con antelación. —Me volví para salir del salón—. ¿Sabéis qué? Me voy a mi cuarto a empezar el informe de lectura ahora mismo, aunque las vacaciones de Navidad acaben de empezar.

Subí las escaleras hacia mi habitación. No les dije que ya llevaba más de una semana de retraso con el informe. De hecho, tampoco me había acabado el libro. Pero pensaba que de todos modos podría escribir el trabajo.

En el piso de arriba, tenemos un pasillo largo. Hay cuatro dormit

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