Ro-Ro, la gata ninja 1 - La fuga de la cobra real

Dermot O'Leary

Fragmento

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1

Cubierta Ro-Ro estaba teniendo el mejor sueño de su vida (había una pizza gigante de pepperoni, un bol inmenso de pasta con queso y, para acabar, un tiramisú descomunal en el que hundir su cara peluda). Pero de pronto algo cortó en seco los ronroneos a los que debía su nombre y la devolvió BRUSCAMENTE a la fría noche londinense.

¡PUM!, ¡PLUM! y, ya que estamos, ¡CATAPLÚN! Aunque eso se queda corto para describir el espantoso ruido que perturbó el silencio reinante en la serena calle. Era una de esas noches en las que tú y yo estaríamos acurrucados en la cama bajo dos mantas y con una bolsa de agua caliente. Una noche de esas en las que nadie en su sano juicio se levantaría antes de que el perezoso sol de invierno saliera y lo animara, a duras penas, a afrontar el nuevo día.

Y eso hablando de nosotros, los humanos, pero ¿qué hay de los gatos? ¡NI DE BROMA! Un gato no se dejaría ver saliendo de una cama calentita con ese frío ni muerto. No podría volver a mostrar su rostro peludo en la alta sociedad felina. Jamás. «Que se ocupen los zorros y las ratas —dirían la mayoría de los gatos—. Vamos a echar una cabezadita y ya nos vemos mañana, a eso de las… once».

Ese es el motivo por el que Ro-Ro estaba molesta, cansada y un pelín asustada cuando escuchó el ESTRÉPITO MÁS TERRIBLE DEL UNIVERSO, procedente de los contenedores de basura de la calle.

Ro-Ro miró a sus padres. «Se ocuparán ellos, ¿no?», pensó. Pero no se habían despertado. No habían movido ni un pelo.

—¿En serio? —refunfuñó Ro-Ro—. Pero ¿aquí quiénes son los gatos y quiénes son los humanos? Se supone que nosotros, los gatos, somos los que dormimos todo el tiempo, y que vosotros, los humanos, sois los que nos traéis comida, nos acariciáis, nos lo consentís todo, nos cepilláis, nos abrís la puerta para que salgamos y el grifo para que bebamos, nos dais masajitos y, lo que es más importante…,

¡LOS QUE OS LEVANTÁIS CUANDO AHÍ FUERA HAY RUIDOS ESPELUZNANTES! Es un trato justo, pero para que quede claro: ¡se supone que los que dormimos somos nosotros!

Miró a su hermano Silver, que, como su nombre indica en inglés, tenía el pelaje plateado y blanco, una gran cola tupida y patas blancas.

Ro-Ro, en cambio, era una gran bola de pelo negro, gris y marrón, sobre todo con el pelaje de invierno. Alrededor del cuello tenía el pelo más largo, como una bufanda. Silver y ella eran gatos campestres y habían llegado a Londres solo tres semanas antes, después de que los adoptasen dos amables humanos a los que ya llamaban «mamá» y «papá». Bueno, en realidad, «mamma» y «papa». Esos que estaban roncando en la cama.

—Silver —susurró Ro-Ro—. ¡SILVER! ¿Has oído eso? Creo que ha sido fuera, en los contenedores… ¡EN LOS NUESTROS!

—Yo no he oído nada —contestó Silver mientras bostezaba y se estiraba.

—Claro que sí, no mientas. Por eso estás despierto. Mira, ahora vivimos aquí y ¡ese es nuestro territorio! Tenemos que salir a investigar.

—Bueno, vale, igual he oído algo, pero ¡puede que sean zorros! ¿Has visto lo grandes que son? No son como los de campo que solíamos ver. Estos son muy malos. ¡Aterradores! Mejor nos quedamos aquí y esperamos a que pase.

¡TIENES MIEDO! —exclamó Ro-Ro.

—Bueno…, eh…, no, pero es que es de noche y hace mucho frío. Además, abrir la gatera cuesta muchísimo y… Vale, vale, lo admito: tengo un pelín de miedo. Mira, Ro-Ro, llevamos tres semanas en este país, estamos intentando adaptarnos, hace frío, somos italianos de sangre caliente, me acaba de despertar quién-sabe-qué ahí fuera y vas y me pides que salga a investigar. ¿POR QUÉ NO VAS TÚ SOLITA?

—Silver, podría ser un poco complicado. Soy ciega. ¿O ya no te acuerdas? —dijo su hermana.

Ro-Ro tenía razón. Desde que nació, era más ciega que un topo.

Aunque eso no era del todo cierto. Primero, porque ya había conocido al topo del barrio, Eric, y aunque no había podido charlar con él («ahora no puedo, tengo que construir un túnel» o algo así dijo), lo cierto es que no tenía pinta de ciego. Y, segundo, porque algo algo sí que veía. De muy cerca tenía la vista pasable, pero a más distancia solo distinguía formas claras y oscuras. Podía reconocer el contorno de las cosas (como mamma y papa), los gatos (como su hermano), los pájaros que había por ahí (¡qué pinta tenían!) y cualquier cosa que se moviera, la verdad. Pero le gustaba tener a Silver siempre a su lado. Vale, a veces era un pesado y se burlaba de ella, pero, como la mayoría de los hermanos mayores, era tremendamente leal y quería mucho a su hermana…, algo que no confesaría en público jamás de los jamases.

—Sí, tata —respondió Silver—. Ya sé que eres ciega, pero también eres ninja, ¿recuerdas?

La verdad es que él también tenía razón. De hecho, Ro-Ro era una de las gatas ninja más hábiles del planeta. Pertenecía a un selecto club de gatos ninja porque en Italia, cuando era una linda gatita, había aprendido ese arte de su maestro: un viejo gato de barco llamado Ventura, que a su vez se había formado con un maestro en Japón, el cual a su vez había heredado la técnica de los ancestros… Resumiendo, que Silver tenía razón: la gata podía cuidar de sí misma.

—Vaaale —dijo Ro-Ro—. Bajemos juntos. Tú por tus ojos…

—Y por mi cara guapa —añadió Silver.

—Sí, y por tu cara guapa —repitió Ro-Ro poniendo los ojos en blanco—, y yo por…

—Tus infalibles técnicas ninja —terminó Silver.

—¡Hecho!

¡HECHO!

Silver tenía razón. Costaba horrores pasar por la gatera, ya fueras ninja o no. ¿Por qué mamma y papa no dejaban la puerta abierta y listo?

Ro-Ro y Silver se habían criado en un olivar, así que todo lo que fueran puertas, gateras o similares aún les parecía un tanto extraño. Pero, una vez fuera, fue bastante sencillo: cruzaron el jardín de un brinco, saltaron el muro y llegaron a la parte delantera de la casa, donde estaban los contenedores.

En la más profunda oscuridad, la luna iluminaba una figura enorme: tan tan enorme que prácticamente era dos veces más grande que ellos. La mitad superior se descolgaba de forma inestable hacia el interior de un contenedor mientras que el culamen generoso (seamos sinceros) y las piernas se tambaleaban en el exterior.

—Pues nada —susurr

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