Pachacútec

Rafael Aita

Fragmento

pachacutec-2

PRIMER RELATO

Cada quinientos años el mundo se trastorna con un vuelco, donde lo que estaba arriba pasa a estar abajo y viceversa. Los ciclos de la historia son la sucesión de este fenómeno: el pachakuti. Es bajo la tierra donde se origina la vida, donde duerme el legado para fortalecerse, para surgir con más brillo y esplendor, e iluminar lugares lejanos y desconocidos.

Las disputas por el poder eran agobiantes. Con mano dura, el Inca Viracocha puso fin al enfrentamiento político y, animado por la visión del dios Wiracocha, emprendió campañas para expandir los límites de su reino, que, por entonces, no superaba los alrededores del valle de la ciudad de Qosqo.

Mientras Viracocha se encontraba en campaña militar, su hermano Roca asumía el gobierno de la ciudad. Roca había sido uno de los candidatos para suceder al difunto Inca Yahuar Huaca, pero cedió su puesto a su hermano para evitar más rivalidades entre las ya conflictivas panacas de Qosqo; Roca quedó como gobernador y, como tal, ganó el privilegio de ser transportado en una litera que seis súbditos cargaban por las calles de Qosqo.

La litera de Roca no era tan fastuosa como la del Inca, pero le permitía mostrar su calidad de noble gobernante ante las otras panacas de Qosqo, cuyos miembros debían detenerse y hacer una reverencia cuando su alta y espigada figura, recostada en la litera, atravesaba los barrios de quincha y adobe de la ciudad.

En aquel tiempo, no existían los grandes templos y caminos de piedra que iban a adornar Qosqo más adelante, en su época imperial. Esta no era más que una ciudad de barro, sumergida en el medio de confederaciones aliadas y enemigas en los Andes. Su subsistencia dependía de la habilidad de sus políticos en reforzar estas alianzas con regalos, banquetes y uniones matrimoniales. Por eso, las familias nobles de Qosqo (es decir, las panacas) tenían un papel crucial en la sobrevivencia de su pueblo y el Inca debía moverse con habilidad en medio de una telaraña de intereses políticos internos y externos no solo para reinar, sino incluso para sobrevivir.

Entre aquellas fuerzas políticas, la más influyente y hostil era la del Villac Umu, el Sumo Sacerdote del Templo del Sol o Inticancha, el primero de las panacas Hurin y heredero del puesto del primer Inca, Manco Cápac.

Una mañana el Villac Umu convocó a los representantes de cada panaca y ayllu, conocidos como los custodios, a una reunión de Consejo; Roca debía asistir no solo en su calidad de gobernador, sino en reemplazo del Inca Viracocha, quien se encontraba conquistando la región de Caitomarca.

En el camino, se dirigió a recoger al mayor de sus sobrinos, el primogénito del Inca y primer candidato a heredar el trono de su padre: Viracocha lo había bautizado Roca en su honor. Su tío lo llamaba Pequeño Roca con orgullo: era la promesa de un futuro de mayor prosperidad para Qosqo.

El joven, de 15 años, recién había pasado por la ceremonia del Huarachico, donde se realizaba el horadamiento de las orejas y tras la cual se alcanzaba la mayoría de edad: era hora de que el Pequeño Roca tuviera su primer contacto con la política cusqueña. “¡Será necesario si este niño va a ser el futuro Inca!”, pensaba su tío mientras iba en camino al palacio de Cusicancha.

El Pequeño Roca era el mayor de los cuatro hijos de Viracocha y, por lo tanto, el que parecía tener más opciones de convertirse en Inca. Aunque, en realidad, cualquiera de los tres podía serlo: también el segundo, Túpac Yupanqui, de 13 años; el tercero, Cusi Yupanqui, de 12, e incluso el más pequeño, Cápac Yupanqui, que tan solo contaba con 5. La sucesión del Inca no se le daba necesariamente al primer hijo, sino al más hábil. El siguiente Inca debía ser el más apto para gobernar entre todos los candidatos, una ley que había traído más de un enfrentamiento entre príncipes y aspirantes al trono. Para sortear estos períodos de inestabilidad política, que en ocasiones se convertían en guerras civiles, el Inca elegía a su sucesor en vida, con el cual reinaba durante sus últimos años bajo el título de auqui (o príncipe heredero): de este modo, había una transición natural hacia aquel que había estado desarrollando un poder creciente en los años anteriores, sin dejar dudas ante las panacas cusqueñas de que él debía ser el nuevo Inca.

Viracocha aún no había elegido a su sucesor y se podía esperar que fuera cualquiera: no era una decisión tomada racionalmente, pues solían primar los afectos del Inca, la empatía con su heredero o, incluso, la estética del sucesor. Los incas, al ser descendientes de un pueblo que había emigrado desde el lago Titicaca, tenían un biotipo distinto al de los cusqueños oriundos: eran más altos y delgados, de rasgos más finos y estilizados que los pobladores locales, lo que les daba un porte real que facilitaba su aceptación como gobernantes. Todos estos factores destacaban en el Pequeño Roca, que además tenía unos ojos vivaces que se escondían detrás de la tez trigueña que caracterizaba a su pueblo. Su belleza era singular.

Palacio de Cusicancha

Durante su vida, un Inca tomaba una gran cantidad de esposas, muchas de ellas para sellar alianzas con pueblos vecinos, pero, de todas ellas, una era la principal, la favorita, la coya. La coya de Viracocha era Mama Runtu, una mujer natural de Anta, de bajo perfil, apacible y con un noble corazón. El palacio de Cusicancha, adonde se dirigía el tío Roca, era el hogar de Mama Runtu y sus hijos. A pesar de su gracia y una belleza disimulada en una figura discreta y delgada, no hacía alarde de ella en fiestas y bailes, algo que el Inca le recriminaba por ser parte de sus funciones como coya. Sin embargo, Mama Runtu respondía siempre que prefería usar ese tiempo en ayudar a los pobres y desvalidos. “Una virtud para nada útil en esta política de apariencias”, rezongaba el Inca. Aun así, sabía que su esposa no hacía esa labor de caridad por apariencias, sino porque realmente prefería estar más cerca de los necesitados que de los líderes de las panacas. Esto lo reflejaba en sus vestiduras, que prescindían de los adornos de oro y plata que son dignos de la mujer del Inca. Mama Runtu se limitaba al uso de la túnica, el tocapo, la mantilla y la cubrecabeza; y claro, a su actitud reacia hacia la política cusqueña.

Por esa razón, el tío Roca sabía que Mama Runtu no vería con buenos ojos que llevara a su hijo a la reunión del Villac Umu y los custodios, un puñado de interesados, según Mama Runtu, que aprovechaban su condición de nobles para que su panaca ganara poder. El tío Roca no había terminado de bajar de su litera cuando una pequeña figura atravesó la puerta del Cusicancha y se lanzó a sus brazos.

—¡Cómo has crecido, Cusi Yupanqui! ¡Tendremos que adelantar tu ceremonia de Huarachico! —dijo Roca cargando al tercero y penúltimo de los hijos de Viracocha.

Cusi Yupanqui, el tercer hijo de Viracocha con Mama Runtu, tenía 12 años de edad. Su personalidad alegre se reflejaba en unos ojos prominentes de color marrón, muy profundos, que parecían sumergirse en una piel tan cobriza que ya rozaba el rojo. Pumañawi (“Ojos de puma”) lo había apodado su ayo Mircoymana, que había cuidado de él desde recién nacido. Detrás de Cusi, el Pequeño Roca salía junto a su segundo hermano, Túpac Yupanqui, y a su madre, quien llevaba al pequeño Cápac Yupanqui de la mano.

Túpac Yupanqui era dos años menor que el Pequeño Roca; tenía 13. Había here

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