Lucas y el secreto del abuelo

Roberto Ampuero

Fragmento

1

¿Has recibido alguna vez la carta de un muerto? No me refiero al email de alguien que murió y cuyas palabras siguen dando vueltas en Twitter. Tampoco pienso en el Facebook de un amigo o pariente que se marchó de este mundo y del cual nadie se ha encargado de eliminar sus fotos, comentarios y likes. No, no me refiero a ese tipo de mensaje, sino a una simple carta, escrita de puño y letra por alguien que murió hace mucho.

¿No?

Pues yo sí.

Y nada menos que de mi abuelo. Bueno, en realidad de alguien mucho más viejo: de mi bisabuelo. Da lo mismo porque yo lo llamo abuelo Marcel, y murió hace una eternidad. Más que raro, ¿no? Rarísimo.

Sin querer dármelas de superhéroe, les cuento que cuando recibí la carta (déjenme decirlo así) no se me pusieron los pelos de punta ni me bajó un ataque de pánico.

Marcel Mondragón, así se llamaba, era un francés del cual solo he visto un par de fotos amarillentas. Era hijo de Gaston Mondragon (sin acento), que llegó con su señora Geneviève Gombert y sus cuatro niños, hace más de un siglo, de la Normandía, que queda en Francia, a Chiloé, la isla más grande y boscosa que hay en el extremo sur del mundo. Iban escapando de la pobreza europea en busca de nuevos horizontes.

Oculté la carta. Preferí no contárselo a mis padres. Ya les hablaré de ellos. Me pareció que era un asunto entre Marcel y yo. Punto. Aunque haya vivido en otro tiempo y no lo hayas conocido, un bisabuelo sigue siendo alguien cercano, porque llevas su sangre, sus genes, y tal vez hasta sus ojos o el pelo, el corte de cara o su voz o sentimientos. En fin, sabes que es parte de tu familia, aunque ya no queden ni sus cenizas.

Yo no le tengo ni una pizca de miedo a los muertos. Siendo franco, les tengo solo un poquito. Pero ni se me nota. Y esto gracias a una amiga, Elsita, cuyo padre administra el Cementerio de Playa Ancha.

Yo no sabía que los cementerios necesitan administrador. ¿Qué administrarán? Bueno, aunque no lo crean, Elsita y su familia viven en el cementerio, mejor dicho, en la entrada al cementerio. Allí jugábamos a las escondidas los fines de semana, pero en cuanto oscurecía, volvíamos corriendo a la casa porque pone nervioso eso de jugar de noche entre tumbas, murciélagos y aparecidos. Ya saben: estoy acostumbrado a andar entre muertos.

Hay otra razón para mi coraje. La casa de mis padres, es decir, la casa donde vivo, está en el cerro Panteón de Valparaíso, donde hay tres cementerios: el General, el Número 2 y el de Disidentes. Por lo tanto, vivimos rodeados de nichos y mausoleos, de muertos más bien, aunque también tenemos vecinos vivos, que son los de temer, dice mamá.

En el Cementerio de Disidentes, que mira hacia la ciudad y el mar, enterraban en el siglo XIX a los que no eran católicos o no creían en Dios. Hasta 1825 a esos muertos los enterraban en quebradas o los arrojaban al océano en sacos con piedras para que se fueran a pique.

En mi cerro hay vecinos (me refiero ahora a los vivos) tranquilos, amables y buena onda, y también algunos que son copuchentos y cascarrabias. Estos últimos no se pierden detalle de cuanto hacemos en la calle: si jugamos una pichanga, encumbramos volantines o nos sentamos a conversar o chequear mensajes de texto. Ellos no nos quieren y nos espían entre las cortinas, pues quieren saber de qué hablamos y qué planeamos. Tienen ojos de águila y oído de gato, reclaman por todo y hasta llaman a veces a Carabineros por molestar.

Pero comencé hablando de la carta que Marcel escribió hace tiempo en un papel amarillento y quebradizo, que de milagro llegó a mis manos, y me fui por las ramas.

—¡Ladrón! ¡Ladrón! —gritan en el jardín.

Pardiez! Tengo que interrumpir mis apuntes porque Séneca avisa que alguien llegó a casa. Creo que es mamá con sus amigas del alma: Alice y Loreto, cotorras admiradoras de cantantes vejetes como Salvatore Adamo, Rod Stewart y Leonardo Favio. Me moriría de vergüenza si descubren este diario de vida, que cierro con un candadito antes de esconderlo en mi velador. ¡Gracias por avisar, Séneca, loro querido!

2

¿Cómo me llegó la carta?, se preguntarán ustedes (Ya no hay moros en la costa). En verdad, la encontré en uno de los siete baúles que papá guarda en el sótano entre muebles viejos, herramientas oxidadas y tarros de pintura vacíos. ¿Saben una cosa? Mamá sueña con vender esos cachureos sin que papá lo note, pero no lo hace porque él los ama y dice que «todo sirve en algún momento de la vida», aunque tal vez mamá está deshaciéndose igual de todo eso de a poco, con disimulo, y sin que ni yo lo note.

—No toquen esas antigüedades, que ya no se ven en ninguna parte y valdrán un dineral —augura papá cuando mamá reclama contra ellas.

—¡Vienes juntando cachivaches desde antes de que naciera Lucas! —responde mamá.

Lucas soy yo. Tengo casi quince años, estoy en el colegio David Trumboll y, por lo tanto, esos trastes llevan en el sótano de nuestra casa al menos «tres lustros», como diría el señor Monardes, el profe de lenguaje.

—Allí los baúles no estorban a nadie —asegura papá—. Se valorizan más que los ahorros en un banco. Pertenecieron a mis antepasados, los Mondragón Gombert, que llegaron a Chile de Francia en 1900. Es mi deber conservarlos y preservar la memoria familiar, que nos da identidad. ¿Qué sería de nosotros si no fuera por los antepasados?

Para ser franco, de todo lo que hay en el sótano solo me gustan los baúles con sus enormes candados herrumbrosos, que pertenecieron a Marcel. En ellos venían todas las pertenencias de su familia cuando esta arribó a Valparaíso en un vapor que había zarpado del puerto francés de Saint-Malo. Eran inmigrantes, no hablaban español, y el gobierno los envió de colonos a la isla de Chiloé. Como el tatarabuelo era un productor de vino arruinado por una peste que secó todas las parras en Europa, tuvo que aprender a cultivar papa, coliflor y remolacha.

—¿Puedo llevarme al menos el baúl grande a mi pieza? —pregunté varias veces a mamá.

—No, porque tienen termitas —respondía ella siempre, pero yo nunca he visto el fino aserrín que van dejando a su paso.

Como soy tincado, una tarde en que mamá tenía un té con sus amigas, acarreé ese cofre a mi dormitorio, que está en el segundo piso.

No lo hice solo, desde luego, porque es pesado. Mis amigos Grisel, Matías, Max y Jaime me ayudaron a trasladarlo. Lucy, mi p

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