LUNA 1 - El despertar de las guardianas

Marina Aguirre

Fragmento

Prólogo

Capítulo 1

—¡No me puedo creer que empiece ya el nuevo curso! —exclamó Uma.

—Yo tampoco —suspiró Lena.

Aunque lo que de verdad le resultaba increíble era que, en la mochila, apretujado entre el archivador, el estuche y la botella de agua, llevara un montón de ramitas envueltas en papel higiénico.

Las dos chicas caminaban hacia el nuevo instituto. Tenían un agradable paseo de un cuarto de hora por delante: los padres de Uma habían buscado un piso cerca con la intención de que pudieran ir andando a clase.

Los padres de Uma no. Los padres de ambas. Xiomara y Jaime habían insistido mucho en que, si bien no hacía falta que Lena los llamara «mamá y papá», podía considerarlos sus padres a todos los efectos.

Como si ella se fuera a confiar tan rápido… No, ni siquiera pese a lo enrollados que parecían. Incluso les habían dejado ponerse mechas de colores para empezar el curso. Rosas para Lena, mientras que Uma las había escogido azules, su color favorito.

¿Se habrían mostrado tan encantados si hubieran sabido lo que le sucedía? Si hubiesen sabido… ¿lo rara que era?

Lena aprovechó que Uma estaba absorta mirando el móvil para buscar a su alrededor. ¡Menos mal! Había unos contenedores al otro lado de la calle.

—Espérame un segundo, porfa —le pidió.

Cruzó la calle mirando a ambos lados y rápidamente abrió la mochila. El interior olía a una mezcla de forro nuevo y hierba cortada. Sacó el paquetito a escondidas y lo tiró a toda prisa en el contenedor de basura orgánica.

—¡Ya estoy aquí! —exclamó regresando junto a Uma—. Uy, ¿todo bien?

Y es que no era nada habitual ver a su nueva hermana con un gesto tan serio.

—No mucho, la verdad —reconoció Uma, todavía pegada a la pantalla.

—¿Quieres hablar de ello?

Ella suspiró. Guardó el teléfono en el bolsillo trasero de los shorts y echó a andar de nuevo.

—Son mis amigas. ¡O quizá debería decir examigas! Solo hace dos meses que nos mudamos aquí, ¡pero ya se han convertido en auténticas extrañas! Antes nos pasábamos el día hablando por mensajes, comentando cada episodio de nuestro reality favorito… ¿Qué más dará que yo ahora esté lejos de ellas?

—¿Ya no te contestan? —preguntó Lena.

—A veces, pero tardan la vida. Y siempre es porque yo les he escrito primero. Nunca sale de ellas empezar la conversación. Yo estoy pendiente de sus cosas, me acuerdo de qué día tienen exámenes, les pregunto cómo han ido sus citas… —Uma negó con la cabeza, decepcionada.

—Tú les haces caso, pero ellas a ti no —completó Lena con amargura cuando estuvo segura de que Uma no iba a continuar la frase. De sobra sabía de lo que hablaba.

—¡Exacto! Es justo eso. Jo, yo no habría sabido explicarlo mejor. Gracias, me haces sentir menos sola.

Lena sonrió.

Claro que la entendía. Ella no mantenía relación con ninguno de los otros chicos y chicas con los que había coincidido en los orfanatos, a pesar de que con alguno de ellos se llegó a llevar realmente bien, pero… a costa de poner todo su esfuerzo en mantener el contacto. La distancia, por desgracia, resultaba insalvable.

Todo el mundo la acababa olvidando.

Lena hizo acopio de positivismo.

—Si te digo la verdad, bastante bien lo estás llevando todo —dijo al fin Lena—. Has dejado toda tu vida atrás, te has mudado de continente…

—¡Por tercera vez en mi vida! —puntualizó Uma con una sonrisa incipiente.

A Lena le daba vergüenza lo que iba a decir, pero era importante y se obligó a hacer el esfuerzo.

—… y ahora tienes una hermana, ¡después de quince años siendo hija única! ¡Es como para perder la cabeza! —dijo Lena, y contuvo el aliento.

Uma la miró y… sonrió de oreja a oreja.

—Sabes que siempre he querido una hermana —dijo, y enlazó su brazo con el de Lena.

Lo sabía.

Xiomara y Jaime habían sido muy claros sobre la ilusión que le hacía a Uma ser su familia de acogida, incluso antes de que se conocieran. Pero eso no quitaba que, demasiado a menudo, sintiera la necesidad de que se lo recordaran.

—¿Estás mejor? —preguntó Lena.

—¡Sí!

—Pues entonces lamento informarte de que ese edificio que asoma ahí adelante es el instituto.

La sonrisa de Uma se borró al instante, se agarró la cara con las dos manos e imitó el emoji del grito desesperado.

—¡Noooooo!

Todavía se reían a carcajadas cuando cruzaron la verja del patio.

Capítulo 2

El instituto no era como ninguno de los que Lena había conocido.

Para empezar, estaba rodeado por un patio enorme, en el que había una cancha de fútbol y otra de baloncesto, pero también varias zonas ajardinadas con mesas de madera. El edificio, de dos pisos y situado en el centro del recinto, era muy antiguo, con una preciosa fachada de ladrillo rojo y grandes ventanales.

—¡Venga, que no tiene tan mala pinta! —dijo, tirando de Uma, que seguía fingiendo exageradamente que se dejaba arrastrar contra su voluntad—. Mira, ahí están colgadas las listas con las clases.

A regañadientes, se dejó llevar hasta la fachada principal, donde habían pegado una hilera de folios. Lena la dejó frente a las de tercero y se alejó unos pasos hacia las de segundo. Un chico con implantes cocleares le hizo sitio para que pudiera acercarse a buscar su nombre.

—¡Estoy en 2.º C! —le dijo Lena a Uma—. ¿Tú?

—Yo en 3.º E.

—Ah, pues como nosotros —se oyó una voz detrás de ellas.

—¡Qué susto! —gritó Uma pegando un respingo.

Y entonces sucedió algo rarísimo.

Se dio la vuelta, sobresaltada y haciendo un aspaviento con los brazos…

… y el contenido del vaso que sostenía la chica que había hablado salió volando.

Lena parpadeó, sorprendida. Todo había pasado muy rápido, pero estaba segura de que era imposible que Uma la hubiera tocado. Habría jurado que sus dedos pasaron a varios centímetros del enorme vaso de bubble tea que la chica llevaba en la mano. Pero el caso fue que la tapa de plástico transparente saltó por los aires con un ¡pop!… y el té se elevó en una espiral, que caló a la chica de arriba abajo.

Se hizo el silencio. El chico que la acompañaba se quedó patidifuso.

—Naia, qué desastre… —Sus palabras hicieron reaccionar a Uma.

—¡Lo siento mucho! —exclamó, y sacó a toda prisa un paquete de pañuelos de su mochila.

¡Como si se pudiera hacer algo! El té de color verde se escurría lentamente por el vestido de la chica. Un par de bolitas de gelatina se le habían quedado enganchadas a su pelo dorado. Alrededor de sus hasta entonces impecables zapatillas blancas se formaba un charquito, creciendo con cada gota que caía del bajo de su falda.

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