
Capítulo 1
#TIPDEBRUJA
Para tener energía positiva, dibuja una estrella en la palma de tu mano con bolígrafo morado. Por cada raya que pintes, piensa: «Atraigo la energía de tu luz».
Me llamo Mía Jaspe y voy a tener una tutora mágica.
Vamos, que soy bruja. Me lo contaron mis mejores amigas porque mi abuela Nura bien que se había guardado el secreto.
Después de que mi madre desapareciese, mi padre obligó a mi abuela a no hablarme de la magia.
Mi padre se llama Julián y es meteorólogo. El pobre está aterrorizado por si a mí me pasa como a mamá. Ella era bruja también, igual que mi abuela. Si pierdes a tu mujer en una batalla contra demonios para evitar el fin del mundo, es normal que se te pongan los pelos de punta si tu hija empieza a hacer hechizos.
El problema, para mi padre, es que a mí la magia me gusta. ¡Ser bruja es increíble! Y ser bruja en el aquelarre de Beth y Zoe mucho más.
Beth es la reina de la magia emocional y de los encajes. Zoe domina la magia espiritual y se parte de risa con los chistes malos. Las tres nos conocimos al empezar el instituto y, desde entonces, nos ha pasado de todo: hemos metido a un demonio en un termo, hemos atrapado a una bruja malvada y… Vale, esto suena demasiado espectacular… La verdad es que también estuvimos a punto de incendiar el bosque que rodea nuestra ciudad al invocar una tormenta, que casi nos cargamos nuestro instituto atrayendo a las fuerzas del mal y que por poco no nos chupan la magia hasta dejarnos fritas. ¡Es que somos novatas!
Esta Navidad hemos pasado unos días en un campamento de hechicería y hemos aprendido un poco más sobre nuestros poderes, pero todavía tenemos lagunas. Bueno, lagos… Bueno, océanos. ¡Universos de dudas!
Y, para colmo, mi magia es un poco… ¿complicada? A ver, la mía es la magia natural, pero a veces se me va de las manos.
¿Qué culpa tengo yo si, cuando me concentro en canalizar el poder del agua, acabo convirtiendo todos los grifos de la casa en aspersores?
De mi madre no solo he heredado la magia, sino una magia descomunal. Según el Conciliábulo Mágico, soy la bruja más poderosa de mi generación. Por eso van a ponerme una tutora mágica, para que entrene.
Suena genial, ¿no? Pues, verás, no todo es tan bonito como parece.

Capítulo 2
Hechizos básicos de usar y quemar llegó una madrugada a casa. El libro del Conciliábulo Mágico me cayó sobre los pies dándome un susto de muerte. Y eso que estoy acostumbrada a que Rayo me salte encima en mitad de la noche, de vuelta de su paseo por el bosque.
Rayo es mi animal totémico, un cachorro de zorro que está unido a mí de forma mágica y que amplifica mis poderes. Gracias a un hechizo, podemos entendernos.
—¡Mía, susto! ¡Mía, golpe! —chilló a la misma vez que yo.
A él lo del envío mágico también lo había pillado soñando.
Al final, sus aullidos despertaron a mi padre.
—¿Qué pasa, Mía? —preguntó entrando por la puerta.
Verlo me quitó un poco el susto porque es mi padre y porque duerme con unas pintas alucinantes. Su uniforme nocturno consta de pijama de pelillo de Spiderman —vale, eso se lo regalé yo por su cumpleaños—, gorro de cuadros, antifaz de sandía y calcetines de colorinchis.
—Nada, nada… —lo tranquilicé mientras tapaba el libro con disimulo—. Rayo se ha pegado un susto.
Mi padre dio un bostezo y volvió a su cuarto como un zombi.
No podía decirle que un libro de hechizos acababa de caer sobre mi cama porque le habría dado un ataque y me lo habría confiscado.
En cuanto se fue, traté de tranquilizar a Rayo.
—Ha sido el Conciliábulo Mágico, que da pena como empresa de paquetería —dije mientras le acariciaba las orejas—. ¿No te acuerdas? Quieren que entrene. La abuela tiene que ayudarme hasta que aparezca una bruja tutora o algo así.
—Magia bien, susto mal —asintió él.
Enseguida, se soltó para olfatear el libro. Venía envuelto en una tela morada con el sello del Conciliábulo. Era un tocho considerable y parecía bastante viejo. Tenía la cubierta de cuero marrón, sin inscripciones.
Rayo arrugó el hocico y se apartó.
—Sí, huele a ombligo —asentí.
Abrí el libro y ahí estaba escrito con letras historiadas su título: Hechizos básicos de usar y quemar, por Xian Fei.
Un cosquilleo emocionante me recorrió la espalda.
¡Por fin tenía un libro de hechizos solo para mí!
La abuela Nura no me dejaba tocar los suyos y, si lo hacía, era únicamente para enseñarme una página en concreto y nada más.
—Ya tendrás tiempo cuando sepas manejar tus poderes —solía decir.

—¡No voy a aprender a manejar mis poderes si no puedo entrenarlos! —me defendía yo.
Pero entonces contraatacaba mi padre.
—La magia es peligrosa, Mía Jaspe, recuérdalo —soltaba con tono ominoso.
Había copiado hechizos en mi grimorio durante el campamento de hechicería, pero no era lo mismo. Para colmo, cada vez que quería hacer magia tenía a mi abuela pegada a la oreja diciéndome todo lo que hacía mal. Que, a ver, es fantástico aprender de ella…, pero echaba de menos la libertad de la que había disfrutado en el campamento.
—¿Probamos? —pregunté emocionada.
—¡Probamos! ¡Magia! —aulló Rayo, y se puso a dar saltos frenético.
Me dio la risa; él también echaba de menos que nuestros poderes se entrelazasen.
Busqué el índice a toda velocidad. Pero entonces una tarjeta cayó sobre mi regazo. Era morada y llevaba el sello del Conciliábulo.
«Querida Mía, para usar este libro necesitarás un cuenco ritual de cobre. La magia recogida aquí no funcionará si no usas el grimorio de la forma adecuada. ¡No seas impaciente!».
—Menudos aguafiestas… ¿Crees que el Conciliábulo Mágico tiene cámaras en mi habitación? —le pregunté a Rayo.
Barajé mis opciones. Podía levantarme y husmear entre las cosas de mi abuela…, a lo mejor había algún cuenco de cobre en la cocina, pero me arriesgaba a despertarla. Y, entonces, quizá me habría quitado el libro y lo habría puesto bajo llave con la excusa de que empezaban las clases, el descanso y blablablá.
—O lo pone bajo llave hasta que llegue mi tutora mágica… —musité—. ¡Buf, qué rollo!
Ojeé el libro esperando a que se me ocurriese un plan. Tenía un hechizo en cada página. Las letras de imprenta se entremezclaban con dibujos en tinta negra y anotaciones a mano. Constaba de cuatro apartados principales: fuego, aire, tierra y agua.
—Hechizo para detener un río, hechizo para germinar un árbol, hechizo para escuchar el viento, hechizo para apagar un fuego, hechizo para perfumar el aire —leí saltando de un lado a otro del índice—. Este seguro que le pirra a Beth…
De pronto, una idea genial se dibujó en mi cabeza.
¿Y si guardaba ese libro en secreto hasta que lo vieran mis amigas? Solo sería un secreto pequeño, de unas horas…, de un día quizá… Hasta que apareciese mi tutora.
Volví a envolverlo en la tela morada y lo metí en mi mochila del instituto.
—Habrá que poner en marcha los recreos mágicos, ¡con un secreto de bruja! —me reí.

Capítulo 3
La vuelta al instituto tras las vacaciones de Navidad no me pareció tan dura al sentir el peso de Hechizos básicos de usar y quemar en la mochila. Sobrellevé mejor ver tanto chándal negro y tantas coletas apretadas. Incluso soporté con humor las murmuraciones sobre mi falda de tul fucsia combinada con los vaqueros rasgados. Hasta sonreí como una bendita cuando la profe de Inglés nos fechó el primer examen para ese viernes. Estaba dispuesta a tolerarlo todo con tal de llegar al recreo.
Bueno, casi todo.
En las escaleras de la biblioteca, como si me hubiese esperado durante todas las fiestas, estaba Rob.
Con su pelo despeinado y las gafas de pasta. Con ese jersey marrón de parches que le quedaba enorme y una sonrisa a punto de romperle en los labios.
Vale, me había olvidado por completo de Rob.
Por culpa del libro de hechizos se me había olvidado que existía, que sabía que era bruja, que en el campamento había descubierto que era un cazador de brujas y que me había escrito una postal.
Una postal que decía literalmente: «Echo de menos que aparezcas en mis sueños».
—¡El banco de castigo! —exclamé como una idiota y me puse más roja que el semáforo de la esquina al recordar que me había propuesto quedar allí el primer día de clase.
—Vale, menos mal, después de esperarte en el banco a primera hora empecé a pensar que no habías recibido mi postal —soltó Rob— o que no me echabas de menos —añadió, sin cortarse.
¿Por qué me estaba poniendo tan nerviosa? «Mía Jaspe, contrólate, por el amor de Dios, ¡eres una bruja!».
—¡No es eso! —exclamé.
—¿No me echabas de menos?
—No, es que se me había olvidado…
—¿Te habías olvidado de mí?
—No…, bueno…, sí…, no, es decir…
La risa de Rob fue la peor respuesta. Creo que pasé del rojo al granate. ¡Y a sentir unas ganas irrefrenables de matarlo!
—¡He quedado con Beth y Zoe! —solté, y me lancé escaleras arriba como si me estuviesen persiguiendo tres demonios.
—¡No puedes huir de mí para siempre, Mía Jaspe! —gritó Rob con una gran sonrisa antes de marcharse.
Un escalofrío me recorrió. Al fin y al cabo, no todos los días un cazador de brujas te grita algo así. ¿Lo sabría Rob? ¿Sabría cuál era su naturaleza, de quién descendía?
No sabía por qué me ponía tan nerviosa en su presencia. Bueno, sí lo sabía. Pero no quería pensarlo demasiado. No quería darle vueltas a lo que había escrito en su tarjeta, a eso de que me echaba de menos, a que quisiese saber si yo lo echaba de menos a él. ¡Demasiado complicado! Esas cosas mejor se las dejaba a Beth.
No respiré con calma hasta que no me colé en la biblioteca.
Beth y Zoe me saludaron con la mano. La primera iba vestida de rosa de pies a cabeza, no decepcionaba con su modelo de época. La segunda llevaba un peto naranja y un jersey verde. No nos habíamos visto desde el campamento, ¡parecía una vida!
—Rápido, novedades —exigió Beth antes de que me diese tiempo a sentarme—. Bueno, empiezo yo: ¡Brad Branderson tiene nuevo single!
—¿Qué? —No entendía ni una palabra de lo que había dicho.
Zoe fingió que tocaba una guitarra de la forma más ridícula, y Sombra, su gato fantasma, puso los ojos en blanco. Mi amiga era la única que podía acudir con su animal totémico al instituto.
—Beth se ha vuelto a enamorar —explicó muerta de risa.
—¿Cuántas veces a lo largo del día? —pregunté, contagiándome.
—¡Mi amor no es mutable como el viento! —exclamó Beth—. Mi amor es fiel, eterno, duradero, brillante y fabuloso.
—Brad Branderson es un cantante —tradujo Zoe—. El cantante de moda, con más de doscientos millones de seguidores en redes…
—Adiós… —se me escapó, y Beth me dio un codazo.
—No importa que él sea famoso y que yo solo sea una bruja adolescente —soltó superconvencida—. El destino nos unirá… ¡Y la magia le dará un empujón al destino!
—¡NOOOOOO…! —chillamos Zoe y yo a la vez.
Lo que hizo que a las tres nos diese un ataque de risa. Era imposible que Beth no viviese enamorada, y era mucho más imposible que no intentase hacer un hechizo de amor a la semana.
—¿Os pongo el single o tenéis más novedades? —preguntó, sin darnos tregua.
—Si la gripe de mi abuela os parece una novedad interesante, os cuento que ayer tosió con tanta fuerza que invocó a un espíritu alemán —dijo Zoe.
—¡Yo sí tengo novedades! —interrumpí, y saqué el libro que me había enviado el Conciliábulo.
—¡Hechizos básicos de usar y quemar! —chilló Beth nada más verlo—. Dime que hay alguno que me sirva para conquistar a Brad.
—Parece enfocado a la magia natural —confesé.
Las tres hundimos la nariz en el grimorio comentando cada palabra, cada dibujo y cada oportunidad.
—¿Tu abuela te ha dejado traerlo al insti? —preguntó Zoe.
—Aún no se lo he enseñado a mi abuela —confesé.
—Bruja mala… —se rio Zoe.
—Bruja lista —añadió rápidamente Beth—. Tenemos que probar algún hechizo antes de que te lo requisen.
—No tan rápido —dije, y les enseñé la tarjeta morada del Conciliábulo Mágico.
—¿Cuenco de cobre? —preguntó Beth, descreída—. Mañana traigo uno de mi tienda. En el almacén hay tantos que mi abuela no se dará ni cuenta, suelen usarse en la magia oriental y están de modísima.
—Entonces tenemos un plan —sonrió Zoe.
Sin pensarlo, todas agarramos nuestros medallones del sol y la luna. Las tres sabíamos que nuestras madres, en algún momento, también habrían hecho magia a escondidas.

LA MAGIA DE LOS SIGILOS
Los sigilos son dibujos mágicos, señales, que se cargan de significado y ayudan a llamar a la magia o a conectar con otras fuerzas.
Puedes crear tu propio sigilo con dibujos sencillos que signifiquen mucho para ti o combinando las letras de tu nombre. Recuerda siempre dotarlos de intención cuando los dibujes, concentrándote e imaginando para qué quieres usarlos. Pueden utilizarse incluso como elemento protector.
Hay cuatro sigilos que conectan con los elementos. Todos parten de la figura del trián
