Elige nutrirte

Marcos Bodoque
Marcos Bodoque

Fragmento

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PRÓLOGO

Mi historia

Sería de mala educación por mi parte no presentarme. Más allá de mis títulos o mi formación, que poco dicen de mi persona, quiero que conozcas un poco mi historia; lo mínimo suficiente para que comprendas el valor de este libro que te dispones a leer. Si sabes que yo he estado ahí y ya no lo estoy, creerás que también puedes conseguirlo. Te verás reflejado en una persona real, con sus dificultades y sus procesos internos, y no seré un mero teórico de la salud. Por otro lado, creo que todo el conocimiento derivado de mi trayectoria personal y, a continuación, de toda la experiencia acumu­lada tras trabajar con personas con diferentes problemas metabólicos, como obesidad, diabetes o mala relación con la comida, o simplemente con personas que querían mejorar su alimentación o estado de salud general, tiene mucho más valor para ti que mis títulos o lo que he estudiado.

Sin más dilación, te resumo rápidamente dónde comienza mi historia, o al menos la parte relevante para ti y para este libro.

Era un chico de quince años recién cumplidos y me encontraba cursando 4.º de Educación Secundaria Obligatoria. De mis años de niñez y de esta primera adolescencia me recuerdo siendo un chaval con sobrepeso en los límites de la obesidad tipo 1, con cero autoestima, sin confianza en sí mismo, que se dejaba aplastar por los demás (bullying no muy fuerte, pero intermitente) y que trataba de complacer siempre al resto para merecer su aceptación. Al mismo tiempo, a partir de los trece o quince años se desarrolló en mí un sufrimiento existencial que me perseguía constantemente. Si era buena persona y era gracioso, ¿por qué no le gustaba a ninguna chica? Esa se convirtió en mi obsesión.

Harto de todo eso, concluí que el problema era mi exceso de peso, y al poco de haber comenzado el curso decidí que dejaría de ser gordo. ¿Qué hice? Dejar de comer tratando de que no se enterasen mis padres. Tras poco más de tres meses, y con dieciocho kilos menos, lo había conseguido. Al final de ese curso empecé a salir con la chica de la que estaba enamorado (volveremos aquí). Sin embargo, tuve que pagar un precio por esos tres meses y poco: el inicio de mis trastornos con la alimentación.

Después de eso pasé por un año y medio de transición; era una persona delgada y me lo empecé a creer. Sentía que mi metabolismo había cambiado y estaba orgulloso de no engordar comiera lo que comiese (jugaba al fútbol bastantes horas a la semana). Por entonces, en el recreo, tenía por costumbre comer todos los días paquetes de galletas y bollos; ultraprocesados con los que se siguió forjando mi mala relación con la comida. Solo concedía importancia a mi aspecto físico: mientras siguiese delgado, todo estaba bien. Me daban igual los problemas intestinales que ya empezaba a sufrir y las constantes flatulencias putrefactas que tenía a diario (creo que esto a mis compañeros de equipo les importaba un poco más).

Creía que fitness era salud

Tras esos dos años de transición decidí apuntarme al gimnasio con el objetivo de mejorar físicamente. Estaba muy delgado, pero seguía sintiéndome gordo. En el fondo, no había dejado de tener poquísima confianza en mí mismo.

Y ahí fue cuando caí en las garras del fitness. Me refiero al promovido por los culturistas o las personas que entrenan como culturistas y que promulgan en la creencia popular cuál debe ser la manera de alimentarse y entrenar de una persona sana. Ese fitness nada tiene que ver con la salud. Y las personas que te lo venden, pese a su apariencia exterior, son la antítesis de la salud, sobre todo a nivel mental.

La cultura de gimnasio hizo que siguiese desarrollando mi obsesión por el físico. Entrenaba solo con ese objetivo y, como es natural, empecé a darle importancia a la alimentación para mejorar mis resultados.

La consecuencia fue convertirme en el prototipo de «persona fitness» que puebla los gimnasios: entre cinco y siete días de entrenamientos semanales de dos horas cada uno y trabajando dos grupos musculares por día hasta reventarlos. Por supuesto, las cinco o seis comidas al día, cargadas de carbohidratos, con su clásico porridge de avena o tortitas por las mañanas, su plato de pasta en la comida y de arroz en la cena. Además, claro está, de los snacks y batidos de proteína para no catabolizar (no perder múscu­lo, en la jerga fitness).

Durante prácticamente cinco años mantuve este estilo de vida. En ese tiempo desarrollé dismorfia corporal (la incapacidad de ver la propia realidad ante el espejo, derivada de esa obsesión por el físico) y un tremendo grado de inflexibilidad con la dieta, que me llevaba a cancelar planes o a sufrir en eventos sociales. Cuando no ocurría esto, entraban en juego los atracones.

Mis problemas de relación con la comida

Volvamos a mi primera novia. Rompí con ella a los dieciocho años. Recuerda que en ese momento estaba obsesionado por el amor del sexo opuesto. La ruptura me destrozó emocionalmente. Tardé casi cuatro años en superarla. Sin duda fue el momento más determinante de mi vida.

Tenemos a alguien cuyos únicos ápices de autoestima dependen del amor de otra persona. Alguien dañado emocionalmente por el consumo constante de productos ultraprocesados (el factor más decisivo, en mi opinión, de una mala relación con la comida), que le había vuelto adicto a ellos. Es la receta perfecta para el trastorno de atracón, que fue la consecuencia natural de esa ruptura.

El enorme vacío emocional que me sobrevenía y que era incapaz de llenar, sumado a una adicción a estos productos, desencadenó poco a poco el trastorno por atracón. Si le sumamos que durante la semana seguía una dieta estricta, por mis objetivos físicos en el gimnasio, y que tenía elevados niveles de estrés, porque trabajaba y a la vez estudiaba en la universidad, el trastorno era inevitable. Las noches se convertían en el epicentro del caos.

Entre semana, fácilmente podía tener dos episodios de atracones en casa tras una «cena saludable». Y los fines de semana muchas veces consistían en atracones de viernes a domingo, tanto sociales como a solas en casa. Estos últimos eran bestiales. Pizzas, bote de helado de medio kilo, paquete de galletas, paquete de cereales y un litro de leche es una de las barbaridades que recuerdo.

¿Lo peor de estos atracones? La inmensa culpa y sensación de decepción y desprecio hacia mi persona que me sobrevenía después. Por supuesto, eso mostraba el famoso ciclo:

Atracón > culpa > compensación > hambre > atracón…

Fueron entre cinco y seis años muy duros. Los dos últimos resultaron más llevaderos, pues sentía que asomaba poco a poco del abismo. Empecé a salir verdaderamente de ahí cuando superé mi relación de pareja. ¿Casualidad? No lo creo. La salud emocional es la base de todo, no lo olvides.

Mis problemas de relación con mi cuerpo

A causa del mundo del fitness, mi autoestima se basaba en cómo me veía físicamente. Y, como les ocurre

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