Belle Morte 2 - Revelations (edición en español)

Bella Higgin

Fragmento

bella_morte_revelations-2

Capítulo 1

Renie

Flotaba a la deriva en la oscuridad, ciega y sorda a todo menos a un incesante dolor en el estómago. Con cierta frecuencia, un líquido tibio y dulce se deslizaba por mi garganta; entonces las punzadas de hambre se atenuaban, aunque no por mucho tiempo. Esa hambre terrible siempre volvía a surgir, como fuego.

De vez en cuando tenía momentos de conciencia: la sensación de unas manos frías que me tocaban la cara y el débil murmullo de una voz masculina. En lo más profundo de mi cerebro febril era consciente de que conocía esa voz, de que amaba esa voz. Pero de repente el hambre volvía a rugir y todo se perdía.

Podrían haber pasado días, meses o incluso años cuando por fin abrí los ojos. Un techo con cornisa fue tomando forma encima de mí y brillantes puntos de luz se fusionaron en una lámpara de cristal.

Fragmentos de recuerdos regresaban lentamente a mi maltrecho cerebro.

Belle Morte.

Estaba enredada entre sábanas de satén negro en una enorme cama con dosel y las paredes que me rodeaban eran de color azul índigo, mucho más oscuras que las doradas del dormitorio que compartía con Roux. La luz de la lámpara hacía parpadear dos espadas colgadas en la pared.

Conocía la habitación. Era el dormitorio de Edmond.

Y junto a la cama estaba el mismísimo Edmond Dantès, el vampiro del que me había enamorado. Parecía un ángel oscuro, con su pelo negro como el carbón y su piel de marfil. Los ojos le brillaban como diamantes y su belleza me habría dejado sin aliento…, pero ya no necesitaba respirar.

Me toqué la garganta y después me presioné el pecho con la palma de la mano. No me latía el corazón.

Los recuerdos se abalanzaron sobre mí hasta hacerme tambalear: la huida de June del ala oeste, el ataque a Belle Morte, mi último intento de ayudarla, que había terminado con ella clavándome un cuchillo en el pecho y…

—Étienne —susurré. Sentía los pulmones oxidados y tenía los labios secos.

El vampiro que había fingido ser mi amigo y que me había ayudado a descubrir la verdad sobre June, solo para acabar admitiendo que había sido él quien la había matado y la había convertido en un monstruo.

Edmond se tumbó en la cama a mi lado, elegante y ágil como un gato.

—Calla, mon ange. No te preocupes por eso ahora.

Me aparté de él instintivamente y Edmond se quedó inmóvil.

La emoción rugía en mi cabeza y me dificultaba pensar.

Estaba muerta.

Había muerto ahí fuera, en la nieve.

Lo único que quería al llegar a Belle Morte era asegurarme de que June estaba bien y ya ni siquiera sabía lo que me deparaba el futuro. Nunca tendría más de dieciocho años. Nunca tendría una profesión. Tardaría años en desarrollar la suficiente resistencia a los rayos ultravioleta para pasar tiempo bajo el sol. Había perdido todo lo que daba por hecho como humana.

El dolor por todas esas posibilidades perdidas se me atascaba en la garganta y hacía que me ardieran los ojos, pero no me caían lágrimas.

Seguía presionándome el pecho con la palma de la mano, esperando en vano a sentir el latido de un corazón que nunca volvería a latir. Me pasé la lengua por los dientes y me estremecí al sentir las puntas afiladas de los colmillos. La primera vez que había abierto los ojos como vampira, cuando Edmond me sujetaba en brazos en el jardín nevado de Belle Morte, había sido consciente de esos cambios, pero de forma abstracta.

De repente la realidad me golpeaba como un martillo en el cerebro.

Era vampira.

Durante el resto de mi vida dependería de sangre humana para sobrevivir.

Me había convertido en lo que tanto había temido.

—¿Qué me has hecho? —susurré.

Una sombra de dolor recorrió el rostro perfecto de Edmond.

Sentí retortijones y me llevé las manos a la barriga. El líquido dulce que recordaba haber bebido cuando estaba perdida en la oscuridad, lo único que había calmado las punzadas hambrientas, había sido sangre. Había bebido sangre humana.

—Soy un monstruo —dije con voz ronca.

Edmond no se movió ni habló, pero su mirada parecía devastada, como si algo dentro de él estuviera rompiéndose.

Le había dado permiso para convertirme, lo sabía, pero no sabía cómo hacer frente al monumental cambio que se había producido en mi cuerpo y en mi vida. Estaba asustada y enfadada, no sabía qué hacer conmigo misma.

Una dolorosa oleada de hambre cayó sobre mí y dejé escapar un gemido. Me pinché el labio inferior con los colmillos y las encías me palpitaron.

Edmond pasó por alto mis duras palabras y me acercó suavemente a su pecho.

—El hambre pasará. Ya casi estás —murmuró.

Su voz aterciopelada me envolvió en calidez y seguridad, la habitación se volvió borrosa y la oscuridad se apresuró a darme de nuevo la bienvenida. A pesar de lo que acababa de decirle a Edmond, mi último pensamiento fue que me alegraba de que estuviera allí, abrazándome.

Edmond

Sentado en el borde de la cama, viendo a Renie dar vueltas y vueltas en un sueño inquieto, Edmond deseó que hubiera habido otra forma de salvarla.

En cierta ocasión le había dicho que, si pudiera retroceder en el tiempo, aun sabiendo los terribles momentos que le esperaban como vampiro, volvería a elegir esa vida. Pero no la habría elegido para ella.

La traición de Étienne le había dado a Edmond lo que deseaba desesperadamente: que Renie se quedara con él. Ahora no envejecería ni moriría mientras él la observaba impotente. Tenían la oportunidad de estar juntos.

Pero no tenía sentido si Renie no estaba contenta con su elección.

La puerta se abrió y entró Ysanne Moreau. Ludovic la seguía, indeciso. La señora de Belle Morte lanzó una mirada a Renie, que estaba dormida, pero su expresión fría no cambió.

—¿Cómo está? —preguntó.

—Mejor —le contestó Edmond acariciando el enmarañado pelo rojizo de Renie, más brillante que nunca contra su pálida piel de vampira.

Ysanne estaba ya al corriente de sus sentimientos por Renie, pero al principio le había mentido al respecto y sabía que Ysanne no lo olvidaría. Su amistad se había forjado a lo largo de los años; el amor y las pérdidas los unían, y Edmond había odiado mentirle a la persona que lo conocía desde hacía más tiempo que nadie. Pero las relaciones amorosas entre vampiros y donantes estaban estrictamente prohibidas, así que cuando Edmond fue consciente de que no podía luchar contra sus sentimientos por Renie, tuvo que mentirle a su vieja amiga.

—¿Crees que ya ha pasado por lo peor? —le preguntó Ysanne—. Porqu

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