Club de lectura para alérgicas al muérdago

Andrea Izquierdo
Andrea Izquierdo

Fragmento

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Odio la Navidad.

Y no tiene nada que ver con las aglomeraciones en las calles, el consumismo y el exceso de comida sobre la mesa. Esto último todavía lo puedo tolerar, ya que me ayuda a sobrevivir con comida recalentada durante una semana con todo tipo de manjares que no me podría permitir durante el resto del año.

Tampoco la odio porque sea una época melancólica en la que echamos la vista atrás y reflexionamos sobre el año que está a punto de acabar.

Lo cierto es que odio la Navidad porque me recuerda a mi madre. A su pelo rubio y liso que no heredé, aunque tampoco me quejo del castaño que se aclara por el sol en verano. A sus ojos sinceros, que se le cerraban un poquito siempre que sonreía. A sus mensajes a cualquier hora del día, sin acordarse nunca de la diferencia de seis horas entre Nueva York y Zaragoza.

Y, sobre todo, odio la Navidad porque me recuerda a ese último mensaje que le dejé sin contestar.

Mira qué bonitos han quedado los escaparates, Helena. Ha venido Millie a felicitarme las fiestas y me ha ayudado a decorar los cristales con unos dibujos que parecen hechos de nieve. ¿A que son preciosos? Ojalá pudieras estar aquí para verlos. ¿Y si vienes la próxima Navidad a Nueva York y me echas una mano en la librería? Te encantaría el nuevo papel de envolver que hemos encargado.

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Y me envió una foto del escaparate de Chapters, la pequeña librería de barrio que inauguró mi madre al terminar la universidad. Había visto demasiadas veces esos ventanales con dibujos en blanco de un Papá Noel con su trineo, dos muñecos de nieve y, por lo menos, diez copos de nieve gigantes.

Bueno, para qué mentir. Eran exactamente trece copos de nieve. Los había repasado tantas veces que, si cerraba los ojos, sabía ubicarlos sin equivocarme ni un solo milímetro en su posición original.

Quizá el número trece fue lo que le dio mala suerte a mamá, porque, trece minutos después de mandarme la foto, murió.

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Mamá falleció por un paro cardiaco, lo cual es irónico, ya que ella tenía el corazón más grande y bonito del mundo.

Nunca pude entender por qué.

Así, de la nada. Sin mostrar ninguna señal de peligro antes. Ninguna luz de neón que me dijera: «¡Helena! ¡Responde este mensaje o te arrepentirás toda tu vida!».

El psicólogo me dijo que a veces no había que buscar un motivo por el que las cosas sucedían. Tan solo pasaban y estaban fuera de nuestro control y lo importante era aprender a convivir con ellas.

El psiquiatra me recetó unas pastillas que, lejos de quitarme el dolor, me convirtieron en una persona incapaz de sentir. No podía llorar, tampoco reír. Solo flotaba en un limbo de indiferencia desde que abría los ojos sobre la una del mediodía hasta que los cerraba a las cuatro o cinco de la madrugada.

Pasaron varios meses de los que no recuerdo nada en absoluto. Después, en algún momento, llegó el verano. Papá estaba preocupado porque dejé de hablar más allá de tres o cuatro monosílabos al día para responder preguntas básicas sobre qué quería comer y si iba a salir de casa a dar una vuelta.

Pista: no.

Mis frases iban acompañadas de sutiles gestos que hablaban por mí. Mi favorito era encogerme de hombros.

Mi única compañía era Alicia, mi gata. En eso consistía toda mi vida social.

Papá insistía en que regresara a terapia. Le dije que me pondría bien, que no tenía que preocuparse por mí. Pero, en secreto, yo seguía asegurándome de que las personas que se dormían en el metro seguían respirando. Clavaba los ojos en sus pechos y no los despegaba hasta que los veía subir y bajar. Comprobaba todos los días que Alicia no tuviera ningún bulto extraño o cualquier síntoma de que estuviera enferma y fuera demasiado tarde para que el veterinario pudiera curarla.

Empecé a pasar más tiempo en casa del que debería y mi móvil se convirtió en un pisapapeles que estaba siempre en modo avión.

Dejé de buscar trabajo porque no podía soportar la idea de salir a la calle y convencer a un extraño de que yo era la mejor candidata para su empresa.

El día del cumpleaños de mamá, el primero sin ella, me encerré en mi habitación y estuve más de treinta horas sin poder moverme de la cama. Tan solo quería dormir el día entero. Fuera hacía sol y el cielo estaba despejado, pero la tormenta se había quedado en mi cabeza y llovía en mis ojos.

Y, así, en algún momento, pasó el verano y llegó septiembre. El tiempo cambió de un día para otro y, sin darme cuenta, llevaba puesto el pijama de pantalón largo. Tendría que haber sospechado que se acercaba algún cambio, más cuando vi a mi padre de pie en la cocina, junto a la puerta, en lugar de sentado con la nariz sumergida en el periódico, aunque fuera del día anterior.

—Helena, tengo que hablar contigo un momento.

En ese instante supe que tendría que haberme quedado en el dormitorio y morir deshidratada o haber bebido del grifo del baño para evitar esa conversación.

—Siéntate aquí conmigo, por favor —insistió papá.

Sin mirarle a la cara, seguí sus pasos y me dejé caer en la silla de enfrente. El periódico estaba cerrado y las esquinas dobladas, como si hubieran pagado los nervios de la conversación incómoda que estábamos a punto de tener.

—¿Has cenado?

Agité la cabeza de un lado a otro.

—Pensaba que te habías llevado a tu habitación un cuenco con fruta.

Me encogí de hombros.

A veces, me sentía mal por ser así con mi padre. Nueve meses atrás yo había perdido a mi madre, pero él perdió a la mujer con la que había compartido muchos años de su vida. Aunque no siguieran juntos cuando mamá falleció, yo sabía que no había sido fácil para él gestionar su muerte, ni para mí.

Por eso, con afán de devolverle un poco todo lo que me había dado, levanté la cabeza y le miré a la cara.

—Luego cenaré algo, papá —murmuré.

Mi padre se sorprendió al escuchar una frase de más de una palabra. Tanto que, en lugar de hacer una introducción, probablemente ensayada, para darme la noticia bomba, la soltó de pronto. Sin anestesia:

—He decidido que voy a vender este piso.

La

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