Caracola

Rebeca Stones

Fragmento

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Gabriela

Me llamo Gabriela y tengo que confesar que he perdido por completo el rumbo de mi vida. Hace años que siento que voy a la deriva, viviendo por vivir, abriendo los ojos cada mañana para soportar el transcurso del día y volver a cerrarlos por la noche.

Tampoco es que me considere una persona infeliz, tengo un trabajo fijo, un par de familiares que se preocupan por mí, una amiga que es como una hermana y dos perritas que me reciben con una alegría desmesurada cada vez que llego a casa. Pero… últimamente el sentimiento de apatía que hay en mí va creciendo sin parar y no creo que tarde mucho en ocupar cada centímetro de mi pequeño cuerpo.

Lo resumiría como una indiferencia total por todo.

Me da igual quedarme sin planes, me da igual tener que cenar sobras porque no hay comida en la nevera, me da igual que mi jefe me grite y me trate como si fuese su maldita criada, me da igual que llueva o que salga el sol…

Todo me da completamente igual y creo que debo empezar a cambiar ese aspecto de mi personalidad si no quiero acabar irremediablemente aplastada por mi propio pasotismo.

Llevo días pensando en ese cambio, posponiéndolo una y otra vez, y esperando que, por obra y gracia del Espíritu Santo, aparezcan en mí las ganas y las fuerzas para afrontarlo. Por desgracia, eso no ha ocurrido, así que hoy me veo obligada a comenzar una nueva etapa de mi vida a pesar de tener una fuerza de voluntad bastante similar a la que tenía el porrero con el que coincidí en Bachillerato para ponerse a estudiar.

Hice el Bachillerato de Letras, saqué muy buena nota en Selectividad y entré en la carrera de mis sueños: Periodismo. Cumplí todas las metas que de forma obsesiva había apuntado en una larga lista.

Me independicé, aunque fuese a consecuencia de la trágica muerte de mis padres en un accidente de tráfico. Si seguía durmiendo bajo el techo que había compartido con ellos, lo más probable era que acabase perdiendo la cabeza por completo. Además, el resto de mi familia vivía en Galicia, por lo que tuve que mudarme desde Burgos a tierras gallegas para estar cerca de ellos. Les asustaba la idea de que estuviese sola en mitad de la península ibérica y he de admitir que yo no tenía nada por lo que quedarme allí. Con la herencia y la miserable ayuda del Estado conseguí reunir el dinero suficiente para pagar el alquiler de un piso mohoso a las afueras de Santiago, ciudad a la que no tardé mucho en acostumbrarme. No fueron las circunstancias soñadas, pero fuese por lo que fuese terminé cumpliendo mi meta de vivir sola antes de cumplir los veinticinco años.

Me gradué, aunque eso supusiese perder la salud mental, sepultar mi vida social y bajar unos diez kilos. La muerte de mis padres y la mudanza posterior dificultaron mucho las cosas; pasé de sacar nueves a rozar el suficiente; sin embargo, los profesores tuvieron mucha paciencia conmigo.

Adopté a dos perritas que hicieron desaparecer esa soledad que cada noche se instalaba en mi pecho. Kiwi y Piña son dos hermanas que algún ser despreciable tuvo la indecencia de abandonar en un polígono industrial. Mi idea inicial era adoptar solo un animal, pero cuando visité la protectora y vi lo asustadas que estaban y cómo se acurrucaban intentando entrar en calor… no pude evitar llevármelas a ambas.

Y hace un año alcancé el último propósito de mi lista: conseguir trabajar de lo que había estudiado. Puede parecer una obviedad, no obstante, en España creo que es más probable terminar ejerciendo de algo que no tiene absolutamente nada que ver con tus estudios que lo contrario. Sin ir más lejos podría poner el ejemplo de mi mejor amiga, Lúa, que se graduó conmigo y terminó trabajando en una tienda de jabones. Y, aunque a veces me duela reconocerlo, creo que ella es mucho más feliz recomendando bombas de baño y exfoliantes que yo sentada a mi escritorio.

A día de hoy, tengo un contrato con uno de los periódicos más leídos de Santiago de Compostela, aunque tampoco es que pueda presumir demasiado de ello porque el puesto que ocupo es un tanto insignificante (por utilizar un eufemismo y no admitir que soy la maldita asistente del pez gordo que organiza los artículos).

En un arranque de sinceridad confesaré que me dedico a reenviar mails, publicar algunos tweets sensacionalistas en la cuenta del periódico (sí, esos en los que no puedes evitar hacer clic para luego llevarte un chasco tremendo) y pasarle los links de las noticias publicadas a mi jefe para que las revise.

A veces también me permiten maquetar, pero no dejan de ser las noticias de otros. Trabajo organizando lo que mis compañeros escriben, pero jamás me han dado la oportunidad de publicar mis columnas.

Estudié durante años motivada por la idea de sacar a la luz noticias interesantes, pensando que me convertiría en la voz de la nueva generación, creyendo que lograría contarle al público la verdad sobre lo que creían saber, convencida de que entrevistaría a políticos, a cantantes, a empresarios, a actrices… Y he acabado alineando textos, poniendo palabras en negrita y añadiendo pies de fotos.

Así que he decidido que eso es lo primero que cambiaré para mejorar mi presente. Debo conseguir que la vida me excite, que la idea de morir atropellada al cruzar la acera para coger el bus comience a asustarme. Debo cambiar el enfoque de mi realidad.

—Sigo sin entender por qué esto te parece buena idea —dice Lúa mientras mueve el ratón del portátil.

Como os conté antes, ella es mi mejor amiga.

Y la única que tengo.

Cuando no estoy paseando a mis perras, trabajando o dándome uno de esos baños de agua caliente que tanto me gustan, estoy con ella. Íbamos a las mismas clases, aunque creo que jamás nos dirigimos ni una palabra en la facultad. Fue en el club de lectura donde hicimos migas, y es que Lúa y yo tenemos muchas cosas en común, pero la más notable es nuestra pasión por la literatura. Desde que tengo uso de razón soy una auténtica devoradora de libros, no me importa ni el género, ni el número de páginas, ni el autor. Siempre que la historia sea buena, no durará más de una semana en mis manos. Antes solía comentar todo lo que leía con mi madre, pero tras su muerte tuve que buscar otras personas con las que poder hablar sobre mis lecturas. Y fue entonces cuando me percaté de que nadie de mi entorno había leído un libro en los últimos diez años.

Por eso decidí apuntarme al club de lectura organizado por la biblioteca de la ciudad. Cada mes todos los miembros metemos en una urna un papelito con el libro que nos gustaría leer, y una mano inocente saca el título elegido. Me gusta mucho esta técnica porque es una forma de leer novelas que yo jamás habría escogido, es una manera de descubrir nuevos autores y también de cotillear los gustos de las personas que estamos en el club.

—No es que me parezca una buena idea, Lúa, es que ES una buena idea —respondo dando vueltas por mi pequeña

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