Binding 13 (Los chicos de Tommen 1)

Chloe Walsh
Chloe Walsh

Fragmento

cap-3

1

GRANDES ESPERANZAS

Shannon

Era el 10 de enero de 2005.

Un año completamente nuevo y el primer día de instituto después de las vacaciones de Navidad.

Y estaba nerviosa, tan nerviosa, de hecho, que ya había vomitado más de tres veces esa mañana.

Mi pulso llevaba un ritmo preocupante; mi ansiedad era la culpable de los erráticos latidos de mi corazón, además de la causa de mi vomitera.

Alisándome el nuevo uniforme escolar, me miré en el espejo del baño y apenas me reconocí.

Camisa blanca y corbata roja bajo un jersey azul marino con el escudo del Tommen College en el pecho. Una falda gris hasta la rodilla que dejaba a la vista dos piernas flacas y poco desarrolladas. Y todo rematado con medias de color carne, calcetines azul marino y zapatos negros de tacón bajo.

Parecía una farsante.

Y también me sentía como tal.

Mi único consuelo era que con los zapatos que me había comprado mi madre llegaba al metro setenta. Era ridículamente menuda para mi edad en todos los sentidos.

Estaba muy muy delgada y aún no me había desarrollado (tenía dos huevos fritos por pechos), claramente intacta por el estallido de pubertad que sí habían atravesado todas las chicas de mi edad.

Llevaba suelta la mata de pelo castaño, que me llegaba a media espalda y mantenía apartada de la cara con una diadema de color rojo. No iba maquillada, lo que me hacía parecer tan joven y pequeña como me sentía. Tenía los ojos demasiado grandes para mi cara y, para colmo, de un impactante tono azul.

Traté de entrecerrarlos para ver si eso hacía que parecieran más humanos, e intenté con todas mis fuerzas que mis gruesos labios parecieran más finos apretándolos hacia dentro.

Nada.

Entrecerrar los ojos solo me daba un aspecto extraño y como si estuviera estreñida.

Con un suspiro de frustración, me toqué las mejillas con la punta de los dedos y resoplé entrecortadamente.

Me gustaba pensar que lo que me faltaba en los departamentos de altura y pecho lo compensaba con madurez. Era sensata y tenía la mentalidad de una persona mayor.

La tata Murphy siempre decía que yo había nacido con la cabeza de una vieja sobre los hombros.

En parte era cierto.

Nunca había sido de las que se dejaban cautivar por los chicos ni las modas pasajeras.

Simplemente no era así.

Una vez leí en alguna parte que el dolor, y no la edad, es lo que nos hace madurar.

Si eso es cierto, yo era Matusalén en lo que se refiere a las emociones.

Muchas veces me preocupaba ser distinta de las demás chicas. No sentía el mismo deseo o interés por el sexo opuesto. No me interesaba nada; chicos, chicas, actores famosos, modelos atractivos, payasos, cachorros… Bueno, vale, me gustaban los cachorros bonitos y los perros grandes y peludos, pero el resto me traía sin cuidado.

No tenía ningún tipo de interés en besar, tocar o acariciar a nadie. No soportaba ni imaginármelo. Supongo que ver cómo se desarrollaba la tormenta de mierda que fue la relación de mis padres me había apartado de la posibilidad de unirme a otro ser humano de por vida. Si ellos eran una representación del amor, entonces no quería formar parte de él.

Prefería estar sola.

Sacudiendo la cabeza para despejar la avalancha de pensamientos antes de que se oscurecieran hasta el punto de no retorno, miré mi reflejo en el espejo y me obligué a practicar algo que rara vez hacía últimamente: sonreír.

«Respiraciones profundas —me dije—. Es un nuevo comienzo».

Abrí el grifo, me lavé las manos y me eché un poco de agua en la cara, desesperada por calmar la ansiedad que ardía dentro de mí ante la intimidante perspectiva de mi primer día en un nuevo instituto.

«Cualquier centro tiene que ser mejor que el que estás dejando atrás». El pensamiento entró en mi mente y me estremecí de vergüenza. «Centros, —rectifiqué abatida—, en plural».

Había sufrido un acoso constante tanto en la escuela primaria como en la secundaria.

Por alguna cruel y misteriosa razón, había sido el blanco de las frustraciones de todos los niños desde la tierna edad de cuatro años.

La mayoría de las niñas de mi clase decidieron desde el primer día de parvulitos que no les gustaba y que no iban a relacionarse conmigo. Y los niños, aunque no eran tan sádicos en sus ataques, tampoco eran mucho mejores.

Aquello no tenía sentido, porque me llevaba bien con los demás niños de mi calle y nunca había tenido altercados con nadie en la urbanización donde vivíamos.

Pero ¿la escuela?

La escuela fue como el séptimo círculo del infierno para mí: los diez años de primaria, en lugar de los habituales nueve, fueron una tortura.

La etapa preescolar fue tan angustiosa para mí que tanto mi madre como mi maestra decidieron que sería mejor que la dejara y la repitiera con una nueva clase. A pesar de que fui igual de miserable en mi nueva clase, hice un par de amigas íntimas, Claire y Lizzie, quienes me hicieron soportable la escuela.

Cuando, en el último curso de primaria, llegó el momento de elegir instituto, me di cuenta de que era muy diferente a mis amigas.

Claire y Lizzie irían en septiembre al Tommen College, una opulenta y elitista escuela privada con fondos masivos e instalaciones de primer nivel, proveniente todo ello de los sobres que entregaban los acaudalados padres, empeñados en asegurarse de que sus hijos recibieran la mejor educación que el dinero podía comprar.

A mí, en cambio, me habían matriculado en el masificado instituto público del centro de la ciudad.

Todavía recordaba la horrible sensación de separarme de mis amigas.

Estaba tan desesperada por alejarme de los matones que incluso le rogué a mi madre que me enviara a Beara a vivir con su hermana, la tía Alice, y su familia para poder terminar mis estudios.

No hay palabras para describir la devastación que se apoderó de mí cuando mi padre se negó en rotundo a que me mudara con la tía Alice.

Mi madre me quería, pero estaba débil y cansada, por lo que no opuso resistencia cuando mi padre insistió en que asistiera al instituto público de Ballylaggin.

Después de eso, el acoso empeoró.

Fue más brutal.

Más violento.

Más físico.

Durante el primer mes del curso inicial, me acosaron varios grupos de chicos que me exigían cosas que no estaba dispuesta a darles.

Después de eso, me tacharon de frígida por no querer tirarme a los mismos chicos que habían hecho de mi vida un infierno durante años.

Los más malos me ponían nombres crueles que daban a entender que la razón por la que era tan frígida se debía a que tenía genitales masculinos debajo de la falda.

Pero no importaba lo crueles que fueran los chicos, porque las chicas eran mucho más inventivas.

Y mucho peores.

Difundieron rumores maliciosos sobre mí, sugiriendo que tenía anorexia e iba al baño a vomitar después de comer todos los días.

No era anoréxica, ni bulímica, para el caso.

Cuando estaba en el instituto estaba aterrorizada y no lograba comer nada porque vomitaba si lo hacía, lo cual era algo frecuente, como respuesta directa al insoportable estrés al que estaba sometida. También era menuda pa

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