Cómo cae la nieve

Erin Doom

Fragmento

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Prólogo

Dicen que el corazón es como la nieve.

Audaz, silencioso, capaz de deshacerse con un poco de calor.

En el lugar del que yo vengo, muchos creen en ello. Es un proverbio que está en boca de los ancianos, de los niños pequeños y de aquellos que brindan por la felicidad.

Todos tenemos un corazón de nieve, porque la pureza de los sentimientos lo vuelve terso e inmaculado.

Pero yo nunca me lo creí.

Aunque había crecido allí, aunque llevásemos el frío incrustado en los huesos, nunca había estado entre quienes creen en según qué chismes. La nieve se adapta, es considerada, respeta hasta el mínimo recoveco. Cubre sin deformar, pero el corazón no, el corazón exige, el corazón grita, rechina y se encabrita.

Un día lo entendí.

Lo entendí igual que se entiende que el sol es una estrella o que el diamante no es más que una roca.

No importa lo distintos que parezcan. Lo que cuenta es hasta qué punto son similares.

No importa si uno es frío y el otro caliente.

No importa si uno chirría y el otro se adapta.

Yo había dejado de notar la diferencia.

Habría preferido no tener que comprenderlo.

Habría preferido seguir equivocándome.

Pero nada haría retroceder el tiempo.

Nada me restituiría lo que había perdido.

Así que quizá sea verdad lo que dicen.

Tal vez tengan razón.

El corazón es como la nieve.

Con un poco de oscuridad, se convierte en hielo.

1

La canadiense

—¿Ivy?

Aparté la mirada del mantel blanco. El mundo volvió a llenarme los oídos. Percibí de nuevo el zumbido, el tintineo de los cubiertos contra la loza.

La mujer que había a mi lado me miraba con expresión cortés. Sin embargo, entre los minúsculos pliegues de su sonrisa impostada, logré discernir que le resultaba difícil ocultar su incomodidad.

—¿Va todo bien?

Yo tenía los dedos apretados. La servilleta apenas era un pedazo de tela arrugada entre las blancas palmas de mis manos. Volví a dejarla sobre la mesa y le pasé la mano por encima para alisarla.

—Llegará de un momento a otro. No te preocupes.

No estaba preocupada. A decir verdad, eran muy pocas las emociones que sentía.

La acompañante que me habían asignado parecía turbada ante mi falta de sentimientos. Incluso cuando llegamos al aeropuerto y percibí el desagradable olor del café y del plástico del envase, me observó como si esperase ver cómo pasaba mi esfera emocional por la cinta de equipajes.

Aparté la silla y me puse en pie.

—¿Vas al baño? Vale, claro… Bien… Te espero aquí…

Hubiera querido decir que estaba contenta de encontrarme allí. Que la certeza de que no estaba sola compensaba aquel larguísimo viaje; que en la grisura de mi existencia veía una oportunidad de empezar de nuevo. Sin embargo, mientras observaba mi reflejo en el espejo del aseo con los dedos aferrados al lavabo, tuve la impresión de hallarme ante una muñeca cosida con distintos retales, que a duras penas lograba mantenerse de una pieza.

«Soporta, Ivy. Soporta».

Cerré los ojos y mi respiración se estrelló contra el cristal. Solo quería dormir. Y tal vez, no despertarme nunca, porque en el sueño encontraba la paz que tanto buscaba cuando estaba despierta, y la realidad se convertía en un universo lejano al que yo no pertenecía. Alcé los párpados y mis iris atravesaron el halo que había creado mi aliento. Abrí el grifo, me mojé las manos y las muñecas, y por fin salí del baño.

Mientras pasaba entre las mesas, ignoré las cabezas que se alzaban aquí y allá para seguirme con la mirada.

Sabía que mi aspecto nunca pasaba desapercibido. Pero solo el cielo sabía cuánto odiaba que la gente se fijase en mí.

Había nacido con una piel sorprendentemente pálida. Siempre había tenido tan poca melanina que solo una albina podría tener una tez más clara que la mía.

Y no era que eso me hubiera supuesto nunca un problema. Crecí cerca de Dawson City, en Canadá. Allí nevaba las tres cuartas partes del año y en invierno las temperaturas rozaban los treinta grados bajo cero. Para quienes, como yo, vivían en los confines de Alaska, estar bronceado no resultaba nada habitual.

Aun así, era objeto de las burlas de los otros niños. Decían que parecía el fantasma de un ahogado, porque tenía el pelo de un rubio clarísimo, fino como una telaraña, y los ojos del color de un lago helado.

Tal vez por eso mismo siempre había pasado más tiempo en los bosques que en el pueblo. Allí, entre líquenes y abetos que rozaban el cielo, no había nadie dispuesto a juzgarme.

Cuando regresé a la mesa, mi acompañante ya no estaba sentada.

—Oh, ya has vuelto —dijo sonriente al verme—. El señor Crane acaba de llegar.

Se hizo a un lado, y entonces lo vi.

Era exactamente como lo recordaba.

El rostro cuadrado, el pelo castaño ligeramente entrecano, barba de pocos días bien cuidada. Y unos ojos de mirada amigable, vivarachos, alrededor de los cuales siempre surgía alguna arruga de expresión.

—Ivy.

Su voz hizo que de improviso todo pareciera terriblemente confuso.

No la había olvidado: siempre cálida, casi paternal, suya. Con todo, aquel timbre familiar logró romper la apatía en la que andaba sumida y me enfrentó a la realidad.

Estaba realmente allí, y aquello no era una pesadilla.

Era real.

—Cuánto has crecido, Ivy.

Habían pasado más de dos años. A veces, al mirar fuera a través del cristal empañado, me preguntaba cuándo lo vería aparecer de nuevo al fondo de la calle; las botas hundiéndose en el manto de nieve, el sombrero nudoso de lana roja en la cabeza. Siempre con un paquete bajo el brazo, atado con un cordel.

—Hola, John.

Se le frunció la sonrisa en un pliegue amargo. Antes de que pudiera apartar la mirada, se acercó y me rodeó con sus brazos. Su olor me impregnó la nariz, e identifiqué la leve fragancia a tabaco que siempre lo acompañaba.

—Oh, te has convertido en una chica muy guapa —murmuró mientras yo permanecía inerme como un pelele, sin responder a aquel abrazo con el que parecía querer mantenerme en pie—. Demasiado. Te dije que no crecieras.

Bajé el rostro, y él esbozó una sonrisa a la que no fui capaz de corresponder.

Simulé que no había notado que se sorbía la nariz mientras se separaba de mí y me acariciaba el pelo.

Enderezó los hombros, adoptó una expresión más adulta y se dirigió a la asistente social:

—Discúlpeme, aún no me he presentado —empezó a decir, tendiéndole la mano—. Soy John Crane, el padrino de Ivy.

Siempre estábamos papá y yo.

Poco antes de que muriera mamá, él había dejado el trabajo y se habían mudado juntos a Canadá, al pequeño pueblo de Dawson City. Ella se fue antes de que pudiera conservar ningún recuerdo suyo, así que papá me crio él solo: compró una cabaña en el límite del bosqu

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