El silencio de Clara Lyndon

Elene Lizarralde

Fragmento

Capítulo 1

1

La luz del atardecer se filtraba por las ventanas de la cocina. Mientras preparaba el café, me preguntaba qué habría sido de mi vida sin ella.

Apenas había pasado un mes desde que volví aquel día de la universidad. Nunca olvidaré la sensación de angustia cuando la encontré en su habitación, tumbada en la cama, delirando a causa de la fiebre. Rápidamente la llevé hasta el hospital más cercano. Los médicos no tardaron en determinar que se trataba de una neumonía. Pasaron horas hasta que consiguieron estabilizarla. Las más largas que recuerdo. Pero ahora, después de varias semanas de ingreso, por fin estábamos de nuevo en casa.

Vivíamos en el condado de Somerset, en Bath, en la casa de piedra que había pertenecido a nuestra familia desde hacía más de doscientos años. No me había separado de ella desde que fallecieron mis padres siendo yo todavía un bebé. Éramos como una prolongación la una de la otra; ella había tenido a mi madre con apenas veinte años, y esta, a su vez, me había tenido a mí también con la misma edad, así que todavía era una persona joven, siempre lo había sido, también en mentalidad. Mi madre estudiaba para maestra cuando conoció a mi padre, y nací antes de lo que cabía esperar. Sin embargo, dicha circunstancia, a pesar del ambiente social «delicado» y «exclusivo» en el que vine al mundo, jamás se silenció. La abuela, como solía decir Margaret, su mejor amiga, parecía de otro planeta. Y aunque no hacía alarde de su forma de ser resuelta e independiente para una mujer de su edad porque era muy discreta, nunca se dejó influenciar por las normas y valores establecidos en el entorno en el que nos desenvolvíamos. En privado, hablábamos sobre cualquier tema; desde bien pequeña me invitaba a cuestionar, que no juzgar, las cosas que pasaban a nuestro alrededor, y la mayoría de las ocasiones llegábamos a conclusiones diferentes, en las que, por supuesto, solíamos estar de acuerdo. La admiraba y la respetaba, pero, sobre todo, le estaba profundamente agradecida por cuanto me ofreció desde que se hizo cargo de mí: amor y una formación basada en valores en los que prevalecían la bondad y la generosidad, pero también, en hacerme fuerte e independiente; «pasara lo que pasase podía elegir», dependía de mí ejercer la libertad de decidir, nunca de los demás. La abuela era mi vida, y había estado a punto de perderla.

Por un momento, antes de llevar la bandeja al jardín, donde la había acomodado al llegar, vino a mi memoria el recuerdo de lo ocurrido durante su estancia en el hospital. A mi temor porque pudiera pasarle algo, se le sumó una inquietud: su sueño, profundo y tranquilo hasta entonces, en el hospital se había vuelto nervioso y agitado. Los médicos y enfermeras lo achacaban a la fiebre, pero a mí me perturbaba. Creía conocerla bien, y su estado me generaba una profunda tristeza. Apenas se despertaba y cuando volvía a caer dormida, rendida por la enfermedad y la medicación, susurraba e incluso lloraba; sus ojos derramaban lágrimas que yo secaba cuidadosamente con una gasa y, aun así, no se despertaba. Dudé si hacerlo yo, tal vez estuviera reviviendo alguna circunstancia triste de su vida: la muerte de mi abuelo en España poco antes del nacimiento de mi madre, o quizá la misma muerte de esta; tal vez en sueños los volvía a llorar. Opté por no hacer nada salvo sujetarle la mano y decirle al oído que la quería y que debía luchar para permanecer a mi lado.

Sin embargo, me dio que pensar ¿y si había algo más? La discreción de la abuela era tan apabullante que, para saber de ella, era yo quien debía preguntar cuando quería conocer detalles de su niñez, su adolescencia o su relación con mi abuelo, y siempre respondía con brevedad. Así es que durante aquellos días me di cuenta de que apenas sabía nada sobre su vida antes de que mi madre y ella se establecieran definitivamente en Bath. Y unido a que de cuando en cuando hablaba y decía palabras ininteligibles, disparó mi imaginación: no conservaba ninguna fotografía de su vida antes de Bath; siempre me dijeron que ella y mi madre, un bebé recién nacido, habían llegado con lo puesto, pero ¿y si guardaba algún secreto? Quizá hubiera algo que desconocía, que jamás me había contado. Y, además, echando la vista atrás, empezaba a creer que cuando preguntaba acerca de su pasado algo en ella cambiaba. O ¿estaba equivocada? ¿Me estaba dejando llevar por mi mente novelesca? En cualquier caso, no soportaba verla sufrir, y si estaba en mi mano ayudarla, lo haría, porque, además, su agitación no cesó una vez bajó la fiebre. Algo en ella había cambiado.

Sin decirle nada, empecé a buscar pistas que me llevaran a descubrir el motivo de su angustia. Con ella hablaría una vez le dieran el alta, cuando se hubiera recuperado y estuviéramos de vuelta en casa. Ese momento había llegado.

En unos minutos iba a hablarlo con ella y, sin embargo, sentía que, al hacerlo, quizá descubriera algo que probablemente marcaría un antes y un después en nuestras vidas.

Capítulo 2

2

Cuando atravesé la puerta que daba a la parte trasera de la casa la encontré acariciando los tallos de las hortensias —sus favoritas—, cuyas hojas empezaban a brotar por doquier junto a las peonías y las rosas. Cada año, cuando empezaban a apreciarse los primeros brotes, me comentaba lo mismo:

—La naturaleza es milagrosa. ¿Cómo es posible que de una rama en apariencia yerma nazcan unas flores tan bonitas?

—Abuela, creo que ha llegado el momento de que hablemos. —Ya no había marcha atrás. Me senté a su lado en nuestro rincón favorito del jardín, cerré los ojos, dejé que los últimos rayos de sol acariciasen mi rostro, y suspiré profundamente. Podía sentir cómo me observaba.

Permaneció en silencio.

—No ignores lo que te acabo de decir.

—No lo hago, no sé a qué te refieres, Máire —me contestó con ojos risueños.

Sin embargo, algo en mi mirada debió de llamar su atención.

—¿Qué te pasa, mi amor? —preguntó cogiendo mis manos entre las suyas.

—Hay algo que no te he contado. —Mi cautela solo consiguió inquietarla.

—¿Qué ocurre? ¿Tengo algo grave? ¿Por qué no me lo has dicho antes?

—No es eso abuela. Los médicos han dicho que, si te cuidas y descansas, te recuperarás bien. Hemos tenido muc

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