Zorras

Noemí Casquet

Fragmento

II. La mancha en el techo

II

La mancha en el techo

Nunca me había fijado en la mancha de humedad que hay en el techo. Lo invade por completo, aferrándose al gotelé de una pared vieja y mal pintada. Parece una cabra, o un paisaje, no sé. Aunque si me fijo mejor, creo que es el universo diciéndome que salga de aquí. Pero ¿de aquí de dónde?

¿Esa mancha es problema del casero o mío? Vale, supongamos que es mío: ¿cómo coño se limpia una mancha de humedad? Dar una capa de pintura es tapar el problema con una solución rápida. Qué novedad, como si no hubieses estado haciendo eso toda tu puta vida, Alicia.

La cama rebota contra la pared y cada golpe hace que el techo se desconche un poco más. Diego sigue ahí, sudando demasiado y gimiendo como un oso pardo reclamando comida. Clava su pelvis contra la mía. Su polla entra y sale. Diego tiene la capacidad de quitarle la magia al sexo. ¿Cómo me voy a concentrar con esa mancha de humedad con forma de cabra mirándome desde el techo? ¿O con la señal divina del universo diciéndome que me largue lejos de aquí? Eso me lleva a plantearme lo siguiente: si Dios está en todas partes, ¿qué opinará de este polvo que estoy echando? ¿Será un castigo? ¿Estoy condenada a esto?

Un trozo de pintura blanco e irregular cae a pocos centímetros de mí y hace que desvíe la mirada hacia las sábanas. Diego las aprieta con fuerza y las arruga mientras suenan de fondo los gruñidos de este apareamiento digno de algún documental soporífero de esos que te inducen a la siesta un domingo por la tarde. Las venas se le marcan como ramas bajo la piel y a mí me invade una sensación nostálgica al recordar lo que un día fue el sexo con él. Llevamos ya cinco años de relación. Por supuesto, entiendo que las parejas caigan en la monotonía, pero ¿cómo será cuando pasen otros cinco años? Ya no recuerdo lo que son la pasión, el deseo, la sensación de adrenalina al adentrarse en un mundo desconocido y novedoso. Intento pensar en la última vez que sentí todo eso. ¿Acaso lo he notado alguna vez?

Soy demasiado básica. Como esa mancha de humedad que cada vez se hace más grande. Casi tanto como el vacío que siento en este momento.

Diego no para de gemir y frunce el ceño. Conozco su cara de preorgasmo igual que sus manías. Arruga la nariz y deja entrever los dientes y las encías. Emite unos tonos graves que nacen del fondo de su garganta e invaden el silencioso ambiente. Pienso en los vecinos. ¿Follarán también por obligación relacional? ¿Cuántas personas lo estarán haciendo ahora mismo?

Y cuántas no.

Cuántas no.

El peso de Diego me oprime las costillas, el pecho, el alma. Su pelo corto y rizado está mojado y se perciben las entradas propias de sus treinta y dos años. Inspira y espira fuerte, materializando el desgaste físico de sus partículas. Y como quien se va alejando del ruido, cada vez lo oigo menos y me siento más.

Se tumba a mi lado, me observa con esos ojos castaños —que siempre están tristes— y me sonríe. Mira al techo. ¿Verá también la mancha de humedad? Me examina con delicadeza; tiene un trozo de pintura blanca desconchada en el pelo. Parece cocaína.

—¿Te ha gustado? —me pregunta Diego.

—Sí.

No.

—Me alegro.

Él, satisfecho. Y yo... ¿Esto será así toda mi vida?

Diego me acaricia con calma. Empieza por las manos, me recorre el pecho y acaba en la pelvis. Después de follar, le encanta contar las pecas que salpican mi cuerpo.

—Una.

Tal vez exista un lugar en lo más profundo de mi ser que sienta por él algo más allá del cariño. Dónde está ese sitio, ya no lo sé.

—Dos.

O a lo mejor sigo enamorada; pero, tras cinco años, me he acostumbrado a esa sensación. A no echarlo de menos. A, quizá, echarlo de más.

—Tres.

Recuerdo cuando me abrazaba y se paraba el tiempo. Cuando aprendí a volar entre sus manos y a navegar por sus fluidos. Pero ¿cuánto duró, Alicia? Cuánto.

—Nueve.

Mantenerme al margen siempre ha sido mi especialidad. Eso, y no aceptar las cosas que están pasando. Diego sigue tan enamorado de mí que hasta su mejor amigo me lo recuerda cada vez que nos ve juntos: «Nunca lo he visto mirar a nadie como te mira a ti». ¿Y cómo lo miro yo a él?

—Once.

La dependencia emocional, síntoma claro de necesidad.

—Trece.

La noche que nos conocimos no me llamaste la atención. Tú estabas con tu pareja, una chica pelirroja, Sandra; y yo, con la mía. Tú estabas prometido; yo, casada con el infierno. La relación que yo mantenía con tu amigo Raúl era una vorágine de control, pesadillas, celos y requisitos. Tomamos un par de botellas de vino blanco en un restaurante del centro de esa ciudad que parece un pueblo y que tanto odio. Me dijiste que eras fotógrafo. Te creí. Esa noche entablamos varias conversaciones. Eras distante, serio, el misterio elevado a la máxima potencia. Vestías ese fular negro que ahora, seis años más tarde, reposa sobre la silla donde se amontona la ropa sucia.

—Veinticinco.

Hablamos por WhatsApp e iniciamos una maravillosa amistad. Acabaste confesándome tus complicaciones relacionales, que yo no quería descubrir. Pero terminé apoyándote, algo muy propio de mí.

¿Sabes? Me volviste un poco adicta a ti. Eras una salida al control bajo el que vivía sometida a mis veinte años. Mis días se resumían en universidad, gimnasio, trabajo y cena. ¡Ah! Y en intentar no decir nada que pudiese ofenderlo a él, a Raúl, algo que, créeme, resultaba casi imposible.

—Treinta y uno.

Pero tú y yo seguíamos en ese mundo digital que todo lo ensalza y lo tergiversa. Las conversaciones se adentraron en las noches, y casi sin quererlo estábamos ¿tonteando? Fluyó demasiado bien y vi en ti una puerta para escapar de aquel infierno y recuperar mi vida. La que, según decías, me pertenecía.

—Treinta y seis.

Una tarde viniste a mi casa para charlar. Trajiste tu cámara de fotos y me pediste que posara para ti. Accedí. No entiendo cómo no te diste cuenta de lo empapadas que estaban mis bragas. Aquellas que me quitaste mientras me mirabas, aun sabiendo que lo correcto y lo incorrecto caben en un trozo de papel.

—Cuarenta.

Temblaba. Joder, me temblaba todo el cuerpo. Dejaste la cámara a un lado. Me abriste las piernas de par en par, pero antes te deshiciste del fular negro y de la camiseta. Tus labios eran finos. Tu lengua, astuta. Eso siempre lo has tenido, Diego: comes el coño de maravilla. Empezaste lento, saboreando cada una de las humedades que se presentaban ante ti. No querías correr, al menos no de ese modo. Sentí el calor de tu lengua paseando por mis labios, que se hinchaban con rapidez. Mi coño palpitaba tanto que era audible.

—Vaya, esta es nueva. ¡Una más!

Tu lengua blanda se deslizaba desde mi abertura hasta el

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