El bucle infinito

Isabel Martín

Fragmento

Capítulo 1

1

Cuando la puerta se abrió con su tintineo característico, supe que era ella, a pesar de la capucha que casi le ocultaba la cara. Se quedó allí, de pie, sacudiéndose el agua del abrigo, como un perrillo mojado, encogida por el frío y por la mirada un tanto desdeñosa del camarero que estaba junto a la entrada. O eso supuse. Se la veía tan fuera de lugar, tan indefensa, que me equivoqué completamente al juzgarla.

—El paraguas, en el paragüero.

Imaginé por el gesto que el camarero le decía algo parecido y que ella le contestaba sin mirarle que no tenía paraguas mientras me buscaba entre las mesas.

La lluvia y el viento habían convertido el paseo de Recoletos en un páramo inhóspito y El Pabellón del Espejo, una burbuja de otro tiempo en medio del tráfico de Madrid que yo solía utilizar de escondrijo, estaba más concurrido que de costumbre, pues servía como refugio a los transeúntes que habían desafiado al dios de la tormenta.

Me gustaban esos días. El mal tiempo me ofrecía la coartada perfecta para permanecer más de lo previsto en el trabajo. Mi madre no iba a llamarme, ni mis amigos, ni aquella novia casi invisible que aparecía de vez en cuando en mi vida y que cada vez me fastidiaba más. Estaba lloviendo y, cuando llueve en Madrid, los planes se posponen a la espera de una mejoría que nunca está lejos.

La había citado allí porque quedaba al lado de mi lugar habitual de trabajo, los sótanos de la Biblioteca Nacional, que se desdibujaba tras el manto de agua al otro lado del paseo.

Era una cita de trabajo, pero con unas condiciones de hermetismo que no solían exigir mis clientes.

Levanté la mano y enseguida vino hacia mí sin hacer ningún ademán de reconocimiento, con la misma seriedad que si la estuvieran invitando a sentarse ante un tribunal de oposición. Casi podía escuchar el chapoteo de sus pasos en el piso de mármol, aunque eso era también parte de mi cosecha, pues con el barullo que había en el café era imposible percibir un sonido tan leve.

Le eché un vistazo general mientras llegaba hasta mi mesa y se quitaba el abrigo, que no había conseguido proteger el pantalón de las manchas de lluvia. No tendría más de veinticinco años, aunque el pelo estirado y recogido en una coleta y la ropa oscura y sin forma le daban un aire envejecido. El rostro anguloso, de facciones afiladas, se suavizaba con unos labios grandes, pálidos y carnosos que contradecían su aspecto general de contención. Las manos largas, de uñas cortas, casi desaparecían bajo las mangas de una chaqueta negra de punto cuyos puños estiraba de vez en cuando como en un tic.

Me miraba muy fijamente, con el ceño un poco fruncido, como si no se creyera que yo era quien decía ser.

—¿Miguel Saguar? —Tenía una voz mucho más enérgica de lo que esperaba y me estrechó la mano con un fuerte apretón que contradecía su aspecto anticuado—. ¿Cómo me has reconocido?

—Internet.

La había encontrado en la foto de un congreso de no sé qué que se había celebrado en Madrid hacía poco.

—El Congreso de Biofísica. —Julia Serrietz parecía dispuesta a ir al grano—. Me han dicho que eres uno de los restauradores con más prestigio de la profesión y yo quiero al mejor. Pero necesito saber si, además de restaurar, serías capaz de transcribir el texto del libro.

Le dije que esa no era mi especialidad y que podía recomendarle a varios profesionales competentes, pero ella no quería que interviniera nadie más en el asunto. Yo debía ser la única persona que viera el libro.

Tanto misterio me parecía una chorrada, pero el cliente... ya se sabe. Me arrellané en el respaldo de la silla y le pregunté por el tipo de transcripción que se suponía que tenía que hacer. ¿Era un libro escrito en castellano?

—Creo que sí. Está datado entre los siglos XVI y XVII. Pero está muy deteriorado, no se puede leer bien el texto.

Aquello me tranquilizó. Afortunadamente un libro de esa época era bastante legible si se estaba acostumbrado a ello, aunque seguía sin entender algo.

—¿Puedo preguntar por qué es necesario que el trabajo lo haga una sola persona?

—No, no puedes.

No supe qué contestar. Aproveché que el camarero estaba cerca para dejar que ella pidiera un café mientras yo tomaba un sorbo del mío esperando que continuara. Se sentó erguida, al borde del asiento de terciopelo rojo que tan poco le pegaba. Permanecimos en silencio hasta que le trajeron el café mientras yo contemplaba sus manos, que no paraban de toquetear el azucarero, lo que supuse se debía a inseguridad y a nervios. Qué poco la conocía.

En el exterior, las nubes negras de tormenta se arremolinaban sobre la plaza de Colón y los árboles del paseo parecían esculturas clamando al cielo por su desnudez. Siempre he sido un poco excesivo con las imágenes.

—Este libro es muy importante para mí —siguió—. Estoy dispuesta a pagarte una suma considerable si aceptas el trabajo.

Insistí. Yo no tenía ninguna experiencia en ese campo. Todos los restauradores, si además han estudiado Historia, como yo, tienen ciertos conocimientos de castellano antiguo y otras lenguas romances, pero suponía que ella necesitaba un profesional.

—Me arriesgaré.

—Como quieras. Pero te advierto que, si no quedas satisfecha con el trabajo, no devuelvo el dinero.

—Me parece justo —dijo tan seria como siempre, sin responder a mi broma, ¡por Dios!—. Entonces aceptas.

Antes, le dije, tenía que ver el ejemplar, evaluar los daños y comprobar si era capaz de transcribir el texto. Pero ella, sin bajar ni por un segundo la guardia, volvió a sorprenderme.

—No quiero que veas el libro antes de comprometerte con el trabajo.

Aunque me mostré irritado y dubitativo a la hora de aceptar, no dio su brazo a torcer. Era más terca que una mula.

—Estas son mis condiciones.

Su voz era firme y segura, como la de alguien acostumbrado a mandar, aunque no era capaz de imaginarla en ningún puesto ejecutivo.

—El libro está en la caja fuerte de un banco y no voy a sacarlo de allí hasta que aceptes el trabajo y me firmes un documento de confidencialidad —dijo—, pero te aseguro que no te vas a arrepentir. Este va a ser el trabajo más importante de tu vida.

Yo estaba tan asombrado que no sabía qué decir. Permanecí en silencio unos segundos analizando los pros y los contras de todo aquello. En primer lugar, no sabía qué credibilidad conceder a aquella mujer que parecía un poco chiflada. Y, sin embargo, me producía curiosidad su aspecto anticuado y su brusquedad, casi graciosa de tan extrema. También me tentaba, tengo que reconocerlo, el misterio que rodeaba el asunto, el hecho de que pudiera ser, de verdad, un trabajo tan especial. Pero, por otra parte, estaba la Bibliotec

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