En la ciudad líquida (Caballo de Troya 2017, 6)

Marta Rebón

Fragmento

cap-1

1

Buceo

Ahora que lo pienso, llevo más de una década traduciendo un libro tras otro, aunque no elegí ser traductora, o al menos no a perpetuidad. Sin pronunciar un sí categórico, se decidió mi rumbo. A menudo las cosas suceden así. Parece que todo conspira para empujarte en una dirección. Decides y sueltas amarras sin ser consciente de que has quemado las naves, de que no hay vuelta atrás. Quería vestirme el traje de ese oficio que parecía hecho a mi medida. Daba la impresión de sentarme como un guante, no preveía encorsetamientos futuros. ¿Una profesión que me permitía trabajar por cuenta propia, estar rodeada de libros y tener un ordenador portátil a modo de oficina, con libertad plena para viajar? No es casual, decía Serguéi Dovlátov, que todos los libros tengan forma de maleta. En todo conviene mesura, pero ¿quién, de joven, no ha ido detrás de cualquier pasión que lo dominara y no ha desdeñado la virtud de ir midiéndolo todo con una cinta métrica?

Cuesta aprender que las pasiones, todas sin excepción, tanto las bajas como las elevadas, al principio son dóciles para quienes las cultivan; más tarde, se convierten en nuestras imperiosas dueñas. Gógol tenía razón: todo lo que habita en nosotros acaba transformándose de raíz y, antes de que nos dé tiempo siquiera a pestañear, habrá crecido en nuestro interior un horrible y despótico gusano que absorberá hasta la última gota de nuestra savia. Solo quien se ha curtido en numerosas travesías sabe atajar el mal en sus comienzos.

Un día, desde la precariedad de mi mesa de becaria en una agencia de Barcelona, escribí a Jorge Herralde y me ofrecí como traductora de ruso para su editorial. Estudiaba las últimas asignaturas de Filología Eslava —hoy ya una carrera inexistente— y no veía la hora de sacudirme el polvo de las aulas universitarias. No era mi primera licenciatura, antes había obtenido la de Humanidades, una temporada de la que recordaba con nostalgia el curso pasado en Cagliari, en la isla de Cerdeña, con una beca Erasmus. Como la Génova del traductor, poeta y crítico literario Giorgio Caproni —recordado, entre otras cosas, por sus traducciones al italiano de Proust, Céline, Baudelaire o Cendrars—, Cagliari es luminosa, vertical, etérea, de torres históricas, de cruceros, portuaria, húmeda. Para ir a la universidad, tenía que cruzar el empinado barrio de Castello, ceñido por murallas y baluartes de piedra. Al caminar por los vicoli, atraía mi atención la ropa tendida que aleteaba sobre mi cabeza. Acompañaban mi paseo las voces de los vecinos que, con las ventanas abiertas, hablaban entre sí en italiano o en esa lengua sarda que tomó palabras del catalán. Milena Agus, una de las escritoras de la nueva ola literaria sarda, comentó en La imperfección del amor la idiosincrasia del barrio de Castello: «Un lugar donde los ricos y los pobres, los intelectuales y los ignorantes viven en el mismo edificio y no es difícil enterarse de los asuntos ajenos». Esta escritora genovesa —hija de emigrantes sardos, que regresó de niña a la isla y tiene Cagliari por su ciudad— califica esta urbe de «ligera» por su carácter poco exhibicionista, por el mar sobre el cual se eleva y por su condición de superviviente. Señala que fue el núcleo urbano más bombardeado, después de Dresde, durante la Segunda Guerra Mundial, y que, tras coser sus heridas, después de que la abrieran en canal, ahí sigue erguida con dignidad. Descubrió esa cualidad, casi inmaterial, de su tierra en el libro Viajar ligero, de Gabriele Romagnoli. En él, el escritor boloñés reconoce su predilección por las ciudades que no camuflan las señales, cicatrices y prótesis, las que pasaron por el fuego purificador de la historia y se quemaron con la experiencia, hayan aprendido algo o no, pues ahí están otra vez en pie para enseñarnos algo.

imagen

San Petersburgo desde el mirador de la catedral de San Isaac © Marta Rebón

D. H. Lawrence captó esa misma cualidad etérea de Cagliari en El mar y Cerdeña (1921), que arranca con este inicio fulgurante: «Te sobreviene una absoluta necesidad de moverte. Y, aún más, de ponerte en marcha en una dirección determinada. Una doble necesidad, por lo tanto: moverte y saber adónde». En este diario de viaje el escritor inglés narró un periplo de nueve días, junto con su mujer Frieda, a la isla italiana.

imagen

Ilustración de Jan Juta para la cubierta de la primera edición de Sea and Sardinia (1921), de D. H. Lawrence. Wikipedia Commons

Al aproximarse en barco a la costa, divisó la capital sarda, una ciudad desnuda que se elevaba abrupta y dorada hacia el cielo: «Es como una visión, un recuerdo, algo que ha pasado. Imposible que se pueda pasear de veras por esa ciudad». En perpetua fuga de los lugares masificados, visitó ese rincón del Mediterráneo para ver si merecía la pena establecerse allí. Cerdeña parecía un territorio desgajado del tiempo, impasible a la cadena de acontecimientos que ocurrían más allá de sus fronteras y del abrazo del mar. Enseguida lo atrapó el deseo de vagabundear por sus sobrios paisajes y se dio cuenta de que no había motivo para anclarse a nada. Fantaseó con la posibilidad de un viaje interminable, con una vida en vuelo, en el temblor del espacio, para desasirse de una tierra fatigada que ya no tenía respuestas para el alma. De vuelta en Taormina, tardó poco más de un mes en escribir el primer borrador del libro y decidió que su texto fuera acompañado de imágenes fotográficas. Para su desesperación, fracasó en sus reiterados intentos de adquirir material y, descartado su plan inicial, optó por una colaboración con el joven pintor sudafricano Jan Juta, que se trasladó a la isla para cumplir con el encargo. El resultado fueron ocho llamativas ilustraciones en color que parecen carteles expresionistas.

imagen

Mapa con el recorrido de D. H. Lawrence por Cerdeña, incluido en la primera edición de Sea and Sardinia © The Internet Archive/American Libraries

Pero regresemos a Barcelona. Una inmersión de varios meses en el mundo laboral de las prácticas en empresas me bastó para entender que yo, «pobre barquita entre olas enfurecidas» —como se calificaba a sí mismo Chíchikov, el protagonista de Las almas muertas—, estaba abocada a naufragar en aquella vorágine. También me batí el cobre en una agencia de traducción especializada en catálogos de arte y como correctora de estilo en un magacín digital que enarbolaba la chabacana bandera de la «rabiosa actualidad» y decretaba cuáles eran «LOS EVENTOS QUE NO TE PUEDES PERDER». Luego trabajé de azafata para los actos que se celebraban en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona (donde presencié con estupefacción el despilfarro institucional). Hice lo mismo, lo de vestirme el uniforme de azafata y calzarme unos altos zapatos de salón, para ferias, congresos y eventos de todo tipo (eran épocas de buenos ingresos, incluso para quienes nos encargábamos de recibir y atender tutti quanti). Fui camarera e incluso gogó de discoteca. Hoy, cuando lo recuerdo, me pregunto con extrañeza: ¿de veras era yo?

Herralde me citó en el despacho de su editoria

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados