Escritos de un sonámbulo

Antón Patiño

Fragmento

Escritos de un sonámbulo

Palabras líquidas

Construir un libro-juego. Un mapa abierto, un collage de conceptos e intuiciones. Un agregado de ideas que se desplazan de forma fluida, sin ataduras. Palabras líquidas en busca de un determinado grado de transparencia. Se trata de crear una constelación que vaya más allá del sentido. Escritura-flujo. Partiendo siempre de un vacío y de un estado de no necesidad: donde todo puede tener cabida. A partir de la nada propiciar una deriva lúdica y existencial. Jean Duvignaud creó la expresión «intencionalidad cero», para poner en suspenso la racionalidad discursiva y dejarse llevar por destellos intuitivos: fulgurantes revelaciones. Instantes de lucidez (o delirio) como relámpagos que nos hacen ir de territorio en territorio. Meandros e intersticios. Islas de sentido (más allá de la razón discursiva).

Acercarnos en ocasiones a autores heterodoxos puede ayudar: desde muchos ámbitos del pensamiento se ha prestado atención a aspectos de la creación que se encuentran en una determinada periferia con relación a lo discursivo. Allí donde no alcanza el poder de la lógica, emerge otra realidad. Una nueva corriente de sentido que parece haber puesto en suspenso (al menos momentáneamente) muchas convenciones. Surgen articulaciones inestables. Secuencias erráticas que parecen expresar, con fuerza e intensidad, el sentido último de una realidad fragmentaria y que parece trasladarnos a una cierta plenitud. Escritura-pulsión. Hicimos algunos experimentos, en este sentido, con títulos como «Geometría líquida», «Mapa ingrávido» o «Caosmos». Deriva sensorial (en procesos de porosidad y ósmosis conceptual). Percepción errática: a modo de calidoscopio abierto. Construir agregados sensoriales. Artefactos de sin-sentido que están más allá de la lógica y de la rígida jaula racional. Entonces las palabras, como pájaros ebrios de libertad, vuelan hacia la lejanía.

Laberinto de la identidad

La identidad como una construcción frágil. La casa donde se agolpan las emociones y recuerdos, los retazos de existencia, el ser múltiple que camina por una cuerda inestable. Haciendo equilibrios. El ajuste de cuentas con todas las contradicciones (como ejercicio incierto: apuesta agotadora e interminable) para seguir quizá el itinerario de fértiles paradojas. Yendo un poco más allá. Tratando de incrementar esa lucha dialéctica sin temor al riesgo. Dotar a la existencia de un núcleo poderoso (esa línea roja de la que se tiene hablado en ocasiones: para establecer una posible certidumbre de la identidad). Estrategia que podría servir para blindarnos, al marcar unos hitos biográficos. Pero, es esencialmente en la porosidad, en los procesos de ósmosis y encuentro (en relación al despliegue de la alteridad) donde el espacio abierto de la personalidad puede crecer y manifestarse en plenitud. La naturaleza de la personalidad propia tiene que guardar el aliento plein air. Mantener el aroma de la intemperie. Respirar el aire libre. Aliento de oxígeno y rumor de lejanía. Una bruma que nace de la propia naturaleza. Es necesario conservar algo salvaje y aleatorio, una atmósfera que respire la memoria de lo abierto. Mantener una apuesta vital hecha de sensaciones intensas que nos perturban y atraviesan. El tránsito desde una indescriptible y plácida armonía intemporal al epicentro del magma donde vibra de nuevo la incertidumbre en un caos personal renovado.

Georges Bataille puede quizá acompañarnos en un tramo de la travesía. No sabemos si será saludable, pero a buen seguro que será útil. Un salvoconducto simbólico que en la intemperie más extrema puede iluminarnos con cierta sutileza. La condición humana aparece como experiencia límite. Cuando surge el espectro náufrago de una vida rota, puede mostrar la clarividencia de una determinada fragilidad. Una inquietante y paradójica (rotunda y ascética) fragilidad como antídoto. Iluminación del intersticio. Desasosiego y brillo en el vacío, lucidez del vértigo. Resistencia intersticial frente al bombardeo de las preguntas sin respuesta. «Un sentimiento de impotencia: tengo la llave del desorden aparente de mis ideas, pero no tengo tiempo de abrir», dice Bataille en La experiencia interior, y añade: «La risa era revelación, abría el fondo de las cosas». Respuestas perplejas para preguntas nihilistas que quieren desactivarnos emocional y espiritualmente. Hay momentos que Bataille nos habla con la voz de Samuel Beckett (¿o tendríamos que indicar al revés?). El pulcro bibliotecario asoma en el monólogo sin fin de los tambaleantes personajes del escritor irlandés. Perdidos en el océano de la vida. Como si llevara un poco más allá (su desolación e incertidumbre existencial). Si eso fuera aún posible. Un paso más allá en la desesperación. Límite del absurdo. Quizá es allí, en el contorno terminal de un lugar sin nombre, donde Bataille parece titubear balbuceante, en un texto lleno de sabios e inquietantes puntos suspensivos. Los párrafos aquí también saben suicidarse: al despeñarse las palabras en el vacío. El vértigo de ese vacío que fue a hallar en el luminoso azul incandescente del cielo deshabitado. Diario intermitente, entrecortado, perforado. Atravesado por intersticios. Escritura expectante, imperfecta, en proceso discontinuo, mostrando las huellas inacabadas del trabajo de urdimbre textual. El cansancio y la lucha del que va encadenando con dificultad una secuencia de ideas, en breves esbozos, con sus pausas dilatadas. Como apuntes entrevistos de un pensamiento errático. La demolición del sujeto que no claudica. Como residuo humano mantiene la entereza viva de preguntas-sombra. Angustia de una libertad informe que no nos lleva a parte alguna. Ningún sitio. Cualquier sitio es bueno para mostrar la inhumanidad. Inventario de rastros, donde asoma el paisaje roto de una humanidad calcinada. Submundo existencial. Más allá del subsuelo. En ese desierto de incomunicación y de aislamiento interior, el lúcido exilio de Beckett convoca las preguntas primordiales. El eco vacío de las primeras preguntas parece a modo de aforismos entrecortados dibujar la sombra de la huida del sujeto. Huida de sí mismo. Interior vacío (saturado de densidad existencial). Seres-isla. En pugna interior, hasta construir el silencio irrepresentable y conquistar el doloroso espacio del vacío.

Mapas paradójicos

Podemos trazar mapas paradójicos sobre la página en blanco. Escribiendo anotaciones en un cuaderno con rutas perdidas. Hasta diseñar extravíos en regiones secretas. Para recoger el murmullo de una gota de lluvia que se desliza por el vidrio de una ventana invernal. Cualquier resquicio del mundo asoma en nuestra conciencia. Registrando con precisión la cartografía volátil de nuestro desconcierto. Oscilación entre el relieve de la percepción y la conciencia de lejanía. El aura surge de ese desplazamiento simultáneo. Movimiento donde el primer plano de la mirada se desplaza hacia la visión del horizonte. Sombra y luz. Vista y tacto intercambian sus papeles hasta llegar a una fusión complementaria, como la que sugiere la hermosa frase de Maurice Blanchot: «Ve

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