Los amantes de Todos los Santos

Juan Gabriel Vásquez

Fragmento

El regreso

El regreso

But homesick unto death.

WITTER BYNNER

The patient to the doctors

Esto fue lo sucedido al volver Madame Michaud de la cárcel. Ocurrió en Les houx, la propiedad de la familia Michaud, y no fue reseñado en ningún periódico de Bélgica. Los episodios más antiguos de la historia ocurrieron treinta y nueve años atrás; fueron noticia comentada en todas partes, pero ya no debe haber nadie fuera de la familia que los recuerde.

Les houx es un terreno de unas tres hectáreas que el bisabuelo de Madame Michaud adquirió a finales de 1860, cuando el país era aún muy joven y en el principado de Lieja los terrenos próximos se adjudicaban sin mayor trámite. Ahí creció y vivió toda su vida el abuelo de Madame Michaud, y también su padre. Ahí nacieron Madame Michaud y su hermana menor, Sara, y ahí crecieron y vivieron ambas hasta que, poco después de haber cumplido cuarenta años, en septiembre de 1960 —un siglo había pasado desde que su familia se hiciera con la propiedad que era su emblema y su orgullo—, Madame Michaud fue llevada a juicio por el asesinato del pretendiente de Sara. Se la encontró culpable de haber envenenado al hombre con el raticida utilizado en los establos de Les houx, y fue condenada.

El nombre de Madame Michaud no importa, pero sí importa una aclaración con respecto a su apellido y a su estado civil. Michaud era su nombre de familia y el que figuraba a la entrada de la propiedad, así: Les houx, propriété privée. Famille Michaud, 1860. Hasta aquel septiembre, Madame Michaud era todavía Mademoiselle Michaud; nunca se le había conocido un novio, y muy pocos hombres la visitaron más de una vez; pero nadie descartaba la posibilidad de que, incluso a los cuarenta, contrajera matrimonio, pues el terreno de Les houx valía por la mejor de las dotes y volvía a cualquiera de las dos hijas un buen partido. Pero cuando se supo que Mademoiselle Michaud era condenada a cuarenta y cinco años de prisión, en las bocas de la gente se fue instalando el Madame. Había en ello una mezcla de respeto y de lástima hacia una persona que ya no podría casarse, y a la que iba a ser imposible seguir llamando señorita mientras envejecía en la cárcel. Madame Michaud cumplió su condena seis años antes de lo previsto, y lo primero que haría, bien lo sabía todo el mundo, sería visitar la casa de Les houx.

El amor que le tuvo desde niña a la casa y a los establos, a los cultivos y a las arboledas y hasta a los terrenos desnudos que daban a la carretera, ese amor desmesurado, sería su tragedia. Desde que aprendió a caminar, su pasatiempo favorito fue recorrer en soledad los recovecos de la casa. No había un rincón de la construcción inmensa que no conociera y al que no hubiera sido capaz de llegar con los ojos cerrados. Esto puede no parecer grandioso si no se conoce la casa de Les houx. Por eso debo decir que tenía tres pisos, dos escaleras que accedían al segundo (una de la cocina y una del zaguán) y otra más que subía directamente al zarzo. Su perímetro era regular, un rectángulo cerrado y perfecto como una caja fuerte; pero por dentro era de diseño impar, llena de nichos y de esquinas impredecibles. Había un cuarto sin puerta al que se entraba corriendo el falso fondo de un armario: ahí, el abuelo había escondido papas y repollos de su cosecha para provocar la subida del precio durante el cambio de siglo, y el padre había escondido a una pareja judía durante la segunda guerra. Entre los dos eventos, el cuarto había pertenecido a la niña. Ella era por naturaleza solitaria, y ni siquiera su hermana sabía dónde buscarla a la hora de sentarse a la mesa o cuando alguien la necesitaba para algo. Se sabía que había estado en los establos porque llegaba oliendo a heno y a estiércol; se sabía que había pasado la mañana en la arboleda porque sus vestidos llegaban rasgados por conos de pino o estropeados sin remedio por la resina de los troncos. Cuando creció, sus padres se preocuparon: Mademoiselle Michaud visitó médicos y algún aprendiz de psicoanalista, porque a la gente le resultaba incomprensible que una joven de diecinueve años pasara todo el día sola en lugar de ver a sus amigas. Nadie entendía que no se la pudiera encontrar nunca en el mismo lugar de la amplísima casa; nadie entendía que desperdiciara los veranos vagabundeando por las tres hectáreas como un gato que orina para marcar su territorio. Empezó la guerra, y Mademoiselle Michaud ganó una súbita importancia en las funciones de Les houx: durante los bombardeos nocturnos, cuando la corriente eléctrica de todo el país se cortaba para que los aviadores no ubicaran sus blancos, ella era la única capaz de encontrar objetos perdidos en la oscuridad, o de atravesar la propiedad de un extremo al otro si era preciso alimentar a los caballos o dar un recado al mayordomo. Todo ello determinó que, en 1949, cuando murió el padre de las señoritas Michaud, la madre, que hasta entonces se había desentendido de esos asuntos, entregara la administración de la propiedad a la única persona que podía obtener resultados satisfactorios; y Mademoiselle Michaud tuvo la excusa perfecta para olvidar u omitir los ímpetus matrimoniales de los jóvenes de Ferrières o de Lieja o incluso de Lovaina. En ese estado, que para ella se acercaba al paraíso, pudo permanecer durante varios años. La casa nunca había conocido, ni conocería, un esplendor semejante.

En 1958 Sara recibió la visita de Jan, un joven flamenco cuyo apellido nadie retuvo fácilmente: ni la madre, por falta de esfuerzo, ni la hermana, por ensimismamiento y desinterés. Todos los martes y todos los sábados durante dos años se le vio llegar en un Studebaker color de palo de rosa —que aparcaba frente a la casa, en el lugar que el padre había ocupado desde que compró su primer carro—, e irse apenas comenzaba a caer la noche. Rara vez coincidió con Mademoiselle Michaud en la casa: desde que lo veía cruzar el portón de entrada, ella desaparecía. Aquel hombre le resultó antipático desde el principio, y francamente repulsivo desde el sábado de verano en que llegó, no por la tarde sino antes de mediodía, con una cuadrilla de ayudantes cargados de varas de medir. Mademoiselle Michaud, desde varios rincones de la propiedad, los observaba sacar cuentas, medir el flanco que daba a la carretera, la superficie de la arboleda o la que ocupaban los terrenos sobre los que no se había construido ni nadie pensaba todavía en construir. El sábado siguiente, la misma rutina de mediciones se produjo; y al entrar a la casa, en la noche, Mademoiselle Michaud se sentó frente a su madre, que leía apaciblemente Le rouge et le noir. Mademoiselle Michaud guardaría para siempre ese dato nimio, porque en ningún momento de la con

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