Cuentos completos

Mario Benedetti

Fragmento

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Nota previa

El presente volumen reúne los relatos recogidos en las antologías de cuentos y de libros misceláneos (o «entreveros literarios», como los denominó el autor) publicados a lo largo de la dilatada carrera de Mario Benedetti: Esta mañana (1949), Montevideanos (1959), La muerte y otras sorpresas (1968), Con y sin nostalgia (1977), Geografías (1984), Despistes y franquezas (1989) —que integraron, todos ellos, la primera edición de los Cuentos completos en Alfaguara—, más los contenidos en Buzón de tiempo (1999) y El porvenir de mi pasado (2003).

Los textos incluidos en El porvenir de mi pasado fueron escritos entre los años 2000 y 2003 salvo «Niñoquepiensa», que se escribió en 1956 y se publicó en 1961 junto con otras crónicas humorísticas.

El volumen incluye, asimismo, el prólogo del escritor mexicano José Emilio Pacheco en 1994, aún en vida del autor uruguayo, con ocasión de la publicación de la primera edición de los Cuentos completos en Alfaguara.

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Mario Benedetti o los puentes sobre los mares

Prólogo a la primera edición

En 1995 Mario Benedetti cumple medio siglo de escritor. Su libro inicial, hoy expulsado de Inventario, se llama La víspera indeleble. Simboliza el comienzo de la generación uruguaya de 1945 —la generación crítica, como la designó Ángel Rama—, que tiene en Benedetti su más alta figura literaria y halló su centro en Marcha, el gran semanario de Carlos Quijano. Emir Rodríguez Monegal, su amigo y compañero de aquellos tiempos, escribió en la revista generacional Número el primer ensayo de conjunto hecho en cualquier idioma acerca de Borges. Lo que en ese entonces dijo Monegal describe a Benedetti a los cincuenta años de haber empezado su trabajo: no es sólo un escritor sino una vasta y compleja literatura con su pluralidad de géneros y su unidad secreta.

Del mismo modo que «estilista» pasó a nombrar al peluquero de lujo, «polígrafo» se llama ahora al detector de mentiras y «hombre de letras» a quien hace vida literaria sin tomarse el trabajo de escribir, no queda en nuestro vocabulario un término capaz de abarcar una actividad como la de Benedetti. Poeta, novelista, cuentista, crítico, ensayista, desafía todo intento de clasificarlo y ha enriquecido cada género con la experiencia ganada en los demás. Hasta la oposición prosa/poesía es destruida por Benedetti en El cumpleaños de Juan Ángel, que restaura como vanguardia la novela en verso y se anticipa en dos décadas al inesperado retorno del poema narrativo.

El novelista de Quién de nosotros, La tregua, Gracias por el fuego, Primavera con una esquina rota, La borra del café; el poeta de Poemas de la oficina, La casa y el ladrillo, Cotidianas, Viento del exilio, Las soledades de Babel y los demás libros reunidos en ese Inventario que a cada edición aumenta; el ensayista de Literatura uruguaya siglo , Letras del continente mestizo, El ejercicio del criterio, Sobre artes y oficios, La realidad y la palabra, entre otras muchas colecciones; el escritor político de El país de la cola de paja, Crónicas del 71, Terremoto y después; el dramaturgo de Ida y vuelta y Pedro y el capitán, es también el gran cuentista de Esta mañana, Montevideanos, La muerte y otras sorpresas, Con y sin nostalgia, Geografías, Despistes y franquezas, libros reunidos en este volumen de Cuentos completos.

Hay demasiados libros y demasiados seres humanos llenamos el planeta. Nada más natural que prefiramos al escritor compacto, al autor de una sola obra, cuanto más breve mejor; y en literatura reclamemos la estricta división del trabajo: por una ley no escrita pero vigente los poetas tienen prohibida la narrativa, los narradores la poesía. Benedetti ha vencido todos estos obstáculos, ha actualizado la totalidad del ejercicio literario que practicaron los grandes escritores de otros siglos y ha sabido crear un público que lo sigue en muchas partes, de libro en libro y también en los periódicos, en la escena, en los discos.

A pesar de la comunicación instantánea, las literaturas hispánicas han vuelto al aislamiento, a la mutua ignorancia y al autoconsumo. Benedetti es uno de los muy pocos autores leídos en todos los países del idioma (y en innumerables traducciones). Radicalmente uruguaya y montevideana, su obra es vista no sólo como la historia íntima de su patria sino como la gran crónica interior de todo lo que ha pasado en Hispanoamérica durante los cincuenta años que abarca su producción.

Benedetti no buscó el éxito ni ha dejado nunca de ser fiel a sí mismo, a sus obsesiones y a los azares del cruce de su biografía con la historia de todos. Ha escrito lo que muchos sentíamos que necesitaba ser escrito. De allí la respuesta excepcional y acaso irrepetible despertada por sus libros.

Los montevideanos llaman «el mar» al cuerpo de agua que los extranjeros vemos aún como el Río de la Plata a punto de encontrarse con la sal del Atlántico. Benedetti ha hecho lo imposible: tender puentes sobre los mares que nos separan en vez de arar en ellos o escribir sobre el agua. La gran tragedia nacional que lo lanzó al exilio lo hizo colonizar todos los territorios arrancados por él a lo no dicho y a lo indecible. Ninguna violencia pudo arrebatarle la ciudad construida por sus palabras.

Debe de haber alguna explicación histórica para el admirable desarrollo del cuento en la zona rioplatense. En un acto de sociología instantánea, podemos suponer que los inmigrantes necesitaban contarse historias de las tierras que habían dejado atrás y articular su experiencia ante los nuevos países. El gran oleaje inmigratorio se dio en la edad de oro del cuento, la era de Chéjov, Maupassant y Kipling. Las revistas traducían relatos para su público urbano y rural, así como para los viajeros de los ferrocarriles y los barcos que comunicaban a Buenos Aires con Montevideo y a Montevideo con Buenos Aires, «el vapor de la carrera» que aparece más de una vez en la obra de Benedetti.

Ya en la primera época de este que expira y pronto hará de nosotros reliquias, sobrevivientes del siglo pasado, los cuentos de Horacio Quiroga y Leopoldo Lugones establecieron en la literatura rioplatense las tradiciones que a falta de mejor nombre llamamos realista y fantástica, los antecedentes que en parte hicieron posibles a Borges y a Onetti, a Cortázar, a Bioy Casares, a Benedetti y a quienes hoy recogen brillantemente su herencia. Hacia 1940 los escritores y editores del exilio español se encontraron con el círculo formado en torno a Borges y Victoria Ocampo. Buenos Aires fue, por lo menos hasta Rayuela y Cien años de soledad, el gran centro transmisor de la nueva literatura en todas las lenguas. El denostado Uruguay de la clase media y la burocracia, «el país de la cola de paja» al que, con la rabia que sólo puede brotar del más doliente amor, Benedetti llamó en 1960 «la única oficina del mundo que ha alcanzado categoría de república», también produjo un sistema educativo, una serie de publicaciones y un lector sin el cual

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