La habitación de cristal

Luis Manuel Ruiz

Fragmento

1. El coronel que perdió la cabeza

1. El coronel que perdió la cabeza

Para llegar a la casa, había que recorrer una de las avenidas centrales de Potsdam y girar a la derecha después de un quiosco de barquillos. Se descendía por una carretera flanqueada de álamos que solían frecuentar niñeras con carritos de la mano o acompañadas de jóvenes de uniforme que les hacían reír susurrándoles palabras al oído; esta carretera se encontraba vigilada intermitentemente por edificios de sequedad imperial, protegidos en el fondo de un jardín, tras una valla con lanzas y urnas, donde residían los supervivientes de la antigua Prusia heroica de Bismarck. Aquella casa se diferenciaba del resto en la tonalidad crema de las fachadas, aunque la arquitectura guillermina era la misma, con las dos alas, los amplios ventanales y el tejado de pizarra que conservaba, como todo en la zona que más sables y medallas había aportado al antiguo Reich, un color de armadura vieja. La obligatoria cancela estaba compuesta de dos docenas de barrotes y un escudo algo desteñido; detrás, un jardín con setos en espiral, estanques y faunos de piedra conducía a la entrada principal. Sólo la mitad de la casa se hallaba habitada, lo cual no sorprendía a nadie que pusiese atención en calcular sus dimensiones: el ala oeste se llenaba exclusivamente con motivo de visitas, bailes, recepciones o ceremonias sociales, razón por la cual los muebles arrumbados en aquella parte hacía mucho que no se desprendían de las sábanas que los mantenían cubiertos. La sala central del ala este, la habitada, era un extenso comedor con una mesa de caoba a la que solía sentarse un único comensal y muchos tapices en los muros, con hombres bordados cazando gacelas. La disposición de la planta baja imitaba los laberintos de parterres que decoraban el jardín: del comedor se salía a un inacabable pasillo ocupado por armaduras, que a su vez desembocaba en otro salón lleno de armas y condecoraciones, en el que un chatarrero habría disfrutado de algo muy parecido a la felicidad. Aparte de esas someras precisiones topográficas, el resto de las dependencias resultaba difícil de ubicar. Había una sala de té, con una chimenea de mármol sobre cuya repisa goteaban cuatro relojes escrupulosamente sincronizados; había una sala para fumar, con estanterías de maderas nobles, cajas de puros cerradas y un oscuro aroma a digestión y sobremesa en el aire; había una galería que servía de museo, donde se almacenaban con un criterio no muy transparente enseres notables por su belleza, por su monstruosidad o por pertenecer a esa categoría esquiva que se conoce con el nombre de arte. El museo podía situarse con facilidad porque contaba con una puerta que lo comunicaba al invernadero, y el invernadero se abría al jardín y a la fachada frontal. Las habitaciones útiles de la planta de arriba se contaban con los dedos de una mano: la alcoba matrimonial, con el casto dosel sobre la colcha de hilo y las cortinas de macramé; un vestidor tapizado con flores de lis y un ropero agazapado en una pared lateral; un tocador vacío que ya nadie usaba, en cuya coqueta se conservaban como reliquias las polveras y los perfumes de una mujer que no volvería a emplearlos. La entrada principal constituía el acceso más sencillo a la casa, a través de los tres escalones de mármol después de atravesar la avenida de parterres y la cancela. Su inconveniente más señalado era que había que contar con el saludo del mayordomo, una persona servicial y atenta que rogaba entregarle el bastón, el sombrero y el paraguas, y que se empeñaba en perder al visitante a lo largo de una superposición insólita de vestíbulos, gabinetes y salitas, para terminar en un punto del edificio que no resultaba evidente. La servidumbre estaba obligada a utilizar la entrada trasera, a través de las cocinas y una escalera descendente que desembocaba en el sótano y que cruzaba unas tétricas mazmorras habitadas por armarios con vestidos viejos y naftalina. Existía un tercer acceso, el que conducía desde el invernadero al museo y de allí al inextricable enigma del resto de las habitaciones.

Aquel día de febrero la puerta del invernadero, que contaba con ocho montantes de metal, cristales y una cerradura no muy fiel, aparecía entreabierta, como si el viento hubiera jugado a probar los goznes. El ambiente del interior del invernadero recordaba mucho a los acuarios, o a la penumbra remota de los barcos hundidos: muy escasos rayos de sol lograban penetrar a través de la estameña de ramales de los helechos, los ficus y las costillas de Adán. La puerta que unía el invernadero con la galería se encontraba también abierta, pero aquí no cabía atribuir el descuido al viento. Galería o museo eran los términos vagos que los habitantes de la casa empleaban sin compromiso para designar la gran sala que se abría detrás de aquella puerta, cuyo aspecto podría haber hecho pensar a un turista desprevenido en un guardamuebles, en la zona del sótano de unos grandes almacenes en que se hacinan los maniquíes sin vestir o en un vertedero de escombros. El dueño de la casa había reunido allí todos los objetos que le gustaba coleccionar, siguiendo la misma pauta enigmática que le había hecho distribuir las habitaciones del edificio: un primer examen arrojaba la presencia de jarrones chinos, espejos de todos los tamaños y figuras, relojes, lámparas, globos terráqueos de metal y madera y marfil, chibuquíes, incluso algún sable y yataganes orientales, aunque el emplazamiento de las armas correspondía a otra sala interior con menos luz y más óxido. Definitivamente, el término de museo resultaba demasiado elogioso: las cosas parecían haber sido agrupadas siguiendo extraños impulsos, no por afinidad, no por efecto estético, sino del mismo modo que si hubieran ido cayendo en un lecho geológico para formar estratos, indicios fósiles de las diferentes etapas que había ido atravesando la vida de su dueño. En un rincón brillaba la madera de avellano de una hermosa esfera armilar, a la que hacía compañía un rígido carillón con las agujas desorientadas; en la pared frente a los ventanales se producía un desfile de consolas y sillones, algunos de patas complicadas, con tapicería a rayas y guardabrazos tallados con tritones y nereidas; en otra esquina, un viejo niño Jesús de porcelana contemplaba cómo el moho cubría pacientemente su corona; y en el muro que conectaba la sala al invernadero, los ventanales, altos y delgados, convivían con los bodegones, los retratos de batallas y los espejos. A un lado de la puerta que accedía al interior de la casa, un mueble botellero ofrecía licores imprecisos; a unos pasos de él, uno de los espejos había caído de la pared y se había hecho pedazos sobre la moqueta. Por último, en el centro de la sala, con una pistola aferrada

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