Punto de fuga

Jeremías Gamboa

Fragmento

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El edificio de la calle Los Pinos

 

Cuando el timbre de la casa sonó por primera vez en medio de la noche, lo primero que pensé fue que aquello solo podría ser producto de una alucinación o quizás de una mala broma. Llevaba acostado una hora, tenía los ojos cerrados e intentaba dormir infructuosamente después de haber sido relegado a un extremo de la cama por Lorena. Me estaba empeñando en evitar esas ideas absurdas que todas las noches se suceden en mi mente antes del sueño, cuando de pronto escuché que el timbre sonó. Con la intensidad de cualquier ruido a las cuatro de la madrugada, cuando el vecindario, la ciudad entera, parecen dormir. Abrí los ojos de golpe y permanecí así, alerta, inmóvil: solo hubo silencio. Después de unos segundos de quietud supuse que alguien había llegado tarde al edificio, tal vez ebrio, y se había equivocado de intercomunicador. Cuando el timbre volvió a sonar, menos alarmante que la primera vez, empecé a sospechar vagamente de qué se trataba. Ver a Pineda ahí, atisbando ávidamente la ventana de la casa desde la puerta del edificio, vestido tal como se había despedido de nosotros hacía más de una hora, me pareció de alguna manera lógico, lo único posible a esas alturas de la madrugada: seguramente se había olvidado de las llaves de su casa, como muchas otras veces, de decirme alguna cosa importante —el motivo principal por el cual me visitó y que olvidó a lo largo de la noche— o de algo similar. Solo después de abrirle la reja y acercarme a la puerta, cuando lo vi entrar pidiendo disculpas por la irrupción y con el rostro desencajado, es que empecé a preocuparme. Pineda estaba agitado, distanciado, como alguien que, se me antojó, acabara de cometer un crimen involuntario. Intenté calmarlo, recuerdo haberle pedido que se sentara y me dijera con calma qué había pasado, por qué volvía a la casa después de una hora y media de habernos despedido. Él intentó controlarse, se dejó caer sobre un cojín de la sala, y después de un rato se animó a decirme aquello que, desde que lo vi parado ahí en la entrada del edificio, me temía:

—Es por mi casa —me dijo—. Alguien ha entrado a ella y no sé qué hacer.

—¿A tu piso? —le dije, entre asustado y divertido, imaginando policías, llamadas telefónicas, denuncias y yo en el medio de todo ese delirio.

—No, al piso no —respondió, cortante—: al edificio. Al edificio de la calle Los Pinos.

—Bueno, entonces cuál es el problema; un culo de gente extraña entra a los edificios de otras personas.

—No te hagas el loco —me respondió—. Tú y yo sabemos bien cómo es el edificio de la calle Los Pinos.

Tenía razón. Claro que lo sabía. Sabía muy bien cómo era. Así que no supe qué decir.

Había una cajetilla de cigarrillos encima de la mesa, de modo que prendí uno nerviosamente mientras me daba cuenta de que en verdad no tenía nada que decir, como tampoco tuve nada que decir cuando vi por primera vez el edificio de la calle Los Pinos, el departamento de Pineda, las condiciones en que lo había tomado. Mi amigo me había contado más o menos cómo era el lugar que había rentado para estar por fin solo, lejos de los problemas de su familia, según me dijo, con tiempo para vivir en paz y para escribir en sus ratos libres, y la verdad es que todo sonaba muy bien. Incluso llegué a sentir algo de envidia al escucharlo: el sitio era amplísimo, lleno de luz, y estaba ubicado en el undécimo piso de un edificio que quedaba a solo una cuadra del parque central de Miraflores. Desde las ventanas de su habitación —recuerdo que me dijo esto con un brillo intenso en los ojos—, se podía ver el mar y el perfil de la ciudad. Recuerdo que lo felicité muchas veces durante esa tarde, luego del cine y mientras caminábamos rumbo a mi casa, y al despedirme lo felicité una vez más. No sé si hice bien. El día en que conocí el departamento, un domingo en que lo ayudé en una mudanza minúscula en la que apenas tuvimos que desplazar algunos libros, una cama y un televisor, comprobé que la descripción que había hecho Pineda era en buena parte cierta —aun cuando del mar no se veía más que una pequeña franja muy al fondo, entre una maraña de edificios—, pero que había algo sórdido, tenazmente perturbador en el lugar.

Lo primero que me sorprendió del edificio de la calle Los Pinos fue su aspecto: era una construcción aparatosa, horrenda y delirante. Seguramente la peor de cuantas haya habido en Miraflores. Lo segundo fue que pese a ello nunca me hubiera detenido en él: frente a mí se erguía un armatoste de unos veinte pisos, pintado de un color azul eléctrico llameante y agresivo, cuyos contornos en zigzag daban la impresión de pisos o departamentos a punto de desprenderse, de salir disparados de su base. Pensé inmediatamente en un enorme acordeón puesto de pie, en un sánguche desacertado, en una enorme nave espacial que nadie se animó a lanzar al espacio y que ahora existía como una absurda pieza de museo o una guarida de ratas o de locos.

Pineda se acercó a la base de esa nave y de pronto, de un punto casi invisible a primera vista, me descubrió la puerta de entrada: se paró al lado de una reja intimidante y después de muchos forcejeos liberó su candado; abrió las dos alas de fierro y desató un chirrido escalofriante que no olvidé incluso cuando seguí tras él cargando las cosas y me vi reflejado en una de las dos paredes de espejos que flanqueaban el corredor, un pasadizo estrecho que conducía irremediablemente a un antiguo ascensor: a un lado pude ver una lista que enumeraba los inquilinos morosos del edificio y los nombres de algunas sociedades de abogados, de ciertas agencias inmobiliarias y los consultorios de lo que parecía una clínica para enfermos mentales. No había ningún movimiento en el lugar, pese a que era una tarde de domingo: solo un hombre dormía abandonado en una oficina minúscula que más bien parecía una caseta, apenas resaltado por la luz de su mesa. Una vez en el piso once me interné en una ramificación caprichosa de pasadizos absolutamente oscuros. Comprobé que los focos existían, pero estaban todos apagados. Presentí un par de golpes fuertes a unos metros delante de mí, un traqueteo crispado, el sonido de otra reja casi igual de sólida que la anterior y de pronto un disparo de luz que nos cegó: era su departamento. En el momento en que miraba la ciudad desde sus ventanas, las calles de Miraflores por un lado, los edificios lejanos de San Isidro por el otro y más abajo la calle Porta, me di cuenta, con pánico, de que ese era un edificio destinado solo a oficinas en el que nadie, excepto él, se quedaría a dormir esa o cualquier otra noche. Entonces fue que no encontré las palabras.

—Es un sitio muy extraño —le dije por fin, resolviendo el tema de una buena vez, acabando mi cigarro y matándolo sobre el cenicero junto a los demás puchos que nos habíamos fumado toda la noche mientr

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