Con el viento solano

Ignacio Aldecoa

Fragmento

Lunes, Santa María Magdalena

Lunes, Santa María Magdalena

Las paredes manchaban. El marinero negro, de pantalón azul impúdicamente ajustado hasta media pierna, acampanado sobre los pies desnudos, cubierto el torso con una camisa a rayas amarillas y moradas, sonreía tocando el acordeón, sentado bajo las palmeras. Enfrente, la negra de caderas atinajadas, con los pechos descubiertos y un faldellín vegetal en torno a la cintura, culebreaba el ritmo. Con saliva o con vino, dedos anónimos habían retocado el trópico al temple en un sentido obsceno.

Sobre la puerta de la habitación había un reloj de péndulo y gran caja. Sus agujas marcaban las seis. Estaba parado. Al fondo, el balcón abierto permitía oír gritos y carcajadas de mujeres y hombres en la calle.

Del techo colgaba una lámpara con copas para las bombillas, de color de malva. Su luz era turbia, penumbrosa, blanda. Bajo la lámpara, una desnuda y económica mesa de comedor. En torno de ésta, sillas de diferente factura. Sillas de colmado pintadas de verde, de gruesas patas y asiento de paja, con flores de calcomanía en los respaldos; sillas del juego de la mesa, tapizadas en rojo; sillas plegables de aguaducho de verbena.

Los gritos y las carcajadas se escuchaban ya dentro de la casa.

Entró en la habitación un hombre y de un salto se sentó en la mesa. Cuando la algazara se canalizó en el pasillo, hizo ruidosamente palmas y canturreó. Desembocó la jarana. Tres mujeres y cuatro hombres. Tras éstos, calmosamente, serenamente, aburridamente, una mujer madura que se apoyó en el quicio de la puerta e hizo una mueca de disgusto por el ruido. Dio una orden con voz bronca.

—Maruja, cierra el balcón, que no son horas.

Una de ellas, rubia reteñida, gordezuela, se acercó al balcón taconeando en corto y cerró. El que había hecho palmas y canturreado se dirigió a la que había dado la orden.

—Se dice buenas noches, marquesa.

La mujer se encogió de hombros y preguntó ásperamente:

—Bueno, ¿qué vais a tomar? A las tres se echa la llave, ya lo sabéis.

Hundió las manos en el gran bolsillo de su delantal y esperó. Se hizo un silencio interrogante. Los hombres no se decidían a pedir. Maruja barbilleó a uno de ellos.

—Manolo, chati —dijo—, ponnos a beber de lo bueno —añadió mimosamente—: Estírate, que hoy hay que armarla. Anda, monín…

Manolo lo consultó con sus compañeros.

—¿Qué bebemos? ¿Una de La Guita?… Es que son doce chulés.

De pronto se animó.

—Tráete una botella aunque tenga que vender el sillón de la barbería y tirarme a la carretera a dar sustos al mundo.

Maruja celebró el desplante.

—Eres lo más hombre que hay de aquí a Portugal.

La mujer madura no se movió de la puerta. El barbero extendió las manos con las palmas abiertas, haciendo un ademán de extrañeza. Preguntó, ladeando la cabeza, sin mirar a Maruja:

—¿A qué espera ésta?

Maruja le susurró, frunciendo los labios:

—Ya sabes cómo es la Carola. Es que el otro día se quedó una botella sin pagar y… ¿Tú me entiendes? Vamos, que quiere el parné por adelantado.

Manolo se indignó momentáneamente. La Carola seguía con las manos en el bolsillo del delantal, apacible, irreductible, mirándolos con aire distraído. Maruja ofició de intermediaria.

—Anda, no seas tonto. A ti ¿qué más te da? Dame los billetes, que se los doy yo.

Manolo sacó un billete de cien pesetas. Maruja se lo arrebató de las manos y se lo pasó a la Carola, que en el acto le devolvió cuarenta pesetas, sacándolas, sin contar, del bolsillo del delantal. Maruja entregó la vuelta al barbero reservándose un duro.

—Éste para mí, ¿eh? —dijo haciendo un mohín.

Maruja se metió el billete por el escote. Manolo contestó entre malhumorado y satisfecho de su propia generosidad y rumbo:

—Que es un servicio completo, que tú me buscas la ruina…

Maruja se reía. Una de las compañeras decía al que estaba sentado en la mesa:

—Sebastián, cántate algo por Marchena.

La Carola, antes de desaparecer por el pasillo, advirtió:

—A las tres se echa la llave: ya lo sabéis. No quiero líos con la policía.

A las doce en punto, había dicho Sebastián Vázquez: «A las doce en punto te estás en el Columba como un clavo. Ya sabes que no me gusta esperar. Después no te quejes». Cuando Sebastián le hablaba, se desazonaba Lupe. Abría mucho los ojos y asentía con la cabeza. Se estaba arreglando. En la mesilla, pegada al espejo, tenía un cabás de colegiala con una fotografía de un artista de cine pegada a la tapa. En el cabás guardaba el lápiz de los labios, el tarro del maquillaje, el frasco del esmalte de las uñas… Estaba pensando que Sebastián la había citado a las doce en punto, que si llegaba tarde podía haber bronca o podía haberse marchado, que Sebastián se lo decía muchas veces, era como era y no había que darle vueltas, y hasta puede que ella nada le importara.

Lupe se miraba al espejo una y otra vez. Estiró los labios y mostró los dientes. Entró una compañera comiéndose un bocadillo de sardinas. Le chorreaba un poco el aceite por las comisuras de los labios. Hablaba silbando las eses, con el dejo de la profesión.

—¿Te espera tu novio, Lupe? ¡Menudo gachó el Sebas! Te tiene sorbidita, chiquilla. Ya me quisiera echar yo a un tipo así a la cara; las iba a pasar el tío de a quilo. ¡Con lo que yo soy! A los hombres hay que saber darles su faena.

Lupe no le contestó. La miraba fijamente en el espejo. La compañera continuaba:

—Si cuando yo digo… En fin, allá tú, cada una sabe sus cosas, ¿no?

Mordió el bocadillo y salió cantando con la boca llena, haciendo un guiño canalla con los ojos: Gitano, tano, tano de mi vida…

Lupe quedó un momento en suspenso. Luego miró la hora en su reloj de pulsera y sintió un arrebato de prisa. Se atusó el pelo y se levantó.

Sebastián estaba bebiendo en el mostrador del bar Columba. Estaba bebiendo con el novillero Antonio Jiménez. El muchacho encargado de la cafetera atendía a la conversación mientras trabajaba.

—Mañana —dijo Sebastián— tienes que arrimar el ombligo; irá mucha gente de Talavera a verte. No hagas el papelón, porque entonces ya te puedes despedir para los restos.

Antonio Jiménez escuchaba a Sebastián sintiendo como un reblandecimiento gustoso con sus palabras.

—Ya lo sé, Sebas. En mañana está todo mi porvenir. Ya lo sé, hombre, que me tengo que arrimar, pero déjame tomar esta copa tranquilo: no me lo recuerdes.

Sebastián insistía:

—¿Somos amigos o no somos amigos? ¿Cómo no te lo voy a recordar? Tú ya sabes que si hay alguien que te quiera aquí, ése soy yo. Yo soy un amigo verdad. Y un amigo tiene que decirte las cosas claras.

La conversación venía arrastrada de to

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos