La sed del ojo

Pablo Montoya

Fragmento

21

Madeleine

Las fotos que consiguió Lefebvre, aunque no reprodujeran el acto, eran mediocres. Había una relación, no sé si premeditada, entre el tosco aspecto de las modelos y la apariencia misma del soldado. Eran mujeres pisoteadas por el alcohol, por el opio, por sucesivas noches y amaneceres pasados en vela, por las risas de los hombres. Lefebvre tenía también un halo de decrepitud en las facciones de su cara. Las ojeras y el perfil de la enorme nariz guardaban el paso de años transcurridos en la estrechez y la humillación. El pelo carecía de brillo y su cuerpo daba la impresión de no corresponder a la voz de quien decía tener veinte años. Lefebvre creía que una de esas modelos era hermosa. Él le decía “La Valiente”. Y acaso fuera cierto que tuviera un encanto el cuerpo exuberante de la mujer. Pero se exigían otras circunstancias, otras poses para que los atributos alegados por el militar se notaran. La ramplonería del ropaje de “La Valiente” me produjo un hondo rechazo. Aquí tenía cascos de húsares, botas de mercenarios que iban hasta el inicio de los muslos, bayonetas con filos en actitud de ataque. Allá, correones que surcaban los pechos prominentes al modo de burdos escudos. En unas fotos aparecía como un combatiente antiguo, trajeado el cabello con hojas de olivo, enarbolando una espada que pertenecía a nuestros años napoleónicos y no a épocas pasadas. Y en todas las imágenes sus ojos eran desafiantes y la boca poseía un gesto que parecía estar gritando en una escena de vulgar comedia: ¡a la carga! Lefebvre venía de los alrededores de Bar-le-Duc. Había trabajado con sus padres en las labores del campo. Gracias a su servicio militar, desde hacía meses estaba en París. Era evidente que en la ciudad se sentía extraviado. Pero en esa condición uno veía que Lefebvre hallaba un arrebatado entusiasmo. Le gustaba atragantarse de cerveza y fumar cigarros de hachís en sus permisos semanales. En ese estado, dijo, iba a las sesiones de fotografía. En las fotos que me enseñó, y que yo habría de comprar para convencerme más de los motivos que justificaban mi persecución a Belloc, se veía acompañado de dos mujeres. En las figuras del sexo todos reían. O sacaban la lengua cuando sus bocas no se entrometían en las faenas de la felación. Al empezar, me confesó Lefebvre, tuvo dos dificultades. La primera consistía en mantener el ritmo pedido por los fotógrafos. La segunda era el tamaño de su sexo. Se enfadaban con él por su inexperiencia, asociada a la embriaguez. Una embriaguez que precipitaba el desfogue del inmenso miembro. Además, sus eyaculaciones incomodaban por ser ruidosas y, en cierta medida, inclinadas a impericias violentas. Pero al cabo de varias sesiones el aprendizaje fue adquiriendo una soltura que las modelos agradecieron. Y dónde quedan esos estudios, pregunté inesperadamente. No son estudios, dijo el soldado con decepción, se trata de hoteles, de prostíbulos, de sótanos. Yo no supe, en verdad, si los alardes de Lefebvre en la cama eran ciertos. O si escondían la poca eficacia de un amante para nada pertinaz. En todo caso, era ese protagonista anónimo que estremecía la soledad de muchos. Le pregunté de dónde salían las fotos. Me miró como si estuviera esperando esa pregunta desde nuestro primer encuentro. La información exigía, me di cuenta, una buena recompensa. Mostré el dinero. El bar, a esas horas de la noche, estaba casi vacío. Un viejo dormía sobre una de las mesas. A nuestra izquierda, pero retirados hacia el fondo del establecimiento, tres hombres jugaban cartas en medio de la oscuridad. El mozo lavaba platos en la cocina mientras silbaba una melodía de moda. Lefebvre dijo el nombre que yo ya conocía. Es normal, expliqué, que una mercancía de ese tipo sea gustada por dos clientes distintos. Retiré los billetes. Quién está detrás de la señorita Pirraux, insistí. Uno de los jugadores soltó una cansada exclamación de victoria. El soldado giró y miró hacia la mesa de donde procedía la celebración. Por qué no se lo pregunta a ella, dijo. Sonreí también e hice el mismo gesto de fatiga utilizado por Lefebvre. Con ella no hablo de estos asuntos, repliqué. El soldado se rascó la nariz. Afirmó incrédulo. De repente, bostezó. Un instante se detuvo para mirarme. Hasta que la prolongación de la boca le hizo cerrar los ojos. Tomó de nuevo el dinero de mis manos. Lo metió en uno de los bolsillos de su pantalón. La mujer se llama Ducellier, dijo.

22

Chaussende

El director de la orquesta bajó su mano. Las maderas trazaron una estela de sonidos que se disolvió en un acorde de gran fuerza. Las cuerdas se suspendieron en una especie de queja. El silencio de la sala quedó atrás como si hubiera sido borrado por la orden de un mago. El espacio se hizo a la vez compacto y etéreo. Detrás de la música, pensé, no permanecía nada. Más allá, en ese tiempo que iba adquiriendo como la densidad de un objeto onírico, estaba todo lo que la imaginación podía crear. Y luego, al terminar la obra, quedaría nuestro corazón apresurado, todos los insomnios, el trajín de los pasos, la prosecución de la esperanza o la continuación del tedio. La Sinfonía Fantástica se abría como un abismo en el que inevitablemente nos sumergíamos. Tenían sus compases iniciales algo de mar nocturno, de extenso barranco, de húmeda fisura subterránea. Había leído, minutos antes, y después de haber visto entre el gentío a Madeleine, las explicaciones del compositor sobre lo que ahora estaba sonando. Pero, incrédulo a tal aspiración de explicar la música, me entregaba a lo imprevisto que provocaban en mí las construcciones sonoras. De Berlioz sabía por conversaciones diversas mantenidas a las salidas de los conciertos. Era mentado su excentricismo, su anómala afección por la opulencia instrumental, los grit

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