Las esquinas rotas

Joaquín M. Barrero

Fragmento

Zapatos para un sueño

Zapatos para un sueño

El baile era en el pueblo grande de la carretera a Cangas, allá abajo, en la fiesta del Santo. Sería su gran noche, tan anhelada, porque luciría un par de zapatos por primera vez. Su admirado tío Segundo los traería de Oviedo, pagándolos con el dinero que ella había ido ahorrando durante años de mucho trabajo e ilusiones, perrona a perrona. Ella bailaría todas las músicas, no sólo las de las gaitas y el acordeón de la tierra, sino esas otras que de forma misteriosa salían de unos discos negros y de un altavoz que parecía un cuerno gigante al revés, y que funcionaba después de girar una manivela durante un rato porque en la aldea no había electricidad. El mágico aparato se llamaba gramófono y lo había traído su tío, como casi todas las cosas de asombro, un atardecer lluvioso y triste que él transformó en inolvidable. Lo había comprado en la Corte, allá lejos, en aquel Madrid de ensueño donde él iba con frecuencia.

Decía que allí entraba a los cines, que eran locales donde proyectaban imágenes sin sonido, como fotografías en movimiento, y que incluso había visto al rey Alfonso saludar a la multitud desde su reluciente carroza. Contaba tantas cosas maravillosas que sus ojos aún seguían abiertos cuando ya todos dormían en las noches iguales. Y con el gran cariño que la tenía le había prometido que un día la llevaría a ver las maravillas de la capital. Los de la aldea sólo escuchaban música cuando se celebraban las fiestas de los pueblos cercanos. Por eso aquel día, cuando del altavoz salieron aquellas melodías tan armoniosas llamadas boleros, habaneras y rumbas, toda la aldea quedó con la boca abierta y ella totalmente subyugada. Hasta los pájaros enmudecieron de envidia al escuchar tan cautivadores y extraños sones. Desde entonces, meses atrás, su tío le había enseñado a bailar, en el prado, de puntillas, simulando calzar unos zapatos que algún día llevaría. Y ese día había llegado, cuando sus dieciséis años estallaban como relámpagos. Ahora esperaba la llegada de su tío con los zapatos. Y bailaría con ellos toda la noche para ser la reina de la fiesta y para que Andrés, ese mozo de Cangas que leía versos y que poseía una sonrisa diferente, se rindiera a su emoción y, quizá, en un descuido, podría acariciarla con un beso tembloroso.

Pero el tiempo empezó a pasar y su tío no llegaba. Sus padres, hermanos y amigos dijeron que deberían bajar ya al pueblo en fiestas, adonde él acudiría. Al fin, todos tendrían que hacer el camino descalzos, para no destrozar el calzado con las piedras del monte en la larga bajada. Pero ella no quiso. Deseaba probarse los zapatos, acostumbrarse un poco a ellos para entrar luego en el baile con mínimos titubeos. Los vio bajar a todos, menos a los abuelos y gente mayor de la aldea. Y el tiempo siguió pasando. Y el sol se marchó y también, más tarde, la luz del cielo. En las casas encendieron las lámparas de aceite. Y el tiempo no se detenía. Los viejos la miraban y ella vigilaba desde lo alto del camino, buscando la luz del farol en el caballo de su tío. Pero sólo vio la noche. Luego todo se llenó de estrellas, los viejos entraron en sus casas y ella quedó sola afuera, sintiendo el frío de una primavera que se resistía a dejar paso al verano. Pero el frío de su congoja era más fuerte. ¿Por qué no venía? Él era aficionado al vino y a las juergas, pero siempre le había cumplido. Algo debió de haberle ocurrido para tal retraso, pero estaba segura de que llegaría. Miró la estrella mayor y calculó que era muy tarde y que la fiesta, que duraría hasta la mañana, estaría en todo su apogeo. No se dejó rendir por la angustia que intentaba acosarla. Fue hasta el prado llano. Bailaría, mientras esperaba, la música que tenía en la mente; todas las melodías aprendidas. Y su tío, cuando llegara, la encontraría alegre y comprensiva.

Y así empezó a bailar bajo los luceros. Y de pronto todo se llenó de luces y sonó la música por el campo ilimitado y los montes aguerridos. Y ella bailó, viendo a todos los de todos los pueblos y aldeas mirándola maravillados, mientras giraba y cruzaba el espacio, que ya no era el prado sino un salón de baile refulgente e inmenso, lleno de espejos en los que se reflejaba su figura danzante y sus zapatos. Y así siguió y siguió mientras las estrellas se empujaban unas a otras hasta que poco a poco fueron desapareciendo.

Horas más tarde, cuando ya los gallos habían guardado sus cantos y el albor había quebrado aparecieron sus padres, hermanos y amigos. Y su tío Segundo, bamboleante de resaca, pena y lágrimas, con los zapatos olvidados durante su juerga de la tarde anterior en Oviedo. La buscaron hasta dar con ella en el prado, tumbada inmóvil sobre la yerba, llena de rocío como una flor silvestre y rodeada de pájaros sin trinos. Tenía los pies sangrantes, el vestido húmedo y el cuerpo frío. En sus grandes y azules ojos se habían apagado los brillos, pero una sonrisa, apenas infantil, perduraba en su boca sin besos.

El pañuelo

El pañuelo

La vio por primera vez una tarde al pasar por la calle de Jaime el Conquistador, tan correteada como todas las del gran distrito. Estaba junto al portal de la última casa de la fila. Hablaba y sonreía con un grupo de amigos. Al cruzar en carrera sorprendió sus ojos y tuvo que detenerse. Quedó allí, quieto, atrapado por un hilo invisible, mientras sus amigos se alejaban hacia los grandes y viejos troncos semihundidos en una de las aceras terrosas de la plaza del Reloj. Le había desaparecido de pronto toda iniciativa que no fuera mirarla. El grupo desconocido enmudeció ante su indiscreta presencia y le contemplaron, ellas con curiosidad y ellos con lo torvo incubándose en sus miradas. No había tratado de no agresión entre la chiquillería de los distintos barrios por lo que cualquier ocasión era propicia al enfrentamiento.

—Tú, cacho mierda, qué coño miras —dijo uno.

Comprendió el peligro del momento. No era de los que se echaban atrás, pero estaba solo. Se desasió de los ojos de ella y siguió hacia abajo.

A partir de ese momento la paz se le ausentó. Nunca en sus doce años había visto una chica igual. Y hasta ese instante no supo lo que era tener martirio en el corazón.

A la tarde siguiente volvió al lugar, esta vez acompañado de su fiel amigo Miguelín. De pasada, despacio, agolpando sus ojos en los sorprendidos de ella.

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