La luz de mis días

Alejandro Melero

Fragmento

1. El hijo ausente

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El hijo ausente

—Pero escúchame bien, porque ya no te lo vuelvo a explicar más veces: no son tres, sino cuatro los hijos que tiene doña Leonor. Apréndelos bien y no me tengas explicándotelo a cada rato: Leopoldo María, el mayor, y el que se encarga de la empresa familiar, ahora que el padre está tan pachucho; Abel y Ezequiel, los dos gemelos, de los que ya te hablaré más adelante, y Arturo, que estudia en Estados Unidos y no sé mucho de él. Pero no te confundas, que no todos viven en la mansión. El mayor, Leopoldo María, sí que vive allí. Los gemelos viven fuera, y solo aparecen de vez en cuando. A Arturo no se le ha visto todavía. Y luego está Paloma, que es sobrina de doña Leonor y, por lo tanto, prima de los cuatro hermanos, pero como si fuese una hermana más, porque la adoptaron cuando pequeña, ya que sus padres —la hermana de doña Leonor y un señor muy apuesto, según se ve en los retratos que hay de ellos en la mansión— murieron en un accidente de tráfico de lo más terrible. Pero, a lo que iba, resulta que Leopoldo María, como ha sido siempre un niño mimado, pues no sabe manejarse bien en la empresa y está engañando al padre, que está en la cama, diciéndole que todos los papeles están en correcto orden y que no hay ningún problema, desoyendo sus consejos sabios de anciano, pero, en realidad, la empresa familiar que tanto le costó levantar al pobre hombre se está yendo a pique por la irresponsabilidad del hijo mayor, Leopoldo María, que es un bala perdida. Tanto es así que últimamente parece siempre muy distraído, y comentan de él que huele a alcohol y que frecuenta muy malas compañías. Esto lo comenta sobre todo Mamá Jazmina, que es la criada negra de la casa, que ha estado siempre con ellos y que es como una más de la familia. ¿Te vas enterando de la historia? Si te pierdes, me preguntas, que a mí también me costaba al principio, con tanto personaje, y tanto tejemaneje con las empresas, y tanto hermano y tanto primo. Pero no me vayas a decir que no es una historia preciosa, y lo mejor está por venir, porque ahora me parece a mí que va a regresar Arturo, el menor de los hijos, que se fue hace una barbaridad de tiempo y ya va a volver hecho un hombre. Lo único que se ha visto hasta ahora es que doña Leonor coge el retrato de su hijo Arturo, que se ve un hombretón bellísimo, y le da besos y le dice:

»—Ay, mi Arturo, cuento los días y las horas que faltan para tenerte a mi lado. ¿Por qué has tardado tanto tiempo en volver con los tuyos? Solo tú, que siempre has sido el mejor de mis hijos, vas a volver a darme la paz que tanto necesito y a poner orden en nuestra familia.

»Y, en otra ocasión, con el mismo retrato y la misma situación:

»—Ay, Arturo, confío en ti para que en tu regreso seas capaz de hablar con tu hermano mayor y le hagas entrar en vereda, que una madre siempre sabe cuándo un hijo sufre, pero yo necesito tu fuerza para que me ayudes.

»En esto está la cosa ahora mismo, a ver qué tal se desarrolla. No me vayas a decir que no es precioso y lleno de intrigas interesantísimas y misterios que prometen maravillas. Bueno, mujer, ¿y tú? ¿No me cuentas nada? ¿Qué tal va lo tuyo, Marifé?

Marifé no sabía muy bien a qué se refería su vecina Luisa cuando le preguntaba que qué tal iba lo suyo, así que la dejó con la pregunta en la boca, como tantas veces ocurría entre ellas. Alegó prisas para resolver algunos recados y un par de encargos que tenía que recoger antes de que cerraran el mercado, y escapó del rellano donde tan entretenidas habían estado las dos vecinas, la una escuchando y la otra dejándose escuchar.

Aunque no necesitaba mucho tiempo para cumplir con sus labores diarias, Marifé remoloneaba por los corredores de la plaza de abastos. Accedía a ella por la puerta de la fruta, respetando su manía de que las compras más pesadas convenía que quedaran en la parte de abajo del carrito. Los olores de las verduras frescas eran sus favoritos, y también eran las señales pautadas que marcaban el ritmo de sus días con más precisión que las más afinadas agujas de reloj, lo mismo que el tacto del pan caliente que entraba en la bollería pocos minutos después del mediodía, o los gritos del pescadero anunciando la bonanza de su mercancía. Si no había pescado, entonces es que era lunes. Si en la panadería había cola, entonces es que se había entretenido demasiado en otros puestos y eran ya más de las doce.

Por mucho que prolongase sus paseos por los pasillos del mercado, su hora de vuelta a casa tenía que ser antes de la una, para tener tiempo de preparar el almuerzo de Roque. A eso de las tres, después de haber recogido la mesa, podía Marifé almorzar su menú de un plato, que siempre era lo que le había sobrado a Roque más algún resto de la cena del día anterior. No le importaba almorzar más tarde que él; de hecho, tenía la costumbre de fregar los cubiertos y platos que él había utilizado antes de sentarse ella a comer, como si no le gustase dejarlos esperando en el fregadero para que se mezclasen más tarde con los que ella usaría. Con este sistema de dos tiempos, Marifé había asegurado, sin proponérselo, que los ritmos cotidianos de ella y Roque fuesen siempre como los de un canon sincopado y sin final con acordes hechos de notas arrastradas que no coincidían nunca.

Era a esa hora de la sobremesa, mientras Roque dormía la siesta en el sofá monoplaza del salón con la película del Oeste bien alta en la televisión, cuando Marifé tenía más tiempo para sí misma. No como el tiempo de los paseos por el mercado, ni el de los amaneceres fríos recién despertada; esos eran momentos en los que la mente estaba demasiado distraída organizando y planificando la monotonía que le esperaba. Sola, mientras del patio de vecinos venían voces de otras televisiones, Marifé se veía reflejada, día tras día, a sí misma en la pulcritud de su cocina inmaculada, saboreando un café amargo que se terminaba cuando el día comenzaba a perder la luz, sin saber muy bien en qué ocupar el resto de las horas interminables que faltaban para la noche.

Pero ese día, envuelta entre mil brillos blancos que venían de las paredes del frigorífico y las baldosas de las paredes, Marifé tomó una decisión que ella misma no comprendía. De repente se veía capaz de amortiguar los golpes inciertos que podían venir con la novedad. En la pulcritud de sus muebles pulidos y repulidos mil veces había encontrado Marifé una fuerza espontánea que a ella le parecía de una heroína de otros mundos. Rápida, con el único miedo de que su fuerza desconocida desapareciese como una ilusión, fue al salón y no dudó en despertar a Roque para hablarle así:

—Roque, despierta, óyeme un momento, hay algo que te quiero decir. He estado pensando una cosa, le he dado vueltas a algo que se me ha ocurrido, que me parece que no te va a molestar mucho. Una niñería. Verás: todas las vecinas, sobre todo Luisa, la del segundo derecha, están muy entretenidas con una serie que ponen por la tele todos los días, a esta hora cuando tú ech

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