El cabo del mundo

Xabier Quiroga

Fragmento

Me llamo Carlos Pereiro, tengo cuarenta y siete años, estoy de vuelta de muchas cosas y, además del miedo del que he hablado, siento una amargura por la existencia que me devora poco a poco, tal y como devora un gusano la fruta madura, hasta consumirla o hacer que se pudra. Y eso porque no paro de preguntarme por qué la vida pudo pasar así, tan sin darme cuenta, cómo el tiempo ha dejado en mí ese sabor tan agrio y fugaz que, al final de un camino por el que no quiero transitar, no soy capaz de estar satisfecho con lo vivido ni de conformarme con lo que me queda por vivir.

Aun así, ya que he publicado algunas novelas y mientras espero el instante propicio en que desapareceré para siempre, quisiera contar una última historia, aquella que me lleva hasta la más terrible de las noches y que el leal Reina me impone como tarea de un presente sin futuro, aquella que, sin ánimo de ejercer de juez, pero sabiendo que los hechos que no se recuerdan es como si no hubiesen sucedido, me envolvió inexorablemente...

Por extraño que parezca, hay historias que comienzan cuando acaban otras. En este caso todo empezó el día del entierro de mi padre. En aquella época aún no sabía nada del mal que me embaza y pasaba por ser otro macilento funcionario que transita por el mundo sin encontrarle un sentido a la vida, como esperando a ver qué sucede. Y lo que sucedía desde tiempo atrás venía a ser la complacencia en deambular por las aulas de un instituto de secundaria de este país subvencionado en exceso, de mentalidad minifundista y en el que abundan los politiquillos que tiran de lo suyo para que se alargue. En fin, que trabajaba de malvisto profesor que soporta adolescentes con cara de asco y tomados por el sarpullido del consumo. Carne de cañón y poco más. Ellos y yo. Pero en aquel infausto sábado de noviembre de 2001, allá en el cementerio del pueblo donde nací, mientras aguantaba el responso de un cura contratado para la ocasión y las letanías de una recua de ancianas que se habían acercado al entierro para tener clientes cuando les llegase el momento, bajo una pertinaz llovizna y guarecido bajo un paraguas que alguien sostenía a mi lado, escuché el grito dirigido a mi padre en el mismo instante de posar el féretro en el fondo del nicho:

—¡Adiós, asesino!

Había que estar allí, y sobre todo en mi lugar, para sentir lo que sentí. Fue como si un rayo interior me surcase y abriese de arriba abajo. Y no porque aquella voz, rota y no sin alegría, mancillase la memoria de mi padre el día de su entierro, tampoco porque algo así como una capa de vergüenza alcanzase a la familia, mucho menos porque yo lo quisiera una pizca —digamos para ser justo que a mi padre lo quería media pizca y que siempre creí sobrado ese cariño en pago por haberme engendrado— y me sintiese obligado a ejercer de hijo. No sé por qué, el caso fue que de pronto me asusté y, al tiempo, agucé la vista para escudriñar entre los paraguas intentando dar con la persona que se había atrevido a encender la mecha del rumor, que efectivamente prendió como prende una chispa en la hierba seca del verano, para que enseguida un incendio feroz lo arrase todo.

Está claro que no hubo tal fuego, pero un instante después, con las manos en los bolsillos y como con el deber cumplido, vestido con un gabán oscuro y boina capada, doblado hacia delante como si la cabeza le pesara cien kilos y un tanto rengo al andar, un viejo muy viejo —cuyo rostro no pude distinguir con claridad, aunque sí observé una repulsiva cicatriz en la mandíbula— se separó del grupo, caminó taciturno entre los mirtos hasta llegar a la herrumbrosa cancela y se perdió tras un muro dejando la tarde teñida de un gris más funesto que el del propio funeral. Y todos lo vimos y nadie se movió, incluso creo que nadie pestañeó, ni siquiera cuando oímos arrancar el coche y acelerar, para escapar como lo haría un demonio que quisiera depositar un maleficio en el espíritu de los presentes.

Sobrevino entonces un silencio tan inmenso que paralizó el tiempo y las acciones. Fue como si una prohibición no escrita amordazase las bocas y los pensamientos, arañados por una despedida acusadora y para la que todos buscamos explicación. «¡Adiós, asesino!», había gritado, y ese golpe de voz, tantos años después, todavía sigue instalado en mi cerebro como un reconcomio interior del que nunca he logrado librarme. Y ya que nadie corrió a pedirle explicaciones a aquel detestable anciano —que luego tantas veces imaginé deforme y de sonrisa perversa en mis pesadillas— por la crudeza de ese proceder, ya que nadie nos apremió a ir tras él, pareció como si, por permanecer callados bajo la llovizna y el incienso, todos los presentes estuviéramos de acuerdo con la proclama difamatoria o todos fuésemos cómplices de un repentino e irrefutable cargo de conciencia.

Por eso ni mi hermana Sara ni yo mismo, como más allegados, movimos pieza en aquella ya desaborida ceremonia. Atrapados por la sorpresa, no pudimos o no supimos reaccionar y apencamos ante el oscuro agujero interrogándonos con los ojos abiertos como platos y, quizás, aliviados porque mi madre no hubiese acudido al cementerio y se ahorrara el disgusto, uno más entre los muchos que una maestra jubilada y perpetua ama de casa llevaba pasados. Solo recuerdo que, una vez que el cura reinició el responso, entre las prisas de los obreros por asentar la lápida de mármol y las del hombre de la funeraria por llenar de coronas el nicho, miré a mi amigo Lolo en medio de la tromba de agua, como pidiéndole ayuda o una explicación. Pero por aquel leve alzar de hombros, por aquel arquear las cejas y apretar los labios, comprendí que no era asunto suyo ir más allá. ¿De quién era, entonces?, me pregunto ahora. O mejor: ¿cómo puede vivir tranquilo un hombre después de escuchar ese palabro que empaña para siempre la memoria de su padre el día de su entierro?, y también, ¿quién era aquel anciano de la cicatriz que, al tiempo que verificaba que sepultaban a Serafín, se atrevió a pronunciarlo?, ¿qué motivos tenía para escupírselo así, tan adrede y sin misericordia, delante de todos?

No le daré más vueltas, pero preguntas por el estilo, aunque nunca pronunciadas, bulleron siempre y sin piedad por los rincones más recónditos del pensamiento, en ese cofre al que la propia consciencia no consigue llegar porque es territorio del más insufrible remordimiento. Y no es que en este instante sienta que tenga que pagar una deuda, ni que ese tormento no me deje vivir, pero por extraño que parezca, en los años que siguieron nunca pude apartar de mí esa obsesión, la que provocaba no tener respuesta para una única y crucial cuestión: ¿quién fue y qué hizo realmente mi padre?

Observé mi dedo a punto de pulsar y vi que temblaba por la indecisión, la misma que siempre me había cortado cualquier iniciativa ante ella, por eso apoyé la mano en el marco de la puerta y lo sostuve en el aire. Pensé que llevaba muchos años sin verla, tantos como había anidado en mi cerebro el anhelo por recuperar aquella sonrisa, tantos como llevaba el vacío y el recato s

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