Lacrimae rerum

Slavoj Zizek

Fragmento

1. La teología materialista de Krzysztof Kieslowski

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La teología materialista de Krzysztof Kieslowski

MANDAMIENTOS DESPLAZADOS

¿Qué relación guarda, exactamente, el Decálogo de Kieslowski con los Diez Mandamientos? La mayoría de los intérpretes se refugian en la supuesta ambigüedad de la relación: no hay que asociar cada episodio con un mandamiento en particular, las correspondencias son más difusas, a veces una misma historia se refiere a varios mandamientos… Frente a esta salida fácil, hay que subrayar la ESTRICTA correlación entre los episodios y los mandamientos: cada episodio se refiere a un solo mandamiento, pero con «la marcha cambiada»: Decálogo 1 se refiere al segundo mandamiento, y así sucesivamente, hasta que, al final, Decálogo 10 nos lleva de vuelta al primer mandamiento.[1] Este décalage es indicativo del tipo de desplazamiento que impone Kieslowski a los mandamientos. Lo que hace Kieslowski aquí se parece mucho a lo que hacía Hegel en la Fenomenología del espíritu: toma un mandamiento y lo «escenifica», lo actualiza en una situación vital ejemplar, para que de este modo se haga visible su «verdad», las consecuencias inesperadas que ponen en cuestión las premisas. Resulta tentador pensar, en línea con el más riguroso hegelianismo, que es justamente este desplazamiento de cada mandamiento lo que genera el siguiente mandamiento:

Uno. «No tendrás otros dioses aparte de mí»: Decálogo 10 presenta este mandamiento disfrazado de su contrario, de la incondicional «afición apasionada» a la trivial actividad de coleccionar sellos. Encontramos aquí la lógica de la sublimación en su versión más básica: una actividad común (coleccionar sellos) se ve elevada a la dignidad de Objeto al que todo se sacrifica: el trabajo, la felicidad familiar, incluso el propio hígado. La premisa implícita de Decálogo 10 es, por lo tanto, el juicio infinito hegeliano, en el que coinciden lo más elevado y lo más bajo: adorar a Dios = coleccionar sellos.[2] No es de extrañar, pues, que la canción introductoria (interpretada por el menor de los dos hijos) sea el único lugar del Decálogo donde se menciona la lista de los mandamientos, aunque significativamente en la forma invertida de una serie de llamadas a transgredir los mandamientos: «Mata, viola, roba, pega a tu madre y a tu padre…». Esta subversión de la prohibición en una obscena invitación a transgredir la Ley viene exigida por el propio procedimiento formal de la «dramatización de la ley» de Kieslowski:[3] la ley prohibitiva es en sí misma una Idea suprasensible, por lo que su escenificación dramática cancela automáticamente la negación (puramente intelectual) y traslada el foco de atención hacia el puro impacto de la imagen, por ejemplo la de un asesinato, con independencia de cuál pueda ser el preámbulo ético (+ o –, recomendado o prohibido); igual que sucede en el inconsciente freudiano, la escenificación dramática no conoce la negación. En sus famosas reflexiones sobre la negatividad y el Decálogo, Kenneth Burke lee los mandamientos desde la oposición entre el nivel nocional y el nivel de la imagen: «Aunque la admonición “No matarás” es en esencia una idea, en su rol como imagen no puede sino despertar otro eco: “Mata”.».[4] Estamos ante la versión más depurada de la oposición lacaniana entre la ley simbólica y la llamada obscena del superego: todas las negaciones son impotentes y se convierten en meros desmentidos, por lo que al fin solo queda la reverberación obscena e insistente del «¡Mata! ¡Mata!»…

Esta inversión de las prohibiciones en imperativos es estrictamente TAUTOLÓGICA: el propio san Pablo dice que la Ley genera por sí misma el deseo de violarla.[5] Tenemos, pues, aquí al «cruel» Dios de la División, al Dios de Matías 10,37, 10,34-35, o 23,9, al Dios que vino a «enfrentar al hijo con el padre», al Dios que suspende todo orden positivo, al Dios de la negatividad absoluta. De modo que cuando Jesucristo dice «No llaméis a nadie vuestro padre en la Tierra, pues solo tenéis un padre: el que está en el Cielo», toda la cadena metafórica de la autoridad paterna (el Padre del Cielo, y por debajo los gobernantes, los padres de nuestra comunidad social, y finalmente el padre de familia) queda en suspenso: la función del Padre divino es en último término puramente negativa, es decir, la de revocar la autoridad de todas las figuras paternas terrenales.[6] La «verdad» del primer mandamiento es, pues, el siguiente mandamiento, la prohibición de las imágenes, pues solo el Dios judío carece de imagen; todos los demás dioses están presentes en la forma de imágenes, o de ídolos:

Dos. «No te fabricarás ningún ídolo […]. Pues yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, y castigo los pecados de los padres sobre los hijos»: en Decálogo 1, el «ídolo» se materializa en el ordenador como falso dios-máquina creador de iconos, que se convierte así en la mayor violación posible de la prohibición de crear imágenes. Para castigarle, Dios «castiga el pecado del padre sobre el hijo», que muere ahogado cuando sale a patinar sobre hielo.[7] La «verdad de este mandamiento es la superación de la oposición misma entre palabra e imagen: la prohibición de la imagen termina con la prohibición de pronunciar el nombre mismo de Dios, por donde llegamos al tercer mandamiento:

Tres. «No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano»: en Decálogo 2, el viejo y amargado doctor miente conscientemente ante la pregunta de si el marido sobrevivirá, y jura por Dios para evitar el pecado mortal del aborto. (Las frases cruciales quedan fuera de la película; solo las adivinamos por el contexto: «No tiene la menor opción». «Júralo en el nombre de Dios.» [El doctor se queda en silencio.] «Júralo en el nombre de Dios.» «¡Pongo a Dios por testigo!».)[8] La lucha por la vida o la muerte del niño nonato es un elemento común entre Decálogo 1 y 2: en 1, el niño muere inesperadamente, mientras que en 2 conserva inesperadamente la vida (es decir, nace); en ambas ocasiones, la causa es una ruptura milagrosa del orden causal: el hielo se funde inesperadamente, el marido sobr

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