El cuello de la jirafa

Judith Schalansky

Fragmento

ECOSISTEMAS

–Siéntense –dijo Inge Lohmark, y la clase se sentó–: Abran el libro por la página siete.

Ellos abrieron el libro en la página siete, y luego empezaron con los ecosistemas, las dependencias e interacciones entre las especies, entre los organismos vivos y su entorno, el entramado de efectos de comunidad y espacio. De la ley alimentaria del bosque templado de frondosas pasaron a la cadena trófica de la pradera, de los ríos a los lagos y, finalmente, al desierto y a la llanura de marea.

–Como ven ustedes, ningún animal, ningún ser humano puede existir por sí mismo. Entre los seres vivos predomina la competencia. Y a veces también algo parecido a la cooperación. Aunque esto es más bien raro. Las formas más importantes de la convivencia son la competencia y la ecuación predador-presa.

A medida que Inge Lohmark trazaba en la pizarra flechas desde los musgos, helechos y hongos hasta las lombrices de tierra y los ciervos volantes, los erizos y las musarañas, luego el carbonero común, el corzo y el azor, y finalmente una última flecha hasta el lobo, fue surgiendo poco a poco la pirámide en cuyo vértice se hallaba el hombre junto a unos cuantos animales depredadores.

–Lo cierto es que no hay ningún animal que coma águilas o leones.

Retrocedió un paso para contemplar el amplio dibujo hecho con tiza. El esquema de las flechas unía a productores y consumidores de primer y segundo orden, productores con consumidores primarios, secundarios y terciarios, así como los inevitables descomponedores, todos hermanados en la respiración, la pérdida de calor y el incremento de la biomasa. En la naturaleza todo tenía su lugar y, aunque quizá no cada ser vivo lo tuviera, sí tenía un des tino: devorar y ser devorado. Era prodigioso.

–Anoten esto en su cuaderno.

Obedecieron.

El año empezaba ahora. El alboroto de junio había pasado definitivamente, la época del calor sofocante y los brazos desnudos. Entonces el sol se estrellaba contra la fachada de vidrio y convertía el aula en un invernadero. En los cogotes descubiertos germinaba la expectativa del verano. La simple perspectiva de desperdiciar sus días inútilmente arrebataba a los chicos toda concentración. Con los ojos puestos en la piscina, la piel aceitosa y el ansia sudorosa de libertad se pegaban a las sillas y cabeceaban pensando en las inminentes vacaciones. Unos cuantos se volvían distraídos e incapaces de razonar, otros simulaban sumisión debido a la proximidad de las calificaciones y dejaban sus controles de biología sobre la mesa de los profesores como los gatos dejan ratones muertos sobre la alfombra de la sala de estar. Solo para preguntar la nota en la clase siguiente, calculadora en ristre, ansiosos por mejorar su promedio tres dígitos después de la coma.

Pero Inge Lohmark no era de esos profesores que bajaban la guardia al final el año escolar solo porque pronto perdería de vista a los que tenía enfrente. No le daba ningún miedo deslizarse en la insignificancia confiando únicamente en sí misma. Cuanto más se acercaba la pausa veraniega, algunos de sus colegas sucumbían a una condescendencia casi tierna. Sus clases se convertían en un teatro vacuo en el cual todos colaboraban, una mirada ensoñadora aquí, una caricia allá, fórmulas cargadas de ánimos, un lamentable visionado de películas… Una inflación de buenas notas, la alta traición en la calificación «sobresaliente». Y sobre todo la mala costumbre de redondear las notas de fin de año para pasar al curso siguiente a unos cuantos casos desesperados. Como si con eso se ayudase a alguien. Los colegas simplemente no entendían que solo perjudicaban su propia salud cuando complacían a los alumnos, y que estos no eran sino sanguijuelas que robaban energía vital y se alimentaban del cuerpo docente, de su competencia y de su temor a incumplir con su obligación de vigilar. Caían encima constantemente, con preguntas absurdas, sugerencias de escaso interés y familiaridades indeseadas. El más puro vampirismo.

Pero Inge Lohmark ya no dejaba que la desangrasen. Era conocida por saber sujetar las riendas y acortar la traílla sin sucumbir a los estallidos de rabia o al lanzamiento violento de llaves. Y estaba orgullosa de ello. Ceder se podía siempre. De vez en cuando, un panecillo de azúcar.

Lo importante era señalar la dirección a los alumnos, ponerles anteojeras para aumentar su capacidad de concentración. Y cuando realmente reinaba el alboroto, solo hacía falta rascar la pizarra con las uñas o hablarles del gusano de la hidátide. En cualquier caso, lo mejor para los alumnos era hacerles sentir que en todo momento estaban a merced de ella. En vez de hacerles creer que tenían algo que decir. Con ella no había ningún derecho a intervenir, ninguna posibilidad de elegir. Nadie tenía elección. La única elección era la disciplina y nada más.

El año empezaba ahora, aunque ya hubiera empezado hacía tiempo. Para ella empezaba ese día, el 1 de septiembre, que ese año caía en lunes. E Inge Lohmark expresaba sus buenas intenciones ahora, en el verano marchito, y no en la deslumbrante Nochevieja. Siempre se alegraba de que su agenda escolar la llevara segura por encima del cambio de año del calendario. Un simple pasar la página, sin cuenta atrás ni entrechocar de copas de champán.

Inge Lohmark recorrió con la mirada las tres filas de bancos sin mover un milímetro la cabeza. Algo que había perfeccionado a lo largo de los años: la mirada omnipotente, inmóvil. Según las estadísticas siempre había dos, como mínimo, que se interesaban por la asignatura. Pero al parecer las estadísticas se hallaban en peligro. Con o sin distribución normal de Gauss. ¿Cómo lo habían conseguido hasta entonces?

Se les notaban las seis semanas de holgazanería. Ninguno de ellos había abierto los libros. Largas vacaciones. Ya no tan largas como antes. Pero aún excesivas. Como mínimo tardaría un mes en volver a acostumbrarlos al biorritmo de la escuela. Al menos ella no tenía que escuchar sus historias. Ya podían contárselas a la Schwanneke, que en cada nuevo curso organizaba un juego para conocerse. Al cabo de media hora todos los participantes estaban enredados en los hilos de un ovillo de lana roja y podían decir los nombres y las aficiones de sus vecinos de pupitre.

Solo había unos cuantos pupitres ocupados. Por eso saltaba más a la vista lo pocos que eran. Un público escaso en su teatro natural: doce alumnos, cinco chicos, siete chicas. El decimotercero había abandonado el instituto, aunque la Schwanneke lo había ayudado muchísimo. Con reiteradas horas de repaso, visitas a casa e informes psicológicos. Un problema de concentración. ¡Qué de cosas había! Simples trastornos del desarrollo. Después de las dificultades para leer y escribir correctamente, las dificultades para calcular. ¿Qué vendría luego, una alergia a la biología? Antes solo había los no deportivos y los no musicales, y a pesar de eso tenían que correr y cantar con los demás. Solo era una cuestión de voluntad.

Simplemente no valía la pena arrastrar a los débiles. No eran sino

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