Los adelantados

Rafael Sender

Fragmento

Índice

Para Lilian

PRIMERA PARTE

Desde que tengo recuerdo siempre le vi en el pueblo, pero debió de llegar en el cuarenta y tres. Llegó como en una película del oeste, sin pasado y con una mula y una guitarra. Escopeta no llevaba porque no era cazador, y el pasado lo habría dejado en la cárcel, a saber en cuál. En todo caso, pocos serían los pecados por purgar, pues pronto alguien contó que, aunque a su padre lo habían fusilado por rojo, de él habló bien hasta el cura. Así que con unos años de estar preso le dieron por limpio.

Como digo, de esa parte de su vida toco de oído. Yo no había nacido aún aquella tarde de julio en la que dejó la mula atada frente a la herrería, y preguntó al herrero:

–¿Aquí se juega, no?

Luego se alejó unos pasos y saludó a los viejos sentados a la sombra en el banco de piedra:

–Buena tarde para no hacer nada, ¿no?

Primero contestarían los viejos la cantinela de siempre, algo parecido a «Muy buena para esperar a morirse», supongo. Es lo que solían decirme a mí cada vez que pasaba por allí y me veían: «Aquí estamos, esperando a morirnos». Después lo hizo el herrero, y sus palabras sí son exactas, porque me las han contado tantas veces que me las sé de memoria. Habló sin quitarse la colilla de la boca, martillo en una mano, herradura en la otra, y sin quemarse:

–A veces, y depende de con quién.

Aún se quedó allí un rato, charlando de cosas prácticas con los viejos. ¿Dónde guardar la mula?, ¿era verdad que había trabajo para un jornalero? En cambio, para dirigirse de nuevo al herrero, se lo estuvo pensando, y cuando presentó por fin sus credenciales lo hizo de un modo escueto y bronco:

–Me llamo Jesús, pero me conocen por mi apellido como a usted por su oficio –informó mirando al cielo mientras desataba a la mula–. Por Santana me conocen: el Chus Santana. Si es usted jugador, como me han dicho, le sonará el nombre. Vengo de la parte de Navarra y hay uno de aquí con el que he estado segando hasta hace unos días. Un tal Morales. Él me invitó a venir a vivir aquí, a su casa. Con el permiso de usted, claro.

Un año después, mi padre cayó a su vez por allí como Santana, de improviso, cuando mi madre, de desesperada, ya había dejado de probarse el vestido de novia. No se sabía nada de él desde hacía semanas, de modo que le supondrían arrepentido, otro macho más que traicionaba la sagrada palabra a una pánfila. Por segura se daba, pues, una vergüenza que la familia entera se iba a tener que tragar después de las amonestaciones del cura y de los preparativos de baile y banquete para todo el pueblo en la plaza mayor.

Pero llegó a pie la misma mañana de la boda a eso de las once. Como un mendigo, barbudo y con la camisa blanca manchada de sangre, los zapatos destrozados y un macuto al hombro. Desde Huesca venía caminando, le explicó al dueño del bar, mientras se descalzaba junto a la ventana abierta para quitarse los calcetines manchados también de sangre. No había prisa, añadió, porque la boda era a las doce, así que quería un coñac. Antes de probar el primer sorbo, recitó de carretilla la leyenda publicitaria que resumía la relación entre la familia Domecq, las uvas y el alcohol desde principios del siglo diecinueve. Estaba escrita en una etiqueta sucia pegada a la botella, pero él no la miró. Luego, tras apurar la copa, se dirigió al grupo de hombres que ya se había congregado en la barra y que le observaban sin disimular, como campesinos.

–¿Podrían ustedes indicarme dónde está la casa de mi novia? –les preguntó entonces, exhibiendo en público la primera de sus famosas cínicas sonrisas luminosas–. Soy el forastero por culpa del cual han construido ustedes el tablado en la plaza. El novio, vamos. Pero antes del sí y del baile, antes de pasar a nueva condición, tengo que afeitarme y ponerme corbata. ¿Alguien se animaría a hacer de guía?

A Santana le haría de guía al

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