La nevada del cuco

Blanca Busquets

Fragmento

Capítulo 1

1

El sábado me caso. Y, cuando me case, seré diferente y viviré en otra casa. Suerte que será en una de aquí, del pueblo, porque si me llega a pasar como a Pepa, no sé si lo resistiría.

Ir a vivir a una casa de payés, lejos, y dejar a la familia para no volver a verla nunca más debe de ser duro, debe de ser, que Dios me perdone, una catástrofe.

Tendrás una nueva familia, me dijo mi padre, y por una vez me miró con ternura, como si lamentara que me fuera. Era cuando yo aprovechaba para decirle, pero es que yo no quiero casarme, ya estoy bien como estoy. Entonces mi padre volvía a ser mi padre y, con voz atronadora, me decía, no sabes lo que dices, Tònia, no hay nada peor para una mujer que quedarse para vestir santos. Elevaba el tono y se dirigía a mi madre, explícaselo tú, mujer. Siempre la llama mujer, siempre. Y mi madre, solícita, respondía, claro que sí, y yo me acercaba a mi madre mientras mi padre regresaba al campo. Mi madre me lo explicaba sin mirarme a los ojos, es lo que dice tu padre, es un deshonor y después te secas como una pasa. Como una pasa, repetía yo sin poder contenerme. Sí, hija, decía ella, todo el mundo respeta a la mujer casada, a la que tiene marido e hijos. La soltera no vale para nada y acaba viviendo en casa de otros sin tener nada propio. La soltera no es una mujer de verdad.

Mi madre lo soltaba todo de un tirón y continuaba sin mirarme a los ojos, parecía que lo supiera de memoria. Y yo le habría dicho, ni usted misma lo cree, pero callaba porque, claro, no podía decirlo. Eso sí, después lo escribía. Robert es un buen chico, me aclaraba al final. Y, sobre todo, trabajador. Entonces me miraba a los ojos y yo veía que eso sí lo creía. Además remataba, y cuando un hombre es trabajador, hija, lo tienes todo. Yo ya me iba cuando me decía para terminar, y piensa, Tònia, que te casas con el amo del hostal.

Lo de la nueva familia del hostal es como una caja de sorpresas. Por ejemplo, tendré suegra. Hemos tenido suerte, Tònia, me dijo mi padre cuando consiguió cerrar el trato. Nos ha costado mucho pero hemos tenido suerte, puedes estar contenta. Y estoy contenta, claro que estoy contenta, porque todo será nuevo y diferente. Pero me asusta un poco desde lo de Pepa. No hagas caso, me dijo mi padre, porque Pepa se lo buscó, no podía escaparse de casa como si nada. Tú eres más obediente y te portarás bien y no te pasará nada. Obedecer y portarse bien, ese es el objetivo de cualquier mujer que sirva para casarse y que, además, tenga la suerte de casarse con un hostelero, como yo. A la noche siguiente del día de lo de Pepa, mi madre había venido y, en voz baja, me había dicho, no sufras, Tònia, la familia de Robert no es como la familia del marido de Pepa. En casa de Robert son buena gente. Y es una casa próspera y ya sabes que, en el pueblo, lo tienen todo.

Eso sí que es verdad, en el pueblo, lo tienen todo, el hostal, la barbería y la tienda. Hasta parece ser que tendrán luz antes que los demás. Y por el asunto de la luz hay quien desconfía y hay quien los envidia, porque algunos dicen que a saber adónde han ido a buscarla, que lo oí el otro día al salir de misa. Busqué algún libro que hablara del tema entre los de la rectoría, pero no lo encontré. Como hace ya tiempo que el cura me enseñó dónde estaba la llave por si quería entrar cuando él no estuviera, me entretuve buscando un día que estaba sola. Pero nada, el misterio de la electricidad continuó siendo indescifrable para mí. Igual que la necesidad de escribir.

La necesidad de escribir es como la necesidad de sonreír cuando otro nos sonríe. Hay que hacerlo, hay que sacarla, no puede quedarse dentro porque, si se queda dentro, la sonrisa se estropea, deviene mueca, y las letras, púas que se te clavan por todo el cuerpo y no te dejan vivir en paz. Hacía ya cierto tiempo que no sabía qué me pasaba, que me sentía mal, que me sentía como un jarro vacío que hay que llenar con algo porque, si no, se convierte en un pozo de polvo y un nido mortuorio de escarabajos y lagartijas.

Durante muchos años conseguí aplacar esa extraña necesidad que no entendía pero que llevaba dentro con la lectura, desde que Maria me enseñó a leer, como también me enseñó a coser, a bordar, a tejer. Me pareció que el cura no me reñiría si le pedía que me dejara leer libros. Cuando iba a buscar a Hereu a clase, veía que allí en la rectoría tenían montones de libros detrás de los cristales de los armarios, unos libros tan bien colocados que parecían decir cómeme. Yo me los comía con los ojos, me los comía tanto que no me hizo falta decir nada porque fue el mismo cura quien me ofreció, llévate un libro, si quieres. Debía de notárseme en la mirada. Mi madre siempre me dice que no mire con tanto atrevimiento. Y yo me callo, pero por dentro pienso, me sale así, pero no lo digo porque esas cosas no pueden decirse ya que, en el mejor de los casos, me caería un buen bofetón. De todos modos, mi madre me lo dice de una manera que me parece por obligación. Ahora pienso que quizá siempre ha tenido miedo de que mi padre me hiciera daño. Pero se equivoca, porque mi padre no ve las miradas. Él solo escucha las palabras que se dicen y solo ve los gestos que se hacen.

Por suerte, tampoco ve lo que escribo. No es que nadie me haya dicho que no pueda escribir, pero sé lo que pasaría si alguien lo supiera: no me harían daño, pero mi padre me vigilaría siempre y me encargaría tareas continuamente, muchas más de las que ya hago, para que no perdiera el tiempo estampando letras en un papel. Me diría que no sirve de nada, que no lleva a ninguna parte y que lo deje para los que escriben en los periódicos, que viven en Serd o en Barcelona, lejos, en otro mundo, en el mundo de la ciudad. Y yo me pregunto por qué no he nacido en la ciudad, por qué no he tenido esa suerte. Solo Roser sabe que escribo porque no pude escondérselo, como duerme en la cama de al lado es muy difícil ocultárselo. Qué haces, Tònia, me preguntó una noche cuando se despertó y me vio con un poco de luz, la pluma y el papel. Escribo, chist, le contesté. Ella, con el pelo tapándole los ojos, primero me preguntó, y qué escribes. Y le respondí, pues no sé, lo que ha pasado hoy. Después replicó, estás loca, hermana, como se entere padre te dará una buena tunda, tienes que dormir, que mañana salimos al campo. No se enterará porque tú no se lo dirás, ¿verdad que no, Roser?, ¿verdad que no? Roser me dio la espalda sin contestarme pero yo sabía que no diría nada porque es muy buena chica y muy buena hermana. Gracias, le dije con un hilo de voz. Y todavía me entretuve un rato escribiendo líneas y más líneas, porque por fuerza tenía que escribir lo que había pasado aquel día, cuando vi pintar a Miquel, cuando me di cuenta de que aquel cuadro me dejaba sin respiración sin saber muy bien por qué. Son cabras, le dije, cabras que saltan por los Cingles. Él me miró sorprendido y agradecido, sí, son cabras, y eres la única persona que lo ha adivinado. No puede ser, le contesté, es evidente. Pues todo el mundo dice que son manchas, repuso él con una sonrisa triste. Pero bueno, da igual. Pintar me distr

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