El cuarto de la criada

Fiona Mitchell

Fragmento

cap-2

1

Complejo residencial Greenpalms, Singapur

 

Jules se apresura por el caminito del complejo de apartamentos mientras se masajea el vientre con los dedos por encima de las punciones. La música retumba en el aire sofocante, a treinta y cinco grados. Bum-bum-bum.

—Esta vez quizá funcione —le dice a su marido, David, que tiene la frente perlada de sudor.

David la mira a los ojos y baja la vista hacia el suelo de cemento.

—Ya lo veremos. De todas formas, la fiesta nos irá bien para distraernos. —La agarra de la mano y tira de ella para que acelere el paso.

Enormes bloques blancos abarrotados de apartamentos se levantan a su alrededor. Lucen como las oficinas de la City de Londres, con el cristal como elemento dominante, aunque aquí hay balcones. En uno de ellos, una mujer está sentada debajo de un parasol verde de lona, con un cigarrillo en los labios. En otro se ve una toalla rosa sobre la barandilla de vidrio. En algunos hay pequeños arbustos ornamentales con flores moradas; en otros, muebles de jardín. Los bloques de diez pisos están separados entre ellos por columnas de cristal ahumado que forman el hueco del ascensor y, cada pocos metros, unos grupos de palmeras de tronco estrecho y rojizo los adornan.

Los bloques se erigen alrededor de dos piscinas de teselas azules, una de medidas olímpicas y la otra para niños, menos profunda y de forma triangular. También hay un estanque custodiado por estatuas con forma de rana y de serpiente que escupen agua por la boca, y a cuyo murmullo ininterrumpido acompaña el trino de un coro de pájaros. Alguien ha dejado una bicicleta azul infantil en el camino de pavimento irregular que rodea las piscinas, la rueda de atrás todavía girando. Junto a cada largo de la piscina grande, hay una zona con tumbonas, mesas y butacas de mimbre. Unas gafas de natación yacen abandonadas sobre una de las mesas; una silla se ha volcado y descansa sobre su respaldo. La zona de piscinas está delimitada por parterres de flores salpicados de lirios blancos que se mueven como si asintieran, dispuestos de forma discontinua. En la parte baja de cada edificio hay una vivienda independiente con unas puertas correderas de cristal altas con unas barras de metal en la mitad superior. La fiesta tiene lugar en una de esas casas.

Empieza a oscurecer y el atardecer adquiere un tono violáceo. Los murciélagos revolotean en lo alto. Una risa estridente rasga el aire: es aquí, en el número 16. Un grupo de invitados charla en el patio, alrededor de la mesa, desde donde, a través de las puertas abiertas, se entrevén las siluetas de otros invitados que se mueven, bailan y beben champán. «Vamos.» La boca de Jules se dispone a dibujar una gran sonrisa. Sería absurdo llamar al timbre, la música está demasiado alta, así que decide empujar la puerta de roble aunque sabe que estará abierta. Aquí casi nadie cierra la puerta con llave.

Amber, su vecina estadounidense de cara afilada con barbilla puntiaguda, se balancea hacia ellos calzada con unas sandalias de cuña.

—Hola, chicos —dice arrastrando las sílabas.

Besa a Jules en una mejilla, sin apenas tocarla, y cuando se dispone a besarla en la otra Jules ya se ha apartado, y sus labios chocan.

—Un piquito entre chicas —suelta Jules levantando una ceja, pero a Amber no le hace gracia. Lleva su larga melena castaña recogida en una cola de caballo que le cae por delante de un hombro.

Jules la sigue por el espacio diáfano de la planta baja, y se adentran en un mar de vestidos estampados con cuadritos de colores, adornos de cuentas y pajarillos azules bordados batiendo las alas sobre la seda. David le ha tomado la delantera y ya está escarbando en el bol de las patatas fritas dispuesto sobre una mesita auxiliar mientras sigue el ritmo de la música con el pie. La sala es de un blanco inmaculado, minimalista, con unas lámparas esféricas que cuelgan de un alambre metálico desde el techo de doble altura.

—Necesitas una copa —dice Amber alzando la voz por encima de la música.

«Ojalá», piensa Jules.

—Algo flojito —responde.

No es la primera vez que Jules entra en esa casa; dos semanas atrás, Amber la invitó a una reunión del club de lectura. Como ya había leído Tenemos que hablar de Kevin, accedió a ir. Aquella noche, en aquella reunión, parecía que a Jules se le hubiera comido la lengua el gato. Tenía la boca cerrada y la garganta también. Las otras mujeres le parecían muy comedidas, tan dignas ellas, sobre todo Amber; lo que provocó que le entraran unas ganas locas de soltar algo que la escandalizara. Puede que solo fuera una impresión suya; las demás parecían pasarlo bien y se deshacían en halagos por el pastel de chocolate que, según decían, había elaborado la asistenta. Sin embargo, Jules no la había visto.

—Ah, no, es que casi nunca trabaja por la noche —explicó Amber cambiándose de hombro la cola de caballo.

Quizá lo que sucedía simplemente era que Jules no encajaba; la mayoría de aquellas mujeres tenía tres hijos de media, solo una trabajaba, iban pintarrajeadas y lucían un pelo brillante y sedoso, todas pulcras y aseadas, como la casa en la que estaban. Al fondo, una escalinata de madera conduce hasta un distribuidor cercado a un lado por una barandilla de cristal, donde dan las puertas de los dormitorios. Otro tramo de escalones lleva hasta la planta baja. Amber le hizo un grand tour por la casa de tres plantas el día de la reunión del club de lectura. Al fondo del salón está la cocina, separada por unas puertas correderas de cristal. Entre las dos estancias hay una isla con la encimera de mármol.

Amber coge una copa de champán de la bandeja que lleva la criada y se la pone en la mano a Jules. La sonrisa forzada de Amber muestra una hilera de dientes firmes y alineados.

—Oh, no, no me…

—¡Estamos en una fiesta! —la interrumpe Amber.

Jules abre la boca para responder, pero Amber ya se ha alejado detrás de la criada con la bandeja.

La criada tiene la cara ovalada y la piel de porcelana, pero Jules no puede apartar los ojos de sus orejas, adornadas con un sinfín de aros dorados. Por fuerza debió de dolerle hacerse todos esos agujeros. Jules se toca el pequeño agujero que tiene en una aleta de su nariz, que aún no se ha cerrado. Pasó por un calvario para lucir ahí un rubí brillante… Le parece como si ahora fuera una persona distinta a la de aquella época. Deja la copa de champán en una mesita auxiliar con boles de crudités y salsas variadas.

David habla con el marido de Amber, Tor, un noruego ligeramente arrugado con una mata solitaria de pelo canoso en la parte delantera de su reluciente calva. Siempre lleva ropa de lino. Le pasa dos cabezas a David, que parece aún más bajito entre esas paredes de techo alto, con sus pelos de punta y las mejillas rosadas. Tor tiene que encorvarse para oír a David, por lo que sus gafas metálicas se le deslizan hasta la punta de la nariz. Es, por lo menos, diez años mayor que su mujer.

La criada vuelve a pasar repartiendo otra ronda de copas de champán. La gente se lanza a por ellas, derramando el líquido burbujeante. La bandeja se inclina hasta que el único champán que queda en ella es el que se ha caído. La muchacha repara en que Jules tiene las manos vacías.

—¿Le apetece que le traiga algo para beber, señora?

—Sí, por f

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