Por si se va la luz

Lara Moreno

Fragmento

Hemos traído cincuenta libros, todos por leer. Apenas un cuarto de la ropa que teníamos, contando en ese cuarto la de invierno, verano y entretiempo. Los únicos fármacos que nos acompañan son los parches anticonceptivos de Nadia, tenemos para seis meses. Luego no habrá más.

Estoy seguro de que ella ha escondido en algún lugar de nuestro equipaje recursos de emergencia: antibióticos, antihistamínicos, analgésicos y corticoides. Estoy seguro de eso, aunque mientras estuvo enferma no abrió la boca para pedírmelos ni los buscó. Pensé en sus dolores de regla cuando hicimos la lista de lo que traeríamos, pero ella meneó la cabeza con fuerza, fue inflexible: si nos vamos, nos vamos con todas las consecuencias, ya habrá remedios. Supusimos que aquí habría modos de abastecerse. Utiliza la copa menstrual, así que no necesitábamos traer un cargamento de tampax y compresas. Los misterios de la vagina son insondables.

Nadia fue tajante: renunciar es renunciar. Esa teoría es mía. Cuando Nadia pronuncia esas palabras percibo en su timbre de voz algo parecido a la ironía, como si me estuviese probando o vengándose de mí, echándome en cara mis ideas. Pero el caso es que aquí está, conmigo. Aunque haya escondido en algún lugar de esta casa una bolsa de plástico azul y cremalleras con algunos medicamentos de emergencia.

Es curioso, quién nos lo iba a decir, que el primer contacto de Nadia con la gente de aquí fueran las manos de una vieja untándole remedios caseros. La miraba con codicia, con enfado, mi cuerpo se puso en tensión cuando la vi desprenderle las ropas, pero luego me tranquilicé, había algo de pose y de instinto en sus movimientos, y pude reconocer entre sus gestos la maternidad; el paño gris y mojado pasaba por la frente de Nadia como por la de una niña.

Hemos traído unos lienzos en blanco y una caja de pinturas. Mis prismáticos. Yo también tengo mis atrevimientos: traje conmigo un reproductor de mp3 y, esto es lo más absurdo, una pequeña cámara de fotos digital. Sin portátiles, no podré cargar la batería del mp3 y no podré reproducir las fotos más allá de la minúscula pantalla de la cámara. Antes de mudarnos, Nadia había hecho una recopilación bastante escueta de fotografías. Fotos antiguas, de su niñez, de gente que ya está muerta, y otras más actuales de nuestro día a día y nuestros amigos, y también de la época en la que nos conocimos. El día antes de venirnos, me dijo que iba a dejar allí la carpeta con fotos. Fue como cuando decidió no traer consigo ninguno de sus cuadros, o cuando fuimos conscientes de que era inútil transportar nuestros utilísimos ordenadores a este lugar. Era como estar de luto. Fingí el semblante, pero con las fotos no le hice caso; cuando no miraba, metí la carpeta en la misma bolsa donde guardo la cámara y la música. Nunca se sabe. El objeto que ha venido con nosotros y más me divierte es una vieja máquina de escribir. En un arranque de improvisación o quizá de histeria Nadia salió una mañana a recorrer la ciudad, cuando yo estaba con las cancelaciones y los empaquetamientos, y volvió con ella en brazos, metida en una maleta dura de piel; brillaban las teclas de plástico. La había encontrado en una tienda del otro extremo de la ciudad. No solo traía la máquina, sino repuestos de rollos de tinta, algo que ya no se fabrica desde hace no sé cuánto. Fue adorable verla llegar, con el pelo castaño pegado a la frente y el sombrero encajado en sus orejas blandas con varios pendientes. Ahora no lleva ninguno, solo luce los agujeros. Le quité la máquina de los brazos mientras ella me explicaba que si las cosas se ponían mal aquello podía ser nuestro futuro. Recogí sus manos húmedas en las mías y la atraje hacia mí. La máquina debía de ser por lo menos de 1970 y estaba intacta y funcionaba. Entonces le pregunté si la había probado y del bolsillo de su cazadora sacó un papel doblado en cuatro y me lo entregó. En el papel había algo escrito verdaderamente sin pensar:

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Se abrazaron en la casa fría nada más entrar. La decisión no había sido cosa de dos días, vivir allí implicaba estar juntos a pesar de todo, sin ninguna excusa. Pero la sensación de aventura no embriagaba el camino, o el encuentro con aquella construcción rectangular, porque ambos habían recorrido la tierra que los separaba de su antigua ciudad con la certeza de que no tenían más opciones que ese sitio u otro semejante. Metieron sus cosas dentro, las dejaron en el suelo del salón y buscaron la cama. Un colchón desnudo los esperaba y ella se preocupó de rebuscar en el equipaje sábanas para cubrirlo y algo con que abrigarse. Bajo la manta, vestidos, se acercaron el uno al otro, poniéndose de perfil, nariz con nariz, para no mirar el techo alto de la habitación. Era tarde, no tenían sueño, pero sí un peso dentro del cuerpo, una duda, dependiendo de la postura un miedo o una posibilidad. Por supuesto no hicieron el amor, los hipidos de ella se fueron suavizando, y él encontraría calor en unos ronquidos débiles. No habían cenado. A cada uno de ellos los ojos del contrario le resultaron demasiado hambrientos. Prefirieron cerrarlos.

Me llamo Nadia. Tengo que recordar mi nombre en este lugar, repetírmelo cada vez que me levanto, siempre demasiado tarde. Cuando abro los ojos, el cuerpo de él ya no está a mi lado en la cama, y aunque lo estuviera sentiría lo mismo esta planicie. Es como si ya se hubiera acabado todo. En la ciudad supusimos que esto pasaría, y pese a la precaución me he venido abajo. Analicé las consecuencias, eran horribles. Siempre me pongo en lo peor, en el maligno natural suceso de las cosas. Él todavía no ha empezado a soltarme las frases que guarda para mí, sabes que todo está bien, saldrás de tu cascarón de legañas y capa de hielo, felicítame porque tenemos solución maravilla. Antes de que yo termine de desenredar mis membranas del pánico, él ya contará con amigos y encontrará que el paisaje que observamos desde la ventana es digno de ser fotografiado o pintado. Pero esperará que sea yo quien marque el encuadre o moje los pinceles.

Tengo que ser fuerte, recordar mi nombre es lo principal ahora que he de integrarme de nuevo. Me llamo Nadia. Al principio pensé que nos estarían esperando a la entrada, esos seres ajenos a todo, arcanos, desconfiados y con ganas de husmearnos, como se ve en los documentales, niños desnudos y mujeres de pechos colgantes metiéndome los dedos en los oídos, o a lo mejor nos asesinaban la primera noche, cuando ya estuviéramos dormidos, tipo kukluxklán, todo eso pensaba mientras nos acerc

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