Los cuentos

Mavis Gallant

Fragmento

Prologo

Prólogo

Samuel Beckett, ante la imposible pregunta de un periódico de París: «¿Usted por qué escribe?», respondió que no había otra cosa que supiera hacer: Bon qu’à ça. Georges Bernanos decía que escribir era como remar hacia mar abierto: la línea costera desaparece, es demasiado tarde ya para dar media vuelta, y el que rema se convierte en galeote. Cuando Colette tenía setenta y cinco años y había quedado lisiada por la artritis dijo que por fin podría escribir cualquier cosa sin tener en cuenta qué le reportaría. Marguerite Yourcenar contaba que si hubiera heredado la fortuna que dejó su madre y después perdió su padre en las apuestas, es posible que no hubiera escrito una sola palabra. Jean-Paul Sartre decía que escribir es un fin en sí mismo. Yo tenía veintidós años y trabajaba para un periódico de Montreal cuando le entrevisté. No le había preguntado el porqué de la cuestión sino el qué de la cuestión en sí. El poeta polaco Alexander Wat me dijo que era como la historia del camello y el beduino, al final es el camello el que toma el relevo. Así que esa era la vida del escritor: la de un camello obstinado.

He escrito, o al menos he pensado en cosas sobre las que escribir, desde que era niña. Inventaba rimas e historias cuando no podía dormirme y por la mañana, cuando me decían que era demasiado pronto para levantarse, pronunciaba diálogos para mi gran colonia de muñecos de papel. En cierta ocasión me sorprendió oír a mi madre decir: «Ah, habla sola sin parar». Yo no me había dado cuenta de que ese tipo de discurso podía escucharse y, claro está, yo no hablaba, sino que daba voz. Hablando de mi vocación en la edad adulta, les diré que he vivido de la escritura, como un cubo de agua alojado en un río, durante más de cuarenta y cinco años. Si añadimos los seis años que pasé en un semanario, The Standard, hoy día muerto y enterrado, son más de cincuenta. En aquella época, en casa, me dedicaba con entereza a llenar una vieja cesta de picnic con libretas y manuscritos. La distinción entre periodismo y ficción es la diferencia que existe entre contar con algo y no contar con ello. El periodismo recuenta, tan exacta y económicamente como sea posible, el tiempo que hace en la calle; la ficción no considera ese tiempo en particular, sino que da vida a una destilación de todos los tiempos, el clima de la mente. Lo cual no quiere decir que no tenga que ser exacto y económico: se trata de una precisión de distinto cariz.

Todavía no sé qué es aquello que empuja a alguien en su sano juicio a dejar tierra firme para pasarse la vida describiendo gente que no existe. Si se trata de un juego de niños, una extensión del mundo de la fantasía, algo que te aseguran frecuentemente aquellos que escriben sobre la escritura, ¿cómo se explica que exista un deseo primordial de hacer eso y solo eso, y considerarlo una ocupación tan racional como subir a los Alpes en bicicleta? Tal vez ese agregado cultural de la embajada canadiense que me dijo: «Sí, pero ¿a qué se dedica realmente?» estaba expresando una opinión adulta. Puede ser que un escritor tan solo sea en realidad un niño disfrazado que improvisa al intentar dotar de sentido el comportamiento adulto, alguien con esa perspectiva lúcida, tan fiel como el ambiente le permite, que tiene el niño acerca de los mayores. Cuando Peter Quennell imaginaba a Shakespeare, que es lo mismo que decir cuando imaginaba lo inexplicable, decía que Shakespeare había recibido la llamada secreta que lo había llevado por la senda adecuada. Las llamadas secretas y la senda adecuada es lo que los genios y los santos tienen en común. Igual les pasa a los grandes escritores, los medio grandes, los buenos, los menores, los que son tenaces, aquellos a los que les cuesta horrores y aquellos que no cuentan más que con su ansiedad por hacerlo. Todos ellos descubrirán que el Paraíso (el futuro de todo hombre) está oculto por setos. Si miramos a través de ese seto hacia el verde lugar en el que se consigna el genio, podríamos verlos a todos juntos, esperando recibir una recompensa colectiva, aunque tan solo sea porque están de acuerdo en la procedencia de su vocación y el comienzo de la senda adecuada. Y pudiera ser que en su ansia de conocimiento ese coro de voces que flota sobre el seto vaya cantando: Bon qu’à ça.

Janet Flanner, una gran periodista en su época, corresponsal del New Yorker en París durante medio siglo, dijo cuando estaba a punto de cumplir ochenta años que habría preferido ser una escritora de ficción. La necesidad de ganarse la vida, nuestro equipaje común, evitó que dejara aquello para lo que estaba tan dotada y se embarcara hacia quién sabe dónde. Había publicado ficción, pero no mucha, y con pocas satisfacciones. Así que pensó que sus deseos de escribir eran mayores que su talento. Había algo que no encajaba. Mi padre, que era más joven que Janet Flanner, y que murió apenas cumplidos los treinta años, nunca pensó en sí mismo más que como pintor. Tal vez fuera bueno —para él— que no llegara a descubrir que jamás podría ser más que un aficionado con dedicación. No es que lo intentara y fracasase. En cierto modo nunca llegó a emprender el camino, excepto el recorrido por un firme ideal en el que vida y arte se implicaban mutuamente. La idoneidad requería un desplazamiento, así que marchó de Inglaterra a Canadá. Sus amigos le recordaban como una persona sensata. Nadie le oyó jamás decir que había esperado esto, o que se arrepentía de aquello otro. Su personalidad de artista era algo tan asumido, se daba tanto por hecho, era tan aceptado por los demás, que me costó años comprender aquello que debería haber sido obvio: que él también había trabajado, que antes de que llegara a enfermar hasta el punto de no poder trabajar en nada, había estado yendo a la oficina diariamente.

«¿Y de qué pensabas que vivíais?», me dijo aquel amigo de la familia que acababa de darme a conocer que mi padre era, bien mirado, como la mayoría de la gente. Estaba en una empresa que empleaba trabajadores ingleses. Importaban unos muebles de oficina enormes hechos con una madera pesada. No todas las empresas querían a los ingleses. Tenían fama de criticar Canadá y no hacer nada para tirar del carro. Con mucha frecuencia los ponían en puestos en los que no pudieran hacer daño real o les otorgaban cargos genéricos. Esto creó una pequeña inflación de inspectores, controladores, estimadores, gerentes, ayudantes, consejeros y vicepresidentes. Algunos de ellos se agarraban a su rango militar de la Primera Guerra Mundial, e iban por ahí haciéndose llamar capitanes y comandantes. Esta farsa de imperio menor prosperó en los años treinta, cuando la Depresión se desmoronó sobre todos esos puestos y supuestos puestos de trabajo.

A los dieciocho fui a echar un vistazo a aquel edificio de oficinas, una casa de ladrillo gris situada en Beaver Hall Hill. Recuerdo que cuando me llevaron allí iba con el uniforme de la escuela de monjas, sarga negra con collarín de cura, y que me presentaron a un hombre con acento inglés. Mi padre tenía tendencia a exhibir a su hija en público, así que ya e

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