Tentación

János Székely

Fragmento

1

Mi vida empezó como una novela policíaca. Intentaron asesinarme. Por suerte eso pasó cinco meses antes de que yo naciera, de manera que no creo que la cosa me causara mayor sobresalto. Aunque de ser cierto lo que se rumoreaba en el pueblo, debería haber tenido mis razones para preocuparme. Faltó bien poco para que acabaran conmigo antes de que me hubiesen crecido los cinco dedos con los que ahora sujeto la pluma.

Mi madre tenía apenas dieciséis años y, según todos los indicios, ni en cuerpo ni en alma quería que yo llegara a llamarla madre. Si bien en términos generales pocas son las jovencitas que desean disfrutar de este honor, lo que hizo mi madre –según cuentan– fue absolutamente nauseabundo. Se rebeló contra su inminente maternidad como poseída por el demonio. Recurrió a los medios más reprobables y al mismo tiempo frecuentó las iglesias: se arrodillaba, rezaba, y luego, sin transición alguna, blasfemaba, montada en cólera, contra el santoral al completo. No quería tenerme, a buen seguro que no lo quería.

–¡Si al menos amara al sinvergüenza de su padre! –se decía–. Pero es que solo lo vi en una ocasión, ni siquiera sé por dónde diablos andará ahora.

Así fue, en efecto. Conoció a Mihály T. el día de San Pedro y San Pablo; no lo había visto antes ni lo volvió a ver después. No obstante, se produjo el accidente. Y eso que mi madre no era de esas mujeres que por aquí llaman ligeras de cascos, que se acuestan sin miramientos con cualquiera con tal de que lleve pantalones. No quiero embellecer las cosas, lo cuento todo tal como a mí me lo relató más tarde la tía Rozika, una vecina del pueblo de la que hablaré después.

Según me contó, la «pobre Anna» no tenía nada que envidiar al resto de las mozas del pueblo. Era una muchacha callada, bien parecida, de piel blanca y pelo negro; una chica de singular belleza. Lo que más recuerdo son sus ojos. Los tenía muy hundidos, diminutos y negros, unos ojos de campesina desconfiada pero dócil en definitiva, que observan el mundo con agudeza y al mismo tiempo con una tristeza dulce y ancestral. Como su padre había muerto hacía tiempo, vivía en casa de su madrastra, pues a su madre no la había llegado a conocer; eran pobres de solemnidad. Trabajaba de criada, y a los quince años ya la mandaban a deslomarse de sol a sol en las tierras del conde. Así que de sobra merecía tomarse un respiro para asistir a la tradicional fiesta del día de San Pedro y San Pablo, en la que terminó en los brazos de Mihály T.

Este Mihály T. era un mozo afamado, las chicas lo llamaban Miguelindo, así, todo en una misma palabra, tal como lo escribo. Había nacido en el pueblo, pero hacía diez años que se había marchado. Era de sangre caliente y carácter aventurero; se había fugado de casa siendo adolescente, se fue a ver mundo, como se dice en los cuentos populares, y desde entonces circulaban misteriosas historias sobre él. Contaban que si había sido capitán de un barco, que si era pirata. En realidad, no llegó a ser ni lo uno ni lo otro, pero sí marinero en un barco de vapor, lo cual no deja de ser meritorio para un campesino. Volvió pues Miguelindo al cabo de diez años para que vieran en el pueblo a lo que había llegado. Se vistió con sus mejores galas; entre sus dientes fuertes y brillantes como la porcelana humeaba una auténtica pipa de madera inglesa, y llevaba de medio lado un sombrero verde que había comprado, según precisó, en Buenos Aires. Era un gañán locuaz, fuerte como un toro, engreído y pendenciero, que volvía locas a las chicas. Se pavoneaba por las calles del pueblo y cada noche se le veía en los pajares con una muchacha diferente.

Anna no conocía a Miguelindo, aunque había oído hablar mucho de él. Cuando lo vio por primera vez aquella famosa noche de verano, el día de San Pedro y San Pablo, no le pareció gran cosa.

«¿Y por este tipo suspiráis? –dijo en voz bien alta, para que todo el mundo lo oyera–. Pues vaya gusto el vuestro.»

Las buenas amigas, ni cortas ni perezosas, se lo comentaron a Miguelindo, pero, como suele ocurrir, lograron justamente el efecto contrario del pretendido. Sucedió, pues, que Miguelindo se plantó ante Anna y, sin decir una sola palabra, la agarró por la cintura y la llevó a bailar una czarda. Nadie sabe muy bien qué diablos sucedió mientras bailaban. Dicen que más adelante mi madre juró que había bailado con el mozo por pura presunción, para dar envidia a sus irritadas compañeras. Sin embargo, el hecho es que bailó con Miguelindo hasta la madrugada, sin mirar a nadie más.

El del año 1912 fue un verano hermoso y fecundo, y el día de San Pedro y San Pablo se celebró por todo lo alto, como manda la tradición. Los aldeanos se saciaron comiendo el gulash que mandó preparar el terrateniente, hubo vino a espuertas y la banda de gitanos tocó czardas. Cuentan que aquella fue una noche tan calurosa que, pese a que el baile era al aire libre, nadie dejó de sudar hasta el amanecer. La suave brisa que se levantó después de medianoche tan solo alcanzó para que el fuego de los farolillos prendiera en el papel que los envolvía con los colores de la bandera nacional, pero no causó alivio alguno, ya que traía un ardor más propio de la boca de un horno. La gente apagó a pisotones los farolillos que se habían encendido y solo quedó la luz de la luna y de las estrellas del cielo, pero a la juventud le bastaba o incluso le sobraba, pues las parejas poco a poco se fueron retirando a parajes más tranquilos.

De repente Miguelindo le preguntó a mi madre:
–¿Tienes alguna canción preferida?
–Claro. ¿Cómo no la iba a tener?
–¿Cuál es?
–Es una canción muy antigua, los gitanos ya no la tocan.
–¿Ah, no? –contestó Miguelindo con picardía–. No tocarán ninguna otra cosa hasta la madrugada, ya verás.

Dicho y hecho. Sacó del bolsillo un billete de diez coronas, escupió sobre el papel y, con los modales de un caballero que busca jarana, lo pegó en la frente del primer violinista. Y, claro está, de inmediato la banda se arrancó con la canción elegida por mi madre, una antigua y dulce balada popular:

En el bosque donde entré, un pajarillo me encontré
y un nido construía
y mi amor por ti crecía…

Luego sucedió lo que había anunciado Miguelindo: la banda no tocó otra melodía hasta el amanecer. De vez en cuando el primer violinista intentaba pasar a una canción de ritmo más rápido, pero Miguelindo aparecía de pronto y arremetía contra los músicos como un perro rabioso. No les quedó más remedio que continuar con la misma czarda lenta hasta que despuntó el día, mientras Miguelindo cantaba al oído de mi madre «Ay, mi amor por ti crecía», para exasperación del resto de las muchachas.

Fue una noche loca, apenas quedó una persona sobria en todo el pueblo. La abundancia de vino, la abundancia de czardas lentas y quizá también la abundancia de estrellas en el cielo surtieron efecto, y sucedió lo que suele suceder en tales ocasiones. Anna, de repente, se encontró tumbada en un pajar con Miguelindo. Fueron tan solo unos minutos, según contó más tarde la pobre, apenas se había dado cuenta de lo sucedido cuando de repente el mozo miró el reloj y bramó como si le asestaran una puñalada en la espalda: «¡Maldita sea, que pierdo el tren!».

Antes de que mi madre pudiera adecentarse, él ya se había alejado. Subió al tren en marcha desde el terraplén, según relató al día siguiente el guardabarrera, y nunca más le volvieron a ver.

Así sucedió. No fue amor, ni mucho menos. Fue una locura, ocurrió, ha habido locuras mayores el día de San Pedro y San Pablo. El día siguiente, según me contó la tía Rozika, mi m

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