I
Según me lo contó él mismo, Sergio Cabrera llevaba tres días en Lisboa cuando recibió por teléfono la noticia del accidente de su padre. La llamada lo sorprendió frente al Jardín de la Plaza del Imperio, un parque de senderos amplios y empedrados donde su hija Amalia, que por entonces tenía cinco años, trataba de dominar la bicicleta rebelde que acababa de recibir como regalo. Sergio estaba sentado junto a Silvia en una banca de piedra, pero en ese instante tuvo que alejarse hacia la salida del jardín, como si la cercanía de otra persona le impidiera concentrarse en los detalles de lo sucedido. Al parecer, Fausto Cabrera estaba en su apartamento de Bogotá, leyendo el periódico en el sofá de la sala, cuando se le ocurrió que la puerta de la casa no tenía puesto el seguro, y al levantarse bruscamente sufrió un desvanecimiento. Nayibe, su segunda esposa, que lo había seguido para pedirle que volviera a su silla y no se preocupara, pues el seguro ya estaba puesto, alcanzó a recibirlo en sus brazos antes de que Fausto se fuera de bruces contra el suelo. Enseguida llamó a su hija Lina, que pasaba unos días en Madrid, y era Lina quien ahora le daba la noticia a Sergio.
«Parece que ya va a llegar la ambulancia», le dijo. «¿Qué hacemos?»
«Esperar», le dijo Sergio. «Todo va a estar bien.»
Pero no lo creía de verdad. Aunque Fausto había tenido siempre una salud envidiable y la fortaleza física de alguien veinte años más joven, también era cierto que acababa de cumplir noventa y dos años muy cargados, y a esa edad todo es más grave: las enfermedades son más amenazantes, los accidentes son más perniciosos. Seguía levantándose a las cinco de la mañana para sus sesiones de tai chi chuan, pero cada vez con menos energía, haciendo concesiones cada vez más notorias al desgaste de su propio cuerpo. Como no había perdido ni una pizca de lucidez, eso lo irritaba enormemente. La convivencia con él, por lo poco que sabía Sergio, se había vuelto tensa y difícil, y por eso nadie se había opuesto cuando anunció que se iba de viaje a Beijing y Shanghái. Era un viaje de tres meses a lugares donde siempre había sido feliz, y en el cual sus antiguos discípulos del Instituto de Lenguas Extranjeras le harían una serie de homenajes: ¿qué problema podía haber? Sí, hacer un viaje tan largo a una edad tan avanzada podía no parecer lo más prudente, pero nadie nunca había convencido a Fausto Cabrera de no hacer algo que ya se le había metido en la cabeza. De manera que fue a China, recibió los homenajes y volvió a Colombia listo para celebrar su cumpleaños. Y ahora, pocas semanas después de regresar del otro lado del mundo, había sufrido un accidente en la distancia que va del sofá a la puerta de la casa, y estaba aferrándose a la vida.
No era una vida cualquiera, hay que decirlo. Fausto Cabrera era una figura de renombre de la cual la gente de teatro (pero también la de la televisión y el cine) hablaba con el respeto que producen los pioneros, a pesar de que siempre lo rodearon las controversias y tenía tantos amigos como enemigos. Había sido el primero en usar el método Stanislavski para interpretar poemas, no sólo para hacer personajes dramáticos; había fundado escuelas de teatro experimental en Medellín y en Bogotá, y una vez se atrevió a convertir la plaza de toros de Santamaría en escenario para una obra de Molière. A finales de los años cuarenta hizo programas en la radio que cambiaron la manera en que la gente entendía la poesía, y luego, cuando llegó la televisión a Colombia, fue uno de los primeros directores de teleteatro y uno de sus actores más reconocidos. Después, en tiempos más convulsos, usó la reputación que había conseguido en las artes escénicas como fachada para militar en el comunismo colombiano, y eso le granjeó el odio de muchos hasta que esos años fueron cayendo en el olvido. Las generaciones más jóvenes lo recordaban en especial por un papel cinematográfico: fue para La estrategia del caracol, la más conocida de las películas de Sergio y acaso la que más satisfacciones le había dado, donde Fausto hizo de Jacinto, un anarquista español que lidera una pequeña revolución popular en el corazón de Bogotá. Lo encarnó con tanta naturalidad, y se veía tan acomodado en la piel de su personaje, que a Sergio, cuando hablaba de la película, le gustaba resumirlo así:
«Es que estaba haciendo de sí mismo».
Ahora, saliendo del jardín con Silvia a su lado, caminando entre el Monasterio de los Jerónimos y las aguas del río Tajo, vigilando a Amalia que, más adelante, luchaba contra el manubrio de su bicicleta, Sergio se preguntaba si no habría podido hacer un esfuerzo en los últimos días para visitarlo con más frecuencia. No habría sido fácil, de todos modos, pues en su propia vida estaban sucediendo dos cosas que consumían su tiempo y su atención, y apenas si le dejaban espacio para otras preocupaciones. Por un lado, una serie de televisión; por el otro, el intento por rescatar su matrimonio. La serie contaba la vida del periodista Jaime Garzón, su amigo y su cómplice, cuyos programas brillantes de sátira política se acabaron en 1999, la madrugada en que murió abaleado por sicarios de extrema derecha mientras esperaba en su camioneta a que un semáforo se pusiera en verde. El matrimonio, por su parte, se estaba descarrilando, y las razones no eran claras ni para Sergio ni para su esposa. Silvia era portuguesa y veintiséis años menor que él; se habían conocido en 2007, en Madrid, y habían alcanzado a vivir varios años a gusto en Bogotá, hasta cuando algo dejó de funcionar debidamente. ¿Pero qué era? Aunque no lograran saberlo con certeza, la separación les pareció entonces la mejor de las opciones, o la menos dañina, y Silvia viajó a Lisboa no como si regresara a su país y a su lengua, sino como si viniera de visita para escapar de una tormenta.
Sergio sobrellevó como pudo la vida sin ellas, pero siempre estuvo consciente de que la separación le hacía más daño del que se confesaba. Entonces le llegó la oportunidad que había estado esperando sin saberlo: la Filmoteca de Catalunya estaba organizando una muestra retrospectiva de sus películas, y los responsables le pedían a Sergio que viajara a Barcelona para estar con ellos un fin de semana largo, del jueves 13 de octubre al domingo siguiente. Se trataría, primero, de una inauguración, una de esas ceremonias con copa de cava y música en vivo, llenas de apretones de manos y elogios generosos, que siempre habían violentado su timidez natural pero que no había rechazado nunca, porque en el fondo le parecía que ni siquiera una timidez como la suya justificaba un acto de ingratitud. Y luego, durante tres días, Sergio asistiría a las proyecciones de sus películas y hablaría sobre ellas con un público interesado y culto. La ocasión era perfecta. Sergio decidió de inmediato que aprovecharía la invitación a Barcelona para dar el salto a Lisboa, pasar unos cuantos días en compañía de su esposa y su hija y enmendar la familia que se le había roto, o por lo menos comprender hasta el fondo las razones de la ruptura. La filmoteca sacó los pasajes respetando esas peticiones.
De manera que el 6 de octubre, cuando Sergio llegó al aeropuerto de Bogotá, tenía ya reservada su conexión a Lisboa para el día siguiente. Desde la sala de espera llamó a su padre: nunca, en toda su vida, había salido del país sin despedirse de él por teléfono. «¿Cuándo vuelves?», preguntó Fausto. «En quince días, papá», dijo Sergio. «Vale, vale», dijo Fausto. «Pues nos vemos a la vuelta.» «Sí, a la vuelta nos vemos», dijo Sergio, pensando que los dos estaban repitiendo las mismas frases que se habían dicho mil veces en mil llamadas idénticas, y que esas palabras sencillas ya no eran las que habían sido alguna vez: habían perdido valor, como las monedas que ya no circulan. En el aeropuerto de El Prat lo esperaba uno de los encargados de la retrospectiva, pues Sergio se había ofrecido a traerles en su propia maleta de mano todo el material que necesitaban: los discos duros donde venían las películas, por supuesto, pero también fotos de los rodajes y hasta algún guion original que la filmoteca exhibiría en sus vitrinas. El encargado era un joven flaco y barbudo, de gruesas gafas de pasta negra y camiseta de presidiario de caricatura, que recibió la maleta con una expresión de seriedad invencible y luego le preguntó a Sergio si alguien más vendría con él. «Para reservar una habitación doble», aclaró el joven. «Si es el caso.»
«Viene mi hijo», dijo Sergio. «Raúl es su nombre. Pero en la filmoteca ya lo saben.»
Sergio lo había decidido días atrás. Silvia no habría podido acompañarlo ni siquiera si la relación hubiera estado bien, y no sólo por su propio trabajo, que no le permitía ausentarse, sino porque Amalia estaba a punto de entrar en una escuela nueva. Lo más natural del mundo era invitar a Raúl, el único hijo de su matrimonio anterior, que acababa de empezar su último curso de secundaria y en cada correo electrónico preguntaba cuándo volverían a verse. Eso no había sucedido en los últimos dos años, pues Raúl vivía con su madre en Marbella, fuera de las rutas por donde solían pasar los viajes de Sergio. Así que tomaría un avión en la tarde del jueves, después de terminar las clases, y aterrizaría en Barcelona justo a tiempo para asistir a la ceremonia de inauguración y pasar casi tres días enteros con su padre, viendo películas que no había visto y volviendo a ver las que ya conocía, pero esta vez con el sonido y la imagen de una sala de cine. Como si esas razones fueran pocas, Raúl nunca había estado en Barcelona, y la idea de enseñarle la ciudad al mismo tiempo que le enseñaba sus películas le pareció a su padre extrañamente seductora. En eso estaba pensando Sergio cuando aterrizó en Lisboa, poco antes de las nueve de la noche, y encontrarse al salir con la cara de Silvia y su sonrisa luminosa le provocó la ilusión de haber regresado a su casa en vez de venir de visita. Entonces se dio cuenta de que también Amalia había venido a recibirlo; y aunque era demasiado tarde para ella, la niña tuvo la energía suficiente para abrir los brazos y colgarse de su cuello, y Sergio entendió por qué había valido la pena todo este desvío.
Fue tan bello el reencuentro que ni siquiera les importó que la aerolínea hubiera extraviado las maletas. De las tres que había facturado Sergio en Bogotá, una sola había llegado sana y salva a su destino, y la mujer del mostrador amarillo no les dio más solución que obligarlos a volver al aeropuerto el lunes en la mañana. Pero no había desencuentro ni incidencia que le quitara a Sergio la dicha de ver a su familia. El sábado, mucho más temprano de lo que aconsejaba su horario desajustado, dejó que Amalia lo tomara de la mano y lo llevara a conocer el barrio Benfica, que para ella se reducía a la calle Manuel Ferreira de Andrade y a su local más importante: la pastelería Califa. Le compró sus croquetas favoritas, la llevó al cumpleaños de una amiga, oyó sus canciones portuguesas y trató de cantar con ella, y el domingo, junto a Silvia, repitió la rutina. En la noche le dijo a Silvia: «Estoy contento de haber venido». Y era estrictamente cierto.
La llamada de su media hermana Lina fue como estrellarse de cara contra la realidad impertinente. Esa mañana, Silvia y él habían estado recogiendo las maletas extraviadas en el aeropuerto, y de regreso le compraron a Amalia una bicicleta de marco demasiado rosado, con luz de pilas en el manubrio y cuna trasera para la muñeca, y un casco que hacía juego con el marco; y ésa era la razón por la que habían ido al Jardín de la Plaza del Imperio, frente al Monasterio de los Jerónimos, donde estaban cuando recibieron la noticia. Era un día de cielos limpios y el agua del Tajo soltaba destellos blancos; la piedra de las aceras brillaba tanto que a Sergio le dolían los ojos, y tuvo que ponerse las gafas oscuras para seguir caminando hasta el lugar donde habían aparcado el carro de Silvia. Pero su paso ya no era el paso ligero de antes, y la felicidad frívola de la bicicleta nueva, y la satisfacción que le producía la boca concentrada de la niña en el intento por conservar la línea recta, se habían ido repentinamente a la mierda.
Eran las siete de la tarde cuando llegaron a la calle Manuel Ferreira de Andrade. Frente al número 19, Sergio bajó las maletas pesadas y las arrastró hasta la galería, mientras Silvia daba una vuelta a la cuadra para encontrar un espacio libre. Y fue entonces cuando volvió a temblar su teléfono en su bolsillo y a aparecer en la pantalla el mismo número que había llamado antes. En el momento de contestar, Sergio ya sabía lo que le diría la voz de Lina, ya sabía todas las palabras, porque no hay demasiadas para decir lo que Lina iba a decirle. Cuando llegaron su esposa y su hija estaba todavía allí, en la galería de suelo de mármol, entre columnas de baldosines de color verde, paralizado aunque las corrientes de aire le dieran en la cara, con su teléfono todavía en la mano y sus maletas tristes a su lado como dos perros falderos, sintiendo a pesar de todo que una conjunción de azares le había sido favorable, pues no habría preferido recibir esa noticia en ningún otro lugar del mundo, ni en ninguna otra compañía. Tomó de la mano a Silvia, mientras dejaba que Amalia se alejara en la bicicleta, y le dijo:
«Se acaba de morir».
Lo primero que hizo al subir al apartamento fue encerrarse en la habitación de Silvia para llamar a su hermana Marianella. Durante largos segundos telefónicos lloraron juntos, sin ninguna necesidad de decirse nada, tan sólo compartiendo la sensación aterradora de que toda una vida —no sólo la de Fausto Cabrera— acababa de cerrarse. Marianella era dos años menor que Sergio, pero, por razones que nunca habían tratado de explicarse, esa distancia había tenido algo de irreal o de arbitrario, tal vez porque la compensaban los rasgos de sus personalidades: la hermana menor siempre había sido más atrevida, más rebelde, más contestataria, y el hermano mayor, en cambio, parecía haber nacido con el vicio de la cavilación y la incertidumbre. Pero habían vivido tantas cosas juntos, y tan distintas de las que habrían debido vivir, que desde muy jóvenes se tuvieron esa lealtad especial: la de quienes saben que su vida es incomprensible para los demás, y que la única manera de ser felices es aceptarlo sin sublevarse. Sergio trató de paliar desde la distancia la tristeza de su hermana, y no se le ocurrió mejor manera que contarle todo lo que sabía sobre la muerte de su padre. Le habló del sofá en que estaba leyendo el periódico, de la terquedad con que se levantó para ponerle seguro a una puerta que ya lo tenía, del desvanecimiento en brazos de su esposa. Le contó que Fausto ni siquiera había llegado a subir a la ambulancia, pues ya no tenía signos vitales cuando llegaron los paramédicos. El acta de defunción se había hecho allí mismo, en su propia sala, y ahora mismo estaban esperando a la gente de la funeraria. Eso era lo que le había contado Lina, y había terminado con una frase rara, entre críptica y ampulosa:
«Murió de pie, Sergio. Tal como vivió».
Era el lunes 10 de octubre de 2016. La ceremonia de inauguración en la filmoteca estaba prevista para el día 13, jueves, a las siete y media de la noche. Después de colgar con Marianella, Sergio se encontró de repente haciendo matemáticas mentales, contando tiempos de vuelo y de escala, comparando frente al computador los itinerarios disponibles entre España y Colombia. Aunque la diferencia horaria no jugaba a su favor, se dio cuenta de que no era imposible, si se daba prisa, viajar a Bogotá para ver por última vez la cara de su padre, saludar a Nayibe y darle un abrazo a Marianella, y estar de regreso en Barcelona, con apenas un día de retraso, para participar en el resto de la retrospectiva, ver sus películas y responder a las preguntas de su público. Pero en la noche, después de cenar con Silvia y con Amalia, Sergio se acostó en el sofá gris, frente al televisor apagado, y no supo en qué momento comenzó a sentir una emoción que no había conocido nunca. Allí, en ese apartamento ajeno de suelos de madera, estaba su familia, la familia que se le había escapado ya una vez; como si eso fuera poco, en Barcelona lo esperaba Raúl, y de repente todo este viaje había asumido el cariz de un reencuentro. Tal vez Sergio estaba pensando en eso cuando tomó una decisión que no le pareció entonces tan extraña como le parecería más tarde.
«No voy a ir», le dijo a Silvia.
No viajaría a Bogotá: no iría a las exequias de su padre. El compromiso adquirido con la filmoteca, explicaría a quien necesitara explicaciones, no le daba tiempo suficiente para ir y volver, y no podía despreciar el trabajo y el dinero que los organizadores habían invertido en el homenaje. Sí, ésa era la solución. Lo siento mucho, eso le diría a la esposa de su padre, y no estaría mintiendo al decirlo. Tenía una relación cordial con ella, pero nunca, en tantos años de convivencia, había conseguido nada parecido a la intimidad. A ella no le haría falta la presencia de Sergio; él, por razones que no encontraban palabras claras, no se sentía del todo bienvenido en Bogotá.
«¿Estás seguro?», le dijo Silvia.
«Seguro», dijo Sergio. «Ya lo he pensado mucho. Y mi lugar está con los vivos, no con los muertos.»
Todos los medios de Colombia dieron la noticia de la muerte de Fausto Cabrera. Para cuando Sergio llegó a Barcelona, el miércoles al final de una mañana cenicienta, la prensa colombiana estaba ya inundada con recuentos de la vida de su padre. Leyendo las noticias de esos días, parecía que no había en todo el país un solo actor que no hubiera compartido con él las clases de interpretación del maestro Seki Sano, ni un solo aficionado que no hubiera estado presente en la plaza de toros para ver El enfermo imaginario, ni un colega que no hubiera llamado a felicitarlo cuando ganó el premio Vida y Obra del Ministerio de Cultura. Las emisoras de radio descubrieron viejas grabaciones en las que Fausto recitaba poemas de José Asunción Silva o de León de Greiff, y en alguna esquina de internet reapareció un artículo que Sergio había publicado varios años antes en el ABC de Madrid. «Un buen nacional», escribió allí, «no es aquel que pasa su vida intentando probar que el suyo es un país mejor; es el que trata de hacer grande al país que lo recibe, porque ésta es la mejor forma de honrar al que lo vio nacer». Las redes sociales también hicieron lo suyo: de sus cloacas salieron siluetas anónimas o seudónimos altisonantes —Patriota, Abanderado, Gran Colombiano— que recordaron el pasado militante de Fausto Cabrera y su relación con la guerrilla maoísta, y declararon que el único comunista bueno era un comunista muerto. El teléfono de Sergio no dejó de recibir llamadas de números ocultos o desconocidos, y su WhatsApp se llenó con peticiones o ruegos que él desatendió con toda la cortesía de la que fue capaz. Sabía que no podía esconderse para siempre, pero durante unas horas, cuantas más mejor, quería guardarse para sí mismo el recuerdo de su padre, las memorias —buenas y de las otras— que ya comenzaban a asaltarlo.
La Filmoteca de Catalunya lo alojó en un hotel lujoso de la Rambla del Raval, uno de esos lugares donde todas las paredes son ventanas y todas las luces son de colores, pero no le dio tiempo de disfrutar la habitación: la organización se lo llevó de inmediato a un almuerzo de bienvenida en un restaurante del barrio. Aunque no se lo hubieran dicho, Sergio se había dado cuenta de que ya todo el mundo estaba enterado de lo sucedido: tenían las expresiones esforzadas de quien tantea el terreno para ver cuánta simpatía le está permitida, dónde está la frontera legal de las sonrisas. Antes de que llegaran los postres, el director de programación, un hombre amable de ojos grandes y gafas sin marco, cuyas cejas espesas se alzaban casi con cariño cuando hablaba de cine, interrumpió la conversación para agradecerle a Sergio su presencia, y le dijo con toda claridad que estaban muy contentos de tenerlo en Barcelona, pero que le daban la libertad de viajar a Colombia si lo prefería: la retrospectiva ya estaba organizada, ya las películas estaban en la filmoteca, ya la exposición había sido montada, y si Sergio decidiera cancelar su participación para estar con su familia y enterrar a su padre, ellos lo entenderían perfectamente. Sergio ya había tenido tiempo de tomarle la medida: Octavi Martí había dirigido varias obras para el cine y para la televisión, y hablaba de los grandes directores con esa intimidad que sólo tienen quienes de verdad los han entendido. A veces parecía que hubiera visto todas las películas del mundo, y a veces, que en su trabajo de crítico hubiera escrito sobre todas ellas. A Sergio le cayó bien de inmediato, pero ésa no fue la única razón que tuvo para responder como lo hizo.
«No, yo me quedo», dijo.
«Podrías ir y volver para el cierre, si quieres. Hacemos una copita al final, hablas con la gente y ya está.»
«Gracias», dijo Sergio. «Pero los compromisos son los compromisos.»
Al final del almuerzo, en la silla de su derecha, que había quedado misteriosamente vacante en el momento del café, apareció una chica joven con una carpeta cuyo contenido —varias páginas de información bien ordenada— fue explicando con la voz demasiado paciente de una profesora. Una por una señaló las entrevistas que el homenajeado habría de dar en los días siguientes, una lista larga de prensa y radio y televisión que allí, sobre el blanco de la página, era un río caudaloso que Sergio debería cruzar a nado, como si estuviera de vuelta en los entrenamientos militares de otros tiempos. De la carpeta salió también el programa de la retrospectiva.
Día 13. Todos se van (2015). Foro y preguntas del público.
Día 14. Golpe de estadio (1998). Foro y preguntas del público.
Día 15. La estrategia del caracol (1993). Foro y preguntas del público.
Día 16 al 19. Perder es cuestión de método (2004), Ilona llega con la lluvia (1996), Técnicas de duelo (1989) y Águilas no cazan moscas (1994). Proyecciones sin la participación de Sergio Cabrera.
Sergio pensó que habría podido añadir otras palabras: Proyecciones en un mundo donde ya no está mi padre. La idea lo estremeció, porque el fantasma de Fausto Cabrera estaba presente en cada una de las películas, y en muchas de ellas no era un fantasma, sino una presencia de carne y hueso: el anarquista español, el portero de un hotel de marineros, el cura que oficia un entierro. Nunca, desde el primero de sus cortometrajes —un episodio del viaje de Alexander von Humboldt por Colombia—, había terminado una película sin preguntarse qué le parecería a su padre; nunca, tampoco, se había preguntado cómo sería ver sus películas en este nuevo mundo huérfano, o si las películas pueden cambiar cuando el mundo de afuera, el mundo no filmado, se ha transformado de manera tan violenta: si los fotogramas o las líneas de diálogo se transforman cuando ha desaparecido la persona que en más de un sentido los hizo posibles. Ahora, mientras hablaba del programa con la chica joven, se le acercó Octavi Martí para comentarle algo. Se había dado cuenta de que las tres primeras películas, las que se proyectarían con la presencia de Sergio, formaban una suerte de cronología inversa: de la más reciente a la más antigua. ¿Había sido a propósito?
«No, pero está bien así», dijo Sergio con una sonrisa. «Mirando hacia atrás, ¿no? Después de todo, esto va a ser una retrospectiva de verdad.»
Tras salir del restaurante se fue directo a su cuarto. Esa tarde barcelonesa era la mañana colombiana: la mañana del día de las exequias. Quería hablar con Marianella, que estaba pasando por momentos tristes. En los últimos tiempos, después de una serie de altercados irresolubles, los contactos con su padre se habían enturbiado hasta interrumpirse por completo. Por eso había furia en su llanto cuando contestó la llamada: porque ahora, después de ese alejamiento doloroso, le habría gustado ser parte de la muerte de su padre. Pero nadie le había avisado a tiempo, aunque sólo fuera para que tuviera derecho a la preocupación, ni la habían invitado a la casa de su padre, para que lo acompañara en los ritos de la muerte. «No me avisaron», se quejaba Marianella. «Están diciendo que yo abandoné a papá en sus últimos años, que lo dejé solo en la vejez… No entienden, Sergio, no saben nada y no entienden nada.» Las rencillas ocultas o nunca expresadas que hay en todas las familias, los malentendidos y las palabras que no se dicen o se dicen a destiempo, la falsa idea que nos hacemos de lo que sucede en la cabeza o en el alma del otro: esa compleja red de silencios conspiraba ahora contra la serenidad, y Marianella, en medio de su tristeza, le estaba diciendo a Sergio que tampoco ella iba a asistir al entierro.
«No, eso no puede ser», dijo Sergio. «Tú estás allá, tú tienes que ir.»
«¿Y tú?», dijo ella. «¿Tú por qué no estás aquí?»
Sergio no supo decirlo. Insistió con razones vagas, y al final logró que su hermana aceptara: con su madre muerta nueve años atrás y con Sergio fuera del país, ella era la familia, ella tenía que representar a la familia.
Esa tarde tuvo la primera entrevista en el vestíbulo del hotel. La periodista le explicó que se trataba de una página especial —la contra de La Vanguardia— y que el formato le exigía comenzar con un breve inventario de datos biográficos, de manera que Sergio se encontró contestando a una ficha policial: tenía sesenta y seis años, tres matrimonios y cuatro hijos; había nacido en Medellín, vivido en China y trabajado en España; era ateo. No lo sorprendió que la primera pregunta, después de ese interrogatorio, no fuera una pregunta, sino unas condolencias: «Siento lo de su padre». Su propia respuesta, en cambio, lo tomó desprevenido, no sólo porque ni siquiera él mismo la había esperado, sino porque al darla tuvo de repente la sensación molesta de haber dicho más de la cuenta, como si delatara a alguien.
«Sí, gracias», dijo. «Ha muerto hoy y no podré ir a su entierro.»
Era una mentira, por supuesto, un desfase voluntario de cuarenta y ocho horas, y no tenía importancia allí, en el sillón estridente del vestíbulo: no era probable que la periodista se percatara de ello, y si lo hacía, lo achacaría sin problemas a las confusiones del dolor, a esa desorientación que siente quien acaba de perder a un ser querido. ¿Pero por qué? ¿Por qué había mentido? Se preguntó si era posible que lo avergonzara tardíamente su decisión de no ir a las exequias, como si la vergüenza pudiera ser una compañera de viaje que nos da alcance después de salir con retraso. La periodista quiso saber más de su padre, el hijo de familia de militares que no habían apoyado el golpe de Franco, el exiliado republicano en Colombia, y Sergio siguió contestando juiciosamente a las preguntas, pero esa traición de sus propias emociones no dejó de incomodarlo.
«Ah, ¿de manera que vivió aquí?», dijo la periodista. «¿Aquí, en Barcelona?»
«Poco tiempo, pero sí», dijo Sergio.
«¿Y dónde vivió?»
«Eso no lo sé», repuso Sergio. «Nunca me lo dijo. No creo que se acordara.»
Dio dos entrevistas más y después se disculpó con la filmoteca: estaba cansado, cenaría por su cuenta y después se iría a dormir. «Mejor, mejor», le dijeron, «que mañana comienza el trabajo serio». Subió a su habitación, cuyos gruesos vidrios anulaban el bullicio de los corrillos que bebían bajo las palmeras, y quiso recostarse, cerrar los ojos y descansar un poco. Pero no lo consiguió. Estaba pensando en las preguntas que le habían hecho y en las respuestas que buenamente había dado, siempre convencido de que hablar de cine era una de las cosas más difíciles del mundo, pues las palabras lo enredaban todo y no hacían más que provocar malentendidos; y sin embargo ahora agradecía esa obligación, que lo distraía del dolor y mantenía a raya la tristeza. Había elogiado la novela de Wendy Guerra, cuya historia servía de base a su película, y había comentado Golpe de estadio, una comedia en la cual los guerrilleros y los policías declaran una tregua para poder ver un partido de fútbol, y habló también de Perder es cuestión de método y de su amistad con el novelista Santiago Gamboa; y mil veces, al contestar preguntas sobre La estrategia del caracol, tuvo que referirse brevemente a su padre, que vivió la Guerra Civil allí mismo, en Barcelona, antes de comenzar los años de exilio o de errancia que acabarían por llevarlo a Colombia. ¿Pero en dónde, en qué parte de la ciudad había vivido? Su padre nunca se lo había dicho, o bien Sergio lo había olvidado.
No consiguió dormir: el cansancio, si es que había existido de verdad, se había evaporado de sus ojos. Tal vez eran los restos del desfase horario, pues no habían pasado cinco días desde su llegada de Colombia, o tal vez una electricidad que le recorría el cuerpo insomne, pero Sergio no pudo seguir en la cama. Se puso una chaqueta, porque la temperatura había bajado bruscamente, miró los folletos de la habitación y encontró unas fotos publicitarias que le gustaron, y en minutos estaba subiendo a la azotea del hotel, buscando una silla libre y sentándose a ver la noche nueva, la noche de la ciudad vieja que se extendía desde allí hasta el mar. El cielo se había despejado y una brisa desordenaba las servilletas. La suya era una silla alta que allí, puesta frente a una mesa de vidrio, parecía a punto de caer a la calle. No supo qué llegó primero, si la camarera con la copa de vino tinto o la pregunta incómoda, pero ahí estaba nuevamente: si tuviera que explicar por qué había decidido no viajar a Bogotá para ver la cara de su padre por última vez, ¿qué diría? Para estar con Silvia y con Amalia, por supuesto; para encontrarse aquí, en Barcelona, con su hijo Raúl. Muy bien: ¿pero eso era todo? ¿No había algo más?
Abajo brillaban las luces del barrio, que ya comenzaban a encenderse, y a su izquierda, la línea de luz de las Ramblas llamaba la mirada y la llevaba hacia el puerto, hacia la estatua invisible de Colón. En el cielo se alcanzaban a ver las luces de los aviones que se acercaban a El Prat. Sacó el teléfono —la luz blanca rompió la cómoda penumbra del bar y llamó la atención de los vecinos— y revisó sus mensajes de WhatsApp. Alcanzó a contar veintisiete mensajes de condolencias antes de llegar a una línea de Silvia: ¿Cómo estás? Él respondió: Bien. No te lo voy a ocultar, ando pensando en ti. Quiero que esto funcione. Y ella: Ahora lo importante es pensar en tu papá. ¿Estás pensando en él? Y él: Me acuerdo de cosas, sí. Pero eran memorias mal formadas que no se veían con claridad o se resistían a dejarse ver, memorias desagradables que estaban irrumpiendo a medias en la noche tranquila, en esta soledad que ya mañana, cuando llegara Raúl, sería irrecuperable. Tantos conflictos, escribió Sergio. A pesar de que hicimos tantas cosas juntos, en China, en la guerrilla, en el cine, en la televisión, el conjunto de recuerdos, por más que trato de edulcorarlos, no es positivo. Levantó la cara: pasaba otro avión, pero esta vez debía de estar más cerca, porque su ruido se alcanzaba a distinguir a lo lejos. Y sin embargo yo sé, y lo digo cada vez que puedo, que soy un discípulo de mi padre. Nunca habría podido hacer las cosas que hice si no hubiera crecido en su mundo. Bajó el teléfono y miró el cielo, porque el avión seguía cursando el cielo profundo, volando hacia el sur, hacia el aeropuerto o el lugar donde Sergio imaginaba que estaría el aeropuerto. En ese momento vibró el teléfono (habría contestado Silvia), pero Sergio no buscó la pantalla, porque su mirada, que se había fijado en el avión o en sus luces diminutas, que iba abarcando la ciudad de construcciones bajas, ahora se topaba con algo más: la silueta de una montaña, echada en el horizonte como un animal dormido, y sobre la silueta, el resplandor de brasas del castillo. Sintió que algo se le desordenaba en el pecho, porque tenía la certeza de no haber estado nunca en esa terraza ni en ninguna similar de Barcelona, pero alguna razón había que encontrar para la emoción impredecible que le estaba cayendo encima ahora, al confirmar que desde allí, desde la terraza del hotel, se alcanzaba a ver Montjuic.
II
Desde la terraza se alcanzaba a ver Montjuic. A Fausto, que por entonces tenía trece años, le gustaba subir con su hermano Mauro para ver el cielo y el mar lejano, y en el cielo, los aviones de Franco que sobrevolaban la ciudad resistente. La Guerra Civil era muchas cosas: era un cura que, desde el campanario de una iglesia del barrio, dispara contra la multitud desarmada, y era también el silbido de gata en celo que produce una bomba antes de caer, y era también el remezón del estallido, que se sentía en el estómago como un desorden de los intestinos. La guerra, para los hermanos, era esconderse debajo de la mesa del comedor mientras cruzaba el cielo azul la silueta de un Junkers enemigo. Después aprendieron a buscar refugio cuando sonaban las sirenas, pero muy pronto, cuando las sirenas se volvieron rutinarias, perdieron la costumbre: a partir de cierto momento, sólo Pilón, el perro lobo de la familia, siguió escondiéndose en el refugio. Fausto escuchaba las bombas que caían en otra parte —cerca o lejos, pero en otra parte— y luego, preguntando a los adultos, se enteraba de que esos aviones llegaban de las islas Baleares, que ya eran de Franco, pero recibía la noticia tranquilizadora de que Barcelona, en cambio, nunca iba a caer en manos de los fascistas. ¿Por qué no? Porque se lo decía su padre.
Se llamaba Domingo Cabrera. Para cuando empezó la guerra, tenía todavía un cuerpo privilegiado de atleta, pero además era un poeta aficionado y un guitarrista de buena voz con cara de actor de cine. Era un aventurero: a los dieciséis años había empacado sus pocas pertenencias, cansado de la vida provinciana de las islas Canarias, y se había subido al primer barco que fuera a las Américas. Apenas había logrado reunir el dinero suficiente para que le permitieran subir a bordo, de manera que tuvo que pagarse el resto del viaje con el sudor de su frente: y esto fue más cierto en su caso que en ningún otro, pues lo que hizo, para escándalo y fascinación de los pasajeros, fue ponerse de acuerdo con un compañero y montar exhibiciones de lucha libre en la cubierta. En ese viaje aventurero pasó por Cuba, trabajó el campo en Argentina y administró una hacienda en Guatemala, a pocos kilómetros de Antigua. Allí conoció a un coronel español, Antonio Díaz Benzo, que había sido destinado por el rey en persona con el objetivo de abrir una escuela militar. Y eso le cambió la vida.
Era un héroe de la guerra de Cuba en cuyo uniforme de gala no cabían las medallas. Nadie habría podido prever lo que ocurrió: Domingo, el muchachito aventurero, se enamoró de Julia, la hija del militar; y lo que era peor, la hija del militar se enamoró del muchachito aventurero. Julia Díaz Sandino era una aristócrata de Madrid, monárquica hasta la médula; aquélla era la relación más improbable del mundo hasta que uno se daba cuenta de que la monárquica era también buena lectora de poesía española, y recitaba a Lope siempre que el poema no fuera obsceno, y les hablaba a los guatemaltecos de Rubén Darío como si fuera madrileño. El nuevo matrimonio volvió a Las Palmas. Allí, en una casa de la calle Triana con vista al mar, en un cuarto cuyas ventanas perdían la pintura por la fuerza del salitre, nacieron sus hijos —Olga, Mauro y Fausto—, y allí se habrían quedado toda la vida si la vida no se hubiera torcido sin avisar.
Una noche, después de acostar al niño Fausto, Julia se quejó por primera vez de un dolor de garganta. Lo atribuyeron a la llegada del otoño —algo habría pescado, se dijeron—, pero el dolor se hizo más fuerte con el paso de los días, y luego casi intolerable. En cuestión de semanas, un médico le había diagnosticado un cáncer muy agresivo y le daba una recomendación honesta: era mejor viajar a la capital, porque allí habían descubierto un tratamiento nuevo.
«¿Y de qué se trata?», preguntó Domingo.
El médico contestó a su manera.
«Es el toque del trigémino», dijo. «Hasta el nombre es bonito.»
Eran tiempos difíciles cuando llegaron a Madrid. La monarquía de Alfonso XIII llevaba ya varios meses sufriendo el asedio de los fantasmas de la república, y, aunque había conseguido mantenerlos a raya, para todo el mundo era evidente que en España iba a cambiar algo. Doña Julia sufría como su rey, pues en su familia pesaba la figura de un coronel heroico, defensor en la guerra de Cuba de los territorios de la Corona, y sufría doblemente por lo que estaba ocurriendo con su hermano. Felipe Díaz Sandino era uno de los grandes pilotos de la aviación española. El comandante de Aviación Díaz Sandino, del ejército del Aire de Cataluña, era uno de esos personajes que parecen vivir con el escudo de la familia tatuado en el pecho, y en el de esta familia se leían once palabras ominosas: Vive la vida de suerte que viva quede en la muerte. Julia se habría sentido orgullosa de él, y habría transmitido ese orgullo a su familia si el tío Felipe, que visitaba la casa de los Cabrera día de por medio, no tuviera tres defectos: uno, era un republicano convencido; dos, estaba conspirando para derrocar al rey, y tres, había convencido a Domingo de unirse a los conspiradores.
Una noche de 1930, Domingo, que se había acostumbrado a llegar temprano para ocuparse de su esposa enferma de cáncer, no apareció en su casa. Nadie tenía noticias suyas, nadie lo había visto en el curso del día, nadie había sabido que nada extraño hubiera pasado. En Madrid ya se respiraba un aire de subversión, y en una ciudad así podían pasar cosas graves sin que nadie se enterara. Así se fueron a la cama —y Fausto recordaría después la conciencia perfecta de que sus padres le estaban mintiendo cuando le decían que no, que no estaba pasando nada, que eran cosas de adultos—, y habían alcanzado a dormir un par de horas cuando los despertaron los golpes de las culatas en la puerta. Eran tres agentes de seguridad que no se quitaron el sombrero ni guardaron sus pistolas para entrar a la fuerza, como se entra en la casa de un delincuente, preguntando por Felipe Díaz Sandino, abriendo puertas a patadas y mirando debajo de las camas. Cuando se convencieron de que no estaba allí el tío Felipe, preguntaron por el dueño de casa. Julia los miró uno por uno.
«Tampoco está», dijo doña Julia. «Y no sé dónde pueda estar. Y si lo supiera, tampoco os lo diría.»
«Pues dígale tan pronto lo vea, señora», dijo uno de los agentes, «que lo esperamos en la Dirección».
«¿Y si no lo veo?»
«Por supuesto que lo verá», dijo el hombre. «Por supuesto que lo verá.»
Lo vio a la madrugada. Domingo llegó tan calladamente que el niño Fausto sólo se percató de su presencia cuando oyó el llanto de su madre. Las noticias no eran buenas: los policías los habían perseguido, a Domingo y al tío Felipe, y después de que ellos se escondieran durante horas, cambiando de casa y metiéndose en cafés para desorientar a sus perseguidores, les dieron alcance. Domingo había conseguido escabullirse, pero el tío Felipe fue arrestado, y ahora lo acusaban de conspirar contra el rey Alfonso XIII y lo tenían recluido en una prisión militar.
«Bueno, pues vamos a verlo», dijo doña Julia.
«Pero qué dices», le reprochó Domingo. «Tú estás enferma.»
«Para esto, no», dijo ella. «Nos vamos ahora mismo. Y además vamos todos.»
Fausto tenía seis años cuando visitó una cárcel por primera vez. Para Olga y Mauro sólo se trató de un lugar oscuro y feo; para Fausto, en cambio, la cárcel era sórdida, peligrosa, y en ella el tío Felipe sufría por ser justo o por luchar contra las injusticias. En realidad, no era así: ni era un lugar sórdido, ni existían pasillos de claustrofobia, ni el tío Felipe había sufrido torturas ni maltratos. Las prisiones para los militares, y más si eran militares de abolengo con medallas en el pecho, eran lugares más bien cómodos. Pero nada de eso le importó a Fausto: esos días en prisión convirtieron al tío Felipe en su héroe. La familia lo visitó todas las semanas de su cautiverio, y Fausto abrazaba al tío Felipe como si acabara de llegar de la guerra. Julia le suplicaba a su hermano: «Dile que todo va a estar bien, por favor, que el niño no está pegando ojo. Dile que no te torturan, que te tratan bien y que saldrás pronto». El tío Felipe fue más allá: «Saldré pronto, Fausto», le dijo, «y cuando salga, España será una república».
Fausto recordó esa conversación después, cuando vio a la gente salir a las calles para celebrar. El tío Felipe lo llevó en los hombros por Madrid, agarrándole una pierna con la mano mientras agitaba con la otra una bandera tricolor, y cantando a gritos el himno de Riego mientras doña Julia lloraba en su cuarto y decía que el mundo se iba a acabar. Durante meses las conversaciones en la mesa del comedor se hicieron insoportables, pues Julia tenía la convicción invulnerable de que la familia estaba condenada al infierno, y así se lo confirmaba el cura que traía de invitado cada vez que podía. Al mismo tiempo, Domingo y el tío Felipe habían formado una alianza que más parecía una mafia. Gracias al tío Felipe, Domingo había encontrado un trabajo de medio tiempo en la Gobernación, pero por las noches era otra persona: agente secreto de la Dirección de Seguridad. Fausto y sus hermanos habían recibido instrucciones precisas de no hablar de ese oficio, porque —les explicaban— las paredes tenían oídos.
La tarde en que su padre vino a darle la noticia, Fausto se había pasado la mañana solo en casa, vagando por las habitaciones, y en algún momento se encontró frente al armario donde Domingo guardaba sus cosas. Era un milagro que estuviera sin llave. Fausto no iba a dejar pasar esa oportunidad: encontró la chapa de detective, encontró el arma sin su cargador y la sacó de su funda, y estaba acariciándola, imaginando escenas de peligro y de violencia, cuando su padre abrió la puerta de repente. Traía el rostro enmarañado de emociones y, con una voz que Fausto no había oído nunca, le dio una orden que era más bien una súplica: «Ven a despedirte». Lo llevó a otra habitación. Fausto se encontró con un cuerpo en una cama y una cara cubierta por una venda blanca que sólo dejaba a la vista los ojos cerrados. Besó la venda, y luego pensaría que no haber tocado con los labios el rostro frío de su madre, lejos de ser un consuelo, era una oportunidad perdida de la cual se arrepentiría siempre.
La muerte de su madre fue presagio de otros desastres. Años después, cuando estalló la guerra, Fausto no supo si era mejor que su madre no la hubiera visto, pero sí tuvo siempre la certeza incómoda de que la guerra habría sido distinta para él, menos aterradora y menos solitaria, si hubiera contado con ella. Para esa época ya había comenzado a buscar consuelo en los libros que ella había dejado, algunos de los cuales se descuadernaban de tan leídos, y otros, en cambio, permanecían intonsos. Así descubrió a Bécquer (descuadernado) y a Pedro Salinas (intonso), a García Lorca (intonso) y a Manuel Reina (descuadernado). Domingo no puso reparos, y más bien comenzó a regalarle algún volumen nuevo de vez en cuando, pues cualquier remedio era bueno si se trataba de evitarle a su hijo el dolor que él estaba sintiendo. Así conoció Fausto los poemas de Las islas invitadas, el libro en que Manuel Altolaguirre le dedica un poema a su madre muerta. En esos versos, que habrían podido ser alarmantes, había algo parecido al sosiego.
Hubiera preferido
Ser huérfano en la muerte,
Que me faltaras tú
Allá, en lo misterioso,