Nueve perfectos desconocidos

Liane Moriarty

Fragmento

libro-4

1

Yao

Estoy bien —dijo la mujer—. No me pasa nada.

A Yao no le parecía que estuviese bien.

Era su primer día como enfermero de emergencias en prácticas. Su tercera visita a domicilio. Yao no estaba nervioso, pero se encontraba en un estado de alerta extrema porque no podía soportar cometer siquiera un error insignificante. De niño, los errores le hacían llorar sin consuelo y aún le provocaban calambres en el estómago.

Una única gota de sudor se deslizaba por el rostro de la mujer, dejando un rastro de baba de caracol por encima de su maquillaje. Yao se preguntó por qué las mujeres se pintaban de naranja la cara, pero eso no era relevante.

—Estoy bien. Quizá no sea más que un virus de veinticuatro horas —añadió ella con un leve acento de Europa del Este.

«Fíjate bien en tu paciente y en su entorno», le había dicho Finn, el supervisor de Yao. «Piensa que eres un agente secreto en busca de pistas para realizar un diagnóstico».

Yao veía una mujer de mediana edad y con sobrepeso, con pronunciadas manchas rosas bajo unos ojos de un peculiar verdemar y un pelo castaño y ralo recogido en un triste y menudo moño en la nuca. Estaba pálida y sudorosa y su respiración era irregular. Fumadora empedernida, a juzgar por su olor a cenicero. Estaba sentada en un sillón de piel y respaldo alto detrás de un gigantesco escritorio. Parecía una de las mandamases, si es que el tamaño de aquel lujoso despacho y sus ventanales con vistas al puerto eran indicativos de su estatus empresarial. Estaban en la planta diecisiete y las velas de la Casa de la Ópera quedaban tan cerca que podían verse los azulejos de color crema y blanco en forma de rombo.

La mujer tenía una mano en el ratón. Lo desplazaba por correos electrónicos en la enorme pantalla de su ordenador, como si los dos enfermeros que la examinaban no fuesen más que una molestia menor, unos técnicos que estuviesen allí para arreglarle un enchufe. Llevaba puesto un traje a medida azul marino que parecía un castigo, con la chaqueta incómodamente ajustada a la altura de los hombros.

Yao cogió la mano libre de la mujer y le puso un pulsioxímetro en el dedo. Vio una brillante y escamosa mancha rojiza en la piel del antebrazo. ¿Prediabetes?

—¿Estás tomando alguna medicación, Masha? —preguntó Finn. Se comportaba de forma familiar y campechana con los pacientes, como si estuviesen charlando de cualquier cosa en una barbacoa, cerveza en mano.

Yao había reparado en que Finn siempre llamaba a los pacientes por su nombre de pila y los trataba de tú, mientras que a él le daba vergüenza hablarles como si fuesen viejos amigos, pero, si eso servía para mejorar el estado de los pacientes, aprendería a superar su timidez.

—No tomo ninguna medicación —respondió Masha, con la mirada fija en el ordenador. Pulsó el ratón con contundencia sobre algo y, después, apartó la mirada de la pantalla y la levantó hacia Finn. Era como si alguna persona hermosa le hubiese prestado los ojos. Yao supuso que eran lentes de contacto de color—. Tengo buena salud. Os pido disculpas por haberos hecho perder el tiempo. Desde luego, yo no he pedido ninguna ambulancia.

—Yo he llamado a la ambulancia —dijo una mujer joven muy guapa de pelo oscuro con tacones altos y una ajustada falda de rombos entrelazados parecidos a los azulejos de la Casa de la Ópera. La falda le quedaba de maravilla, pero era evidente que eso no tenía ninguna relevancia en ese momento, aunque, siendo estrictos, ella formaba parte del entorno que se suponía que Yao tenía que observar. La chica se mordía la uña del dedo meñique—. Soy su asistente personal. Ella…, eh… —Bajó la voz como si estuviese a punto de contar algo vergonzoso—. La cara se le quedó completamente blanca y, después, se cayó de la silla.

—¡No me he caído de la silla! —protestó Masha.

—Se fue deslizando por ella, por así decir —rectificó la chica.

—He tenido un pequeño mareo momentáneo, nada más —le dijo Masha a Finn—. Y, después, he seguido trabajando. ¿Podemos ir abreviando? Estaré encantada de pagar, ya sabes, vuestro precio o vuestros honorarios, o lo que sea que cobréis por vuestros servicios. Pero la verdad es que ahora mismo no tengo tiempo para esto. —Volvió a dirigir de nuevo su atención a su asistente—. ¿No tengo una cita a las once con Ryan?

—La cancelaré.

—¿He oído mi nombre? —preguntó un hombre desde la puerta—. ¿Qué está pasando? —Un tipo con una camisa morada demasiado ajustada entró contoneándose con unas cuantas carpetas en la mano. Hablaba con engolado acento británico, como si perteneciese a la familia real.

—Nada —respondió Masha—. Siéntate.

—¡Es evidente que Masha no está disponible en este momento! —exclamó la pobre asistente personal.

Yao aprobó sus palabras. No le gustaba que se tomaran con ligereza los asuntos de la salud y pensaba que su profesión merecía más respeto. También sentía una fuerte aversión hacia los hombres con el pelo de punta y acento pijo que vestían camisas moradas de una talla más pequeña para presumir de unos pectorales demasiado desarrollados.

—¡No, no! Tú siéntate, Ryan. Esto no va a durar mucho. Estoy bien —dijo Masha haciéndole señas con impaciencia para que se acercara.

—¿Puedo comprobar tu presión arterial, por favor…, eh…, Masha? —preguntó Yao, mascullando valientemente su nombre mientras se disponía a ajustarle el manguito en el brazo.

—Vamos a quitarle antes la chaqueta. —Finn parecía estar divirtiéndose—. Eres una mujer ocupada, Masha.

—Lo cierto es que necesito realmente que firme estos documentos —le dijo el joven a la asistente personal en voz baja.

«Lo cierto es que necesito realmente comprobar las constantes vitales de tu jefa ahora mismo, cabrón», pensó Yao.

Finn ayudó a Masha a quitarse la chaqueta y la colocó sobre el respaldo de la silla con gesto cortés.

—A ver esos documentos, Ryan. —Masha se ajustó los botones de su camisa de seda de color crema.

—Solo necesito la firma en las dos páginas de arriba. —El hombre le extendió la carpeta.

—¿Te estás quedando conmigo? —La asistente personal levantó las manos con gesto de incredulidad.

—Colega, tendrás que volver en otro momento —dijo Finn con un claro tinte de firmeza en su tono de barbacoa.

El hombre dio un paso atrás, pero Masha le chasqueó los dedos para que le entregara la carpeta y él dio al instante un salto adelante para pasársela. Era evidente que sentía más miedo de Masha que de Finn, lo cual resultaba bastante significativo, pues Finn era un hombre grande y fuerte.

—Esto me llevará catorce segundos como mucho —le dijo ella a Finn. La voz se le volvió más pastosa en la palabra «mucho», que sonó como «musho».

Yao, con el manguito del tensiómetro aún en la mano, cruzó la mirada con Finn.

La cabeza de Masha cayó hacia un lado, como si acabara de quedarse dormida. La carpeta se le cayó de los dedos.

—¿Masha? —Finn habló con voz fuerte e imperiosa.

Ella se desplomó hacia delante, con los brazos en jarras, como una marioneta.

—¡Eso! —gritó la asistente personal con satisfacción—. ¡Exactamente eso es lo que le ha pasado antes!

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