Los mejores años

Kiley Reid

Fragmento

libro-4

UNO

Aquella noche, cuando la señora Chamberlain llamó, Emira solo entendió las palabras: «… llevarte a Briar a algún sitio…» y «… te pago el doble…».

Emira estaba con sus amigas Zara, Josefa y Shaunie en un piso atestado y sentada frente a alguien que gritaba «¡Es mi canción!». Era un sábado por la noche del mes de septiembre y faltaba poco más de una hora para que terminara el vigésimo sexto cumpleaños de Shaunie. Emira subió el volumen del móvil y pidió a la señora Chamberlain que repitiera lo que le había dicho.

—¿Podrías llevarte un ratito a Briar al supermercado? —dijo la señora Chamberlain—. Siento llamarte a esta hora. Ya sé que es tarde.

Casi costaba creer que el trabajo diurno de canguro de Emira (un mundo de petos caros, bloques de colores, toallitas de bebé y platos compartimentados) pudiera irrumpir en aquel momento de ocio nocturno (música alta, vestidos ceñidos, perfilador de labios y vasos desechables color rojo). Sin embargo, allí estaba la señora Chamberlain, a las 22:51, esperando a que Emira le dijera que sí. A través de la bruma de dos copas bien cargadas, la intersección de ambas realidades le pareció casi divertida; en cambio, el saldo bancario de Emira no tenía ninguna gracia: un total de setenta y nueve dólares y dieciséis centavos. Después de una noche de platos a veinte dólares, chupitos de celebración y regalos colectivos para la cumpleañera, a Emira Tucker le vendría muy bien el dinero.

—Un momento —dijo. Dejó la bebida en una mesa baja y se metió el dedo corazón en la otra oreja—. ¿Quiere que me lleve a Briar ahora mismo?

Al otro lado de la mesa, Shaunie apoyó la cabeza en el hombro de Josefa y dijo arrastrando las palabras:

—¿Significa esto que ya soy mayor? ¿Veintiséis años es mayor?

Josefa la apartó y dijo:

—No empieces, Shaunie.

Al lado de Emira, Zara se colocó bien el tirante del sujetador. Luego puso cara de asco mirando a su amiga y sus labios formaron las palabras: «Puaj, ¿es tu jefa?».

—Peter sin querer… Ha habido un problema y tenemos una ventana rota y… Necesito sacar a Briar de la casa. —La voz de la señora Chamberlain era calmada y de lo más inteligible, como si estuviera atendiendo un parto y diciendo: «Venga, mamá, ha llegado el momento de empujar»—. Siento llamarte tan tarde —dijo—, pero es que no quiero que vea a la policía.

—Ah, vaya. Vale, pero una cosa, señora Chamberlain. —Emira se sentó en el borde de un sofá. Al otro lado del reposabrazos, dos chicas se pusieron a bailar. A la izquierda de Emira se abrió la puerta del piso de Shaunie y entraron cuatro chicos dando voces.

—¡Qué pasaaa!

—Vaya, hombre —dijo Zara—. Ya están aquí estos negros dando el cante.

—Ahora mismo no tengo mucha pinta de canguro —advirtió Emira—. Estoy en el cumpleaños de una amiga.

—Ay, vaya. Perdóname. Quédate enton…

—No, no quería decir eso —Emira habló más alto—. Puedo ir perfectamente. Pero que sepa que llevo tacones y que me he tomado… una o dos copas. ¿Hay algún problema?

A través del auricular se empezó a oír cómo Catherine, la hija pequeña de los Chamberlain, de cinco meses, lloraba. La señora Chamberlain dijo:

—Peter, ¿puedes cogerla, por favor? —y a continuación, con la boca pegada al teléfono, dijo—: Emira, me da igual la pinta que tengas. Te pago el taxi hasta aquí y otro que te lleve a casa.

Emira guardó el teléfono en el bolsillo exterior de su bandolera y se aseguró de llevar todas sus pertenencias. Cuando se puso de pie y comunicó su marcha a sus amigas, Josefa dijo:

—¿Te vas para hacer de canguro? ¿Estás de puta coña?

—Chicas…, escuchad. Yo no necesito canguro —informó Shaunie a los presentes. Tenía solo un ojo abierto y el otro hacía esfuerzos por imitarlo.

Josefa no había terminado su interrogatorio.

—¿A qué clase de madre se le ocurre pedir que hagas de canguro a estas horas?

Emira no tenía ganas de entrar en detalles.

—Necesito el dinero —dijo. Y, aunque sabía que era muy poco probable, añadió—: Pero si termino pronto, vuelvo.

Zara le dio un pequeño codazo y dijo:

—Voy contigo.

Emira pensó: «Gracias, Dios mío». En voz alta, dijo solo:

—Vale, genial.

Las dos chicas se terminaron las bebidas de un trago mientras Josefa se cruzaba de brazos.

—No me puedo creer que os vayáis ya de la fiesta de cumpleaños de Shaunie.

Emira encogió los hombros y los bajó enseguida.

—Me parece que la propia Shaunie se está yendo de su fiesta de cumpleaños —dijo mientras Shaunie se tumbaba en el suelo y anunciaba que iba a echarse una siesta.

Emira y Zara bajaron por las escaleras. Mientras esperaban un Uber en una acera mal iluminada, Emira calculó mentalmente: «Dieciséis por dos…, más el dinero para taxis… De puta madre».

Catherine seguía llorando cuando Emira y Zara llegaron a la casa de los Chamberlain. Al subir las escaleras del porche, Emira vio un agujero irregular en la ventana delantera por el que goteaba algo transparente y viscoso. Al final de los escalones, la señora Chamberlain estaba recogiendo el pelo rubio y brillante de Briar en una coleta. Dio las gracias a Emira, saludó a Zara de la misma manera que hacía siempre («Hola, Zara, me alegro de volver a verte») y a continuación le dijo a Briar:

—Vas a estar un rato con las chicas.

Briar cogió a Emira de la mano.

—Era hora de acostar —dijo—, pero ya no.

Las tres bajaron las escaleras y, mientras recorrían las tres únicas manzanas hasta el Market Depot, Briar elogió varias veces los zapatos de Zara, en un intento obvio, pero infructuoso, de que le dejara probárselos.

El Market Depot vendía consomés, mantequillas trufadas y smoothies en un mostrador que ahora estaba a oscuras, y distintas variedades de frutos secos a granel. La tienda estaba muy iluminada y vacía y solo tenía abierta la caja para diez artículos o menos. Junto a la sección de frutas desecadas, Zara se inclinó sobre sus tacones y se bajó el vestido para coger una caja de pasas recubiertas de yogur.

—Uy… ¿Ocho dólares? —Se apresuró a devolverlas al estante y se incorporó—. Joder, es una tienda para ricos.

—Quiero eshto. —Briar extendió las dos manos hacia los aros de color cobre que colgaban de las orejas de Zara.

Emira se acercó más a ella.

—¿Cómo se piden las cosas?

—Podfavod, quiero eshto ahora, Mira, podfavod.

Zara abrió la boca de par en par.

—¿Cómo puede tener siempre esa voz tan ronca y tan mona?

—Apártate las trenzas —dijo Emira—. No quiero que te tire del pelo.

Zara se colocó las trenzas, algunas de color rubio platino, detrás de un hombro y acercó un pendiente a Briar.

—El fin de semana que viene me va a hacer trenzas twist esa chica que conoce mi prima. A ver, señorita Briar, ya puedes tocar.

A Zara le vibró el móvil. Lo sacó del bolso y empezó a teclear inclinándose cada vez que Briar le daba un suave tirón en el pelo.

Emira preguntó:

—¿Siguen allí?

—¡Ja! —Zara echó la cabeza hacia atrás—. Shaunie acaba de vomitar en una maceta y Josefa está cabreada. ¿Cuánto tiempo tienes que quedarte?

—No lo sé. —Emira dejó a Briar en el suelo—. Pero aquí mi amiga es capaz de estar horas mirando frutos secos, así que vete tú a saber.

—Mira se está forrando. Mira se está forrando…

Zara se dirigió bailando al pasillo de los congelados. Emira y Briar la siguieron y la miraron llevarse las manos a las rodillas y dar saltitos frente a la tenue imagen que le devolvían las puertas del congelador mientras logotipos de helados de color pastel se reflejaban en sus muslos. A Zara le volvió a vibrar el móvil.

—No te lo pierdas, le di mi teléfono a ese tío en casa de Shaunie —dijo mirando la pantalla—. Le tengo tan cachondo que resulta ridículo.

—Eshtás bailando —Briar señaló a Zara. Se metió dos dedos en la boca y dijo—: Eshtás… bailando y no hay música.

—¿Quieres música? —Zara empezó a deslizar el pulgar por la pantalla del móvil —. Voy a ponerte una canción, pero tienes que bailar tú también.

—Que no haya lenguaje explícito, por favor —dijo Emira—. Si luego lo repite, me despiden.

Zara agitó tres dedos en dirección de Emira.

—Tú tranquila, lo tengo controlado.

Segundos después, el móvil de Zara retumbó. Esta dio un respingo, soltó un «Ups» y bajó el volumen. El pasillo se llenó de música de sintetizador y cuando Whitney Houston empezó a cantar, Zara meneó las caderas. Briar empezó a dar saltitos, cogiéndose los codos pálidos y redondeados, y Emira se apoyó en la puerta de un refrigerador. A su espalda, salchichas y gofres congelados brillaban en sus envases cerosos.

Briar Chamberlain no tenía nada de ñoña. Nunca se ponía histérica con un globo y cuando un payaso se tiraba al suelo o se prendía fuego en los dedos, más que disfrutar, se preocupaba. En las fiestas de cumpleaños y en clase de ballet, le entraba un ataque de timidez si ponían música o los magos solicitaban la ruidosa participación del público, y a menudo miraba a Emira con nerviosos ojos azules que decían: «¿De verdad tengo que hacer esto? ¿De verdad es esto necesario?». Así que cuando se unió sin esfuerzo aparente a Zara y empezó a balancearse de atrás adelante al ritmo del éxito de los ochenta, Emira se preparó para rescatarla, como hacía siempre. Quería que, cada vez que Briar se hartara de algo, supiera que podía parar. Claro que en aquel momento Emira tenía el corazón lleno de sensaciones agradables. Por un breve espacio de tiempo, a sus veinticinco años, estaba cobrando treinta y dos dólares la hora por bailar en un supermercado con su mejor amiga y su ser humano pequeñito preferido.

Zara parecía tan sorprendida como Emira.

—¡Dale ahí! —dijo cuando Briar empezó a bailar con mayor entusiasmo—. Así se hace, chica.

Briar miró a Emira y dijo:

—Ahora tú, Mira.

Emira se unió a ellas mientras Zara cantaba el estribillo, en el que anunciaba que quería sentir el calor de otro cuerpo. Hizo girar a Briar y entrecruzó los brazos sobre el pecho en el mismo instante en el que aparecía alguien en el pasillo. Se sintió aliviada al ver a una mujer de mediana edad con pelo corto y cano vestida con unos leggings deportivos y una camiseta que decía «St. Paul’s Pumpkinfest 5K». Sin duda tenía aspecto de haber bailado con un niño o dos en algún momento de su vida, de modo que Emira no se detuvo. La mujer puso medio litro de helado en su cesta y sonrió al trío de bailarinas. Briar gritó:

—¡Bailáis como mamá!

Cuando arrancaba el último cambio de tonalidad de la canción, entró en el pasillo un carro empujado por alguien mucho más alto. Su sudadera decía «PENN STATE» y tenía ojos somnolientos y atractivos, pero Emira estaba demasiado metida en la coreografía para interrumpirla y que no pareciera deliberado. Mientras hacía el dougie, atisbó plátanos dentro del carro en movimiento. Simuló quitarse polvo de los hombros justo cuando el hombre cogía una menestra de verduras congelada. Cuando Zara le dijo a Briar que hiciera una reverencia, el hombre les aplaudió cuatro veces en silencio antes de salir del pasillo. Emira se colocó bien la falda en las caderas.

—Ostras, me has hecho sudar. —Zara se inclinó—. Choca esos cinco. Así se hace, chica. Se acabó la función.

Emira dijo:

—¿Te vas?

Zara estaba de nuevo al teléfono, tecleando con furia.

—Me sé de una que igual pilla esta noche.

Emira se colocó la larga melena negra detrás del hombro.

—Tú misma, chica, pero ese tío es superblanco.

Zara le dio un suave empujón.

—Estamos en 2015, Emira. Como dice Obama, ¡sí podemos!

—Ya, ya.

—Pero gracias por el viaje en taxi. Hasta luego, hermana.

Zara le hizo cosquillas a Briar en la coronilla antes de girar para marcharse. A medida que sus tacones resonaban en dirección a la puerta, el Market Depot se volvía muy blanco y silencioso.

Briar no se dio cuenta de que Zara se iba hasta que desapareció de su vista.

—Tu amiga —dijo y señaló el espacio vacío. Los dos dientes delanteros le sobresalían en el labio inferior.

—Tiene que irse a la cama —le dijo Emira—. ¿Quieres ver frutos secos?

—Es mi hora de acostar. —Briar cogió la mano de Emira y avanzó a saltitos por el suelo brillante de baldosa—. ¿Dormimos en el supermercado?

—No, pero vamos a quedarnos un ratito más.

—Quiero… Quiero oler té.

A Briar siempre le preocupaba la secuencia de lo que pasaría a continuación, así que Emira se dispuso a aclararle que primero podían mirar los frutos secos y luego oler el té. Pero cuando iba a empezar su explicación, una voz la interrumpió:

—Perdone, señora.

A continuación sonaron pisadas y cuando Emira se dio la vuelta, una placa dorada de seguridad le parpadeó y centelleó en la cara. En la parte superior se leía «SEGURIDAD PÚBLICA» y, en la parte inferior ondulada, «FILADELFIA».

Briar le señaló a la cara.

—Ese —dijo— no es el cartero.

Emira tragó saliva y se oyó decir:

—Ah, hola.

El hombre se colocó frente a ella y metió los pulgares en las hebillas del pantalón, pero no le devolvió el saludo. Emira se llevó una mano al pelo y dijo:

—¿Es que van a cerrar o algo así?

Sabía que a la tienda le faltaban cuarenta y cinco minutos para el cierre (los fines de semana permanecía abierta, limpia y abastecida hasta medianoche), pero quería que el hombre oyera cómo hablaba. Más allá de las oscurísimas patillas del vigilante de seguridad, al otro lado del pasillo, Emira vio otra cara. La mujer de pelo cano y aspecto atlético que había parecido enternecida por el baile de Briar cruzó los brazos delante del pecho. Había dejado la cesta de la compra a sus pies.

—Señora —dijo el vigilante. Emira se fijó en su boca de gran tamaño y en sus ojos pequeños. Tenía pinta de alguien con una familia numerosa, de esas que pasan los días festivos juntas, y que cuando usa la palabra señora es de manera deliberada—. Es muy tarde para una niña tan pequeña —dijo—. ¿Es hija suya?

—No —Emira rio—. Soy su canguro.

—Ya, pues… —dijo el guardia—, con todos mis respetos, no tiene aspecto de haber hecho de canguro esta noche.

Emira se sorprendió dando un respingo, como si hubiera ingerido algo demasiado caliente. Atisbó un reflejo borroso en la puerta del congelador y se vio a sí misma de cuerpo entero. Su cara (labios marrones y carnosos, nariz diminuta y frente despejada cubierta por un flequillo negro) apenas aparecía en la imagen reflejada. La falda negra, el top ajustado de escote en uve y el delineador líquido se negaban a cobrar forma en el grueso cristal. Solo veía algo muy negro y delgado y la parte superior de una mata de pelo pequeña y rubia que pertenecía a Briar Chamberlain.

—Vale… —Suspiró—. Soy su canguro y su madre me llamó porque…

—Hola, perdón. Quería… Hola. —La mujer salió de detrás del pasillo y sus zapatillas deportivas chirriaron contra el suelo de baldosa. Se puso una mano en el pecho—. Soy madre. He oído a la pequeña decir que no está con su mamá y, como es tan tarde, me he preocupado un poco.

Emira miró a la mujer y estuvo a punto de reír. El sentimiento le resultaba infantil, pero lo único que le venía a la cabeza era: «¿Te acabas de chivar de mí?».

—¿Dónde…? —Briar señaló a uno de los lados del pasillo—. ¿Adónde dan estas puertas?

—Un segundo, amor. A ver… —dijo Emira—. Soy su canguro y su madre me ha pedido que la sacara de casa. Viven a tres manzanas. —Notó que se le tensaba la piel del cuello—. Hemos venido a ver los frutos secos. Bueno, no los tocamos ni nada. Es que… ahora mismo nos fascinan los frutos secos, así que… Eso.

Las aletas de la nariz del guardia de seguridad se hincharon por un instante. Asintió para sí, como si le hubieran hecho una pregunta, y dijo:

—¿Ha bebido esta noche, señora?

Emira cerró la boca y dio un paso atrás. La mujer junto al guarda hizo una mueca de desagrado y dijo:

—¡Ay, ay!

Ahora veía también la pollería y la carnicería. El comprador de la sudadera de Penn State estaba allí, parado y atento a la conversación. De repente, además de las acusaciones subrepticias, a Emira la situación en general le pareció humillante, como si le hubieran comunicado en voz alta que su nombre no estaba en la lista de invitados.

—¿Sabe qué le digo? Que no pasa nada —dijo—. Nos vamos y ya está.

—Espere un momento. —El guardia extendió la mano—. No puedo dejar que se vayan porque hay una menor de por medio.

—Pero es que la menor es responsabilidad mía ahora mismo. —Emira rio de nuevo—. Soy su canguro. Bueno, técnicamente soy su niñera.

Aquello era mentira, pero Emira quería dar a entender que había documentación relativa a su puesto de trabajo que la conectaba con la menor en cuestión.

—Hola, peque. —La mujer se inclinó y apoyó las manos en las rodillas—. ¿Sabes dónde está tu mamá?

—Su mamá está en casa. —Emira se tocó dos veces la clavícula mientras hablaba—. Lo que tenga que decir, dígamelo a mí.

—Así que lo que está diciendo —quiso confirmar el vigilante— es que una mujer equis, que vive a tres manzanas de aquí, le ha pedido que cuide a su hija a estas horas de la noche.

—Pues claro que no —dijo Emira—. Yo no he dicho eso. Soy su niñera.

—Había otra chica hace unos minutos —le dijo la señora al guardia—. Creo que se acaba de ir.

La expresión de Emira pasó al asombro. Era como si su existencia entera hubiera sido borrada. Tuvo ganas de levantar un brazo, como cuando se busca a un amigo en una multitud con el teléfono pegado a la oreja y diciendo: «¿Me ves? Estoy haciendo señas con la mano». La mujer negó con la cabeza.

—Estaban haciendo… Ni siquiera lo sé… ¿Como una especie de perreo? Y pensé: aquí hay algo raro.

—Emmm… —la voz de Emira se volvió aguda cuando dijo—: ¿Hablas en serio?

Briar le estornudó en el muslo.

Apareció el hombre de la sudadera de Penn State. Tenía el móvil levantado a la altura del pecho y estaba grabando.

—No me lo puedo creer. —Emira se tapó la cara con sus uñas de esmalte negro descascarillado, como alguien que se ha metido sin querer en una fotografía de grupo—. ¿Te puedes ir?

—Creo que vas a necesitar la grabación —dijo el hombre—. ¿Quieres que llame a la policía?

Emira bajó el brazo y dijo:

—¿Para qué?

—Hola, muchachita. —El guardia de seguridad apoyó una rodilla en el suelo y habló con voz intencionadamente suave—. ¿Quién es esta de aquí?

—Cariño —dijo la señora en voz baja—, ¿es amiga tuya?

Emira quería inclinarse y abrazar a Briar. Tal vez si Briar le veía mejor la cara, sería capaz de pronunciar su nombre. Era consciente de que llevaba una falda muy corta y de que había entrado en escena un teléfono móvil y, de pronto, tuvo la impresión de que su suerte estaba en manos de una niña pequeña que creía que el brócoli era un árbol recién nacido y que si te metías debajo de una manta era difícil encontrarte. Emira contuvo la respiración mientras Briar se metía los dedos en la boca. La niña dijo:

—Mir.

Y Emira pensó: «Gracias a Dios».

Pero el vigilante dijo:

—Tú no, cariño. Tu amiga. ¿Cómo se llama?

Briar gritó:

—¡Mir!

—Está diciendo mi nombre —le dijo Emira al vigilante—. Me llamo Emira.

El vigilante de seguridad preguntó:

—¿Me lo puede deletrear?

—Eh, un momento. —El hombre detrás del teléfono móvil intentó captar la atención de Emira—. Aunque te lo pidan, no tienes por qué enseñar tu documento de identidad. Es la ley del estado de Pensilvania.

Emira dijo:

—Conozco mis derechos, tío.

—Caballero. —El vigilante se enderezó y se giró—. Está usted interfiriendo en un delito.

—Un momento, ¿cómo que un delito? —Emira tenía la sensación de estar precipitándose al vacío. Toda la sangre de su cuerpo parecía zumbar y borbotearle en los oídos y detrás de los ojos. Cogió a Briar en brazos, separó los pies para mantener el equilibrio y se retiró el pelo hacia atrás—. ¿Qué delito se está cometiendo aquí? Yo estoy trabajando. Estoy ganando dinero ahora mismo y seguro que más que usted. Hemos venido a ver frutos secos, así que ¿estamos detenidas o podemos irnos?

Mientras hablaba le tapó las orejas a Briar. Esta le metió la mano por el escote del top.

La mujer chivata se llevó de nuevo la mano a la boca. Esta vez dijo:

—Ay, madre. Ay, no.

—Escúcheme, señora. —El guardia de seguridad separó las piernas como había hecho Emira—. Voy a retenerla e interrogarla porque está en peligro la seguridad de una menor. Por favor, deje a la niña en el suelo…

—Muy bien, ¿sabe qué le digo? —A Emira le tembló el tobillo izquierdo mientras sacaba el móvil de su bolso diminuto—. Voy a llamar a su padre y que venga. Es un hombre blanco mayor, así que todos se sentirán más tranquilos.

—Señora, necesito que se tranquilice. —Con las palmas de las manos vueltas hacia Emira, el vigilante volvió a fijar la mirada en Briar—. A ver, cariño, ¿cuántos años tienes?

Emira tecleó las cuatro primeras letras de «

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