Los cuatro vientos

Kristin Hannah

Fragmento

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Prólogo

La esperanza es una moneda que llevo conmigo; un centavo que me dio hace tiempo un hombre al que llegué a querer. Hubo momentos en mi viaje en que sentí que ese centavo y la esperanza que representaba eran lo único que me empujaba a seguir adelante.

Vine al oeste en busca de una vida mejor, pero mi sueño americano se convirtió en pesadilla por efecto de la pobreza, la adversidad y la avaricia. Estos últimos años han sido una sucesión de pérdidas: Trabajos. Hogares. Comida.

La tierra que amábamos se volvió contra nosotros, incluso contra esos viejos tozudos a los que les gustaba hablar del tiempo y se felicitaban los unos a los otros por lo abundante de la cosecha de trigo. «Un hombre tiene que pelear por su sustento», decían.

Un hombre.

Siempre los hombres. Parecían pensar que cocinar, limpiar, parir hijos y cuidar un huerto no significaba nada. Pero las mujeres de las Grandes Llanuras también trabajábamos de sol a sol, faenábamos en los campos de trigo hasta terminar tan secas y abrasadas como la tierra que amábamos.

A veces, cuando cierro los ojos, juraría que aún noto el sabor del polvo…

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1921

«Dañar la tierra es dañar a tus hijos».

WENDELL BERRY, GRANJERO Y POETA

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1

Elsa Wolcott había vivido durante años en soledad forzosa, leyendo novelas de aventuras e imaginando otras vidas. En su cuarto solitario, rodeada de los libros que se habían convertido en sus amigos, en ocasiones, no demasiadas, se atrevía a soñar con una aventura propia. Su familia no dejaba de repetirle que la enfermedad a la que había sobrevivido en la infancia le había cambiado la vida para siempre, volviéndola frágil y solitaria. En los días buenos, Elsa les creía.

En los días malos, como aquel, sabía que siempre había sido un bicho raro para su familia. Todos habían percibido sus limitaciones desde muy pronto. Habían sabido que no encajaba.

Su desaprobación constante causaba dolor a Elsa; la sensación de haberse perdido algo no nombrado, desconocido. Elsa había sobrevivido a ese dolor siendo callada, sin exigir ni buscar la atención de los demás. Aceptando que era querida, pero no valorada. El dolor se había convertido en algo tan familiar que apenas reparaba en él. Sabía que no tenía nada que ver con esa enfermedad a la que por lo general se achacaba el rechazo de que era objeto.

Pero en ese momento, sentada en la salita, en su butaca preferida, cerró el libro que tenía en el regazo y pensó en ello. La edad de la inocencia había despertado algo en su interior. Le había recordado de manera poderosa la fugacidad de la vida.

Al día siguiente era su cumpleaños.

Cumplía veinticinco.

Joven, en muchos sentidos. Una edad en la que los hombres bebían ginebra casera, conducían como locos, oían ragtime y bailaban con mujeres con bandas en el pelo y vestidos de flecos.

Para las mujeres era distinto.

Las esperanzas de una mujer comenzaban a desvanecerse cuando cumplía veinte años. A los veintidós empezaban los cuchicheos en el pueblo y en la iglesia, las largas miradas de compasión. A los veinticinco, la suerte estaba echada. Una mujer que no se había casado era una solterona. «Se le ha pasado el arroz», decían de ella, meneando la cabeza y chasqueando la lengua por las ocasiones perdidas. Por lo general se preguntaban ¿por qué?, ¿qué convertía a una mujer perfectamente normal y de buena familia en una solterona? Pero, en el caso de Elsa, todos conocían la respuesta. Debían de pensar que era sorda, a juzgar por cómo hablaban de ella en su presencia. «Pobrecita. Flaca como el palo de un rastrillo. Sin la belleza de sus hermanas».

Belleza. Elsa sabía que ese era el quid de la cuestión. No era una mujer atractiva. En sus mejores días, con su mejor vestido, un recién llegado podría pensar que era bien parecida, pero nada más. Era «demasiado» todo: demasiado alta, demasiado delgada, demasiado pálida, demasiado insegura.

Elsa había visto casarse a sus dos hermanas. A ella nadie había querido llevarla al altar, y lo entendía. Con su más de metro ochenta de estatura, era más alta que cualquier posible novio; habría echado a perder las fotografías y, para los Wolcott, la imagen lo era todo. La valoraban por encima de todas las cosas.

No hacía falta ser un genio para adivinar lo que deparaba a Elsa el futuro. Seguiría allí, en la casa de sus padres, en Rock Road, al cuidado de María, la doncella de toda la vida. Algún día, cuando María se jubilara, Elsa tendría que cuidar de sus padres y luego, cuando estos no estuvieran, se quedaría sola.

¿Y qué habría conseguido en la vida? ¿Qué es lo que quedaría de su paso por el mundo? ¿Quién la recordaría y por qué?

Cerró los ojos y dejó que un largamente albergado sueño se colara en sus pensamientos: se imaginó viviendo en otra parte. En su propio hogar. Con risas infantiles de fondo. Risas de sus hijos.

Una vida y no una mera existencia. Ese era su sueño; un mundo en el que su vida y sus elecciones no estuvieran definidas por las fiebres reumáticas que había contraído a los catorce años, una vida en la que descubría fortalezas hasta entonces desconocidas, donde la juzgaban por algo más que por su físico.

La puerta delantera se abrió de golpe y entró su familia en tropel. Se movían como siempre, en un corro apretado de risas, su corpulento padre al mando, con la cara roja por la bebida, las dos bonitas hermanas menores, Charlotte y Suzanna, desplegadas como alas de cisne a ambos lados de él y la elegante madre cerrando la comitiva mientras hablaba con sus apuestos yernos.

El padre se detuvo.

—Elsa —dijo—, ¿todavía levantada?

—Quería hablar contigo…

—¿A estas horas? —preguntó la madre—. Te veo un poco colorada. ¿Tienes fiebre?

—Hace años que no tengo fiebre, mamá. Ya lo sabes. —Elsa se puso de pie, se retorció las manos y miró a su familia.

«Ahora», pensó. Tenía que hacerlo. No podía acobardarse de nuevo.

—Papá. —La primera vez la voz le salió en un susurro, así que volvió a intentarlo y casi gritó—: Papá.

Este la miró.

—Mañana cumplo veinticinco años —dijo Elsa.

Su madre pareció molesta por el recordatorio.

—Eso ya lo sabemos, Elsa.

—Sí, claro. Solo quería decir que he tomado una decisión.

Ante aquello, la familia guardó silencio.

—Me… Hay un colegio en Chicago donde enseñan literatura y admiten a mujeres. Me gustaría estudiar…

—Elsinore —dijo el padre—, ¿para qué necesitas tú una educación? ¡Si ni pudiste terminar la escuela por estar dem

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